«Estamos dando el espectáculo»

Enrique Clemente Navarro
enrique clemente MADRID / LA VOZ

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Tanto Susana Díaz como Pedro Sánchez eran conscientes del ridículo internacional que estaba haciendo el PSOE en el comité

03 oct 2016 . Actualizado a las 07:41 h.

 A lo largo de más once horas de extrema tensión, en las que hubo interminables discusiones bizantinas, recesos, gritos, lágrimas, denuncias de pucherazo e incluso insultos entre compañeros de partido, el PSOE se dividió en dos. Los grandes protagonistas del histórico y bochornoso comité federal del sábado, Pedro Sánchez y Susana Díaz, trataron de reconducir la situación caótica que se vivió. Ambos intervinieron ante el cónclave socialista para ofrecer sus respectivas salidas, que revelaban sus estrategias para ganar el pulso, y superar el impasse total que no permitía avanzar al comité federal.

Era mediodía cuando el todavía secretario general del PSOE intervenía, después de que la presidenta de la mesa del comité federal, Verónica Pérez, afín a Díaz, y el vocal Rodolfo Ares, del bando «sanchista» se disputaran la posesión del micrófono.

Readmitir a los dimisionarios

Esta es la transcripción de lo que dijo, según los audios que se han filtrado de lo que sucedió en el interior de la sala Ramón Rubial. «Yo quiero hacer una propuesta, presidenta. Me la ha hecho algún compañero y la he meditado en minutos, y me parece que es mucho mejor que el espectáculo que se ha comenzado a dar. La propuesta es que, pese a que 17 compañeros y compañeras dimitieron esta semana, yo estoy dispuesto desde este lunes a que sean readmitidos, a que este comité federal no se celebre o termine ahora. Que la próxima semana tengamos el debate político que se merece esta organización y cuál es la posición que el PSOE debe mantener respecto a la investidura de Mariano Rajoy. Y que la próxima semana se vote en este comité federal qué decisión vamos a tener».

Esa era precisamente su estrategia, ganar tiempo para dar la vuelta a una votación que sabía perdida, sobre todo si no era secreta, y centrar el debate dentro del PSOE en un solo punto: mantener el no es no a Mariano Rajoy o virar hacia la abstención para facilitar la formación de Gobierno.

Pero la presidenta andaluza tenía otros planes: forzar la votación sobre el plan de su adversario, es decir el adelanto de las primarias al 23 de octubre y el congreso extraordinario al 12 y 13 diciembre. Sabía que la única forma de hacer dimitir ese mismo día a Sánchez era que fuera desautorizado y se viera que estaba en minoría. Para derribarlo mediante la moción de censura que contemplan los estatutos habría que esperar al menos otra semana.

Esta fue su intervención: «Yo no voy a venir aquí a interpretar los estatutos, que podría hacerlo. De mí, diríamos de los pechos de los que han salido muchos estatutos de este partido. Pero yo solo apelo un minuto a que penséis el espectáculo internacional que estamos dando. Y todos hoy, y yo me incluyo, no estamos a la altura del partido. Tenemos dos opciones: votar ya y acabar con esto, y otra, suspender el comité y convocar la Comisión de Garantías para que informe».

Ese fue el objetivo con el que la presidenta andaluza y los barones críticos iban al cónclave socialista; dejar en minoría a Sánchez y hacerle dimitir.

La urna de la polémica

Pero no se llegaba a un acuerdo. Los «sanchistas» reclamaban que la votación fuera secreta; los «susanistas» insistían en que tuviera lugar a mano alzada, como se ha venido haciendo en los comités federales. Los partidarios de Sánchez temían que los miembros de la federaciones más críticas con su gestión, como la andaluza, la extremeña o la castellano-manchega, pero favorables a sus tesis se sintieran intimidados ante las consecuencias que podían tener para ellos desmarcarse de la línea marcada por los barones.

Entonces los oficialistas colocaron una urna para que se votara. No había ningún control. Cuando ya se había empezado a votar, y entre gritos de «pucherazo» y «sinvergüenzas» de los críticos, indignados por la maniobra, se suspendió. Esa decisión aceleró el cisma. Los opositores a Sánchez comenzaron a recoger firmas para plantear la moción de censura que recogen los estatutos. Tenían las firmas, pero ante lo que se venía encima, los «sanchistas» dieron marcha atrás y aceptaron el voto público. Ese fue el final de Pedro Sánchez como secretario general del partido.