Un día en la vida de un refugiado en París

El joven sudanés Mohamedin relata a La Voz cómo sobrevive en un campamento en plena capital de Francia


París

Al norte de París, en el barrio de Jaurès, las tiendas de campaña se acumulan a lo largo de la avenida de Flandre. Un caos de sofás, colchones, mantas y tendales; una reproducción a escala de la Jungla de Calais en la que viven cerca de mil refugiados. El campamento se ha convertido en «la casa» de Mohamedin desde su llegada a la capital a principios de septiembre. El joven sudanés de 22 años se encuentra en pleno proceso de solicitud de derecho de asilo tras escapar de su ciudad de origen, Nyala, la mayor de Darfur. La región lleva años siendo maltratada por el Gobierno central y las milicias progubernamentales, que han arrasado ciudades enteras y convertido el sur del país en un gran campo de refugiados.

«Primero fuimos de Sudán a Libia en coche, después de Libia a Italia en barco y al final de Italia a Francia a pie», relata sentado en un banco al lado de su tienda de campaña. Ahí pasa los días con «sus chicos», un grupo de darfuríes que, como él, llegaron a Francia huyendo de la persecución. 

Una vez en la autoproclamada patria de los Derechos Humanos, Mohamedin vive en un limbo a la espera de la decisión de la oficina francesa de protección de refugiados. Si da luz verde al proceso, entonces pasará una entrevista y un examen médico antes de que el organismo le declare o no refugiado. En total, la solicitud podría llevarle un año o más, pero el joven sudanés es optimista. Tras dos años de Estudios Ingleses en la universidad de Nyala, Mohamedin tiene un nuevo objetivo: «En el futuro quiero ser periodista y contar la historia de Darfur», asegura. «Necesito enviar un mensaje sobre lo que está pasando allí».

Mientras tanto, sobrevive gracias a varias asociaciones y la solidaridad de particulares. Por las mañanas, si se levanta pronto, se acerca a Puerta de la Villete, a las afueras de París, donde una oenegé reparte desayunos a centenares de personas que viven en la precariedad. Hoy no pudo ir: tras pasar la noche con fiebre, no tiene fuerzas para desplazarse hasta el punto de repartición. Hace ya varios días que sufre una neumonía a la que ahora se le ha unido la varicela.

Pero Mohamedin no está solo: tiene a Geneviève, su «mamá francesa», como él la llama. La profesora de 55 años lleva ocupándose de él y varios de sus amigos desde poco después de su llegada al campamento de Jaurès. Hoy ha venido de visita para darle medicamentos e invitarle a su casa. Allí podrá ducharse, comer y dormir bajo un techo hasta que se sienta mejor. «¡Ponte la bufanda!» le dice, gesticulando, mientras cruza la calle hacia su tienda. Geneviève vive a diez minutos a pie del campamento, una situación que le ha impedido apartar la mirada de la miseria acumulada en la avenida de Flandre. «Me ayuda en todo, cuando estoy enfermo, con mis documentos?»,  explica Mohamedin.

Dos amigos suyos han ido con él a casa de Geneviève para que les ayude con sus solicitudes de asilo, en las que tienen que narrar su vida en Darfur hasta que se fueron, por qué se fueron y por qué no pueden volver. 

«El Gobierno ha atacado la zona con bombas químicas», explica Geneviève. Según Amnistía Internacional, 29 ciudades de la región han sido víctimas de este tipo de bombardeos desde enero. «Los medios hablan de Siria, pero los refugiados sirios son una minoría. Antes la mayoría eran los afganos, hoy son los sudaneses», añade bajo la atenta mirada de Mohamedin. Su otra madre, la de verdad, le espera en África. «Cuando la llamo nunca le digo nada que le preocupe», confiesa. «Siempre le digo tamam, que significa ‘todo está bien’ en zaghawa, el idioma de Darfur». Sentado en su mesa, con el estómago lleno y la fiebre controlada, Mohamedin se siente más que agradecido: «Tamam, tamam».

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