Adiós a «La Jungla» de Calais: crónica de un borrador de ciudad

Comienza el desmantelamiento controlado del mayor campo de refugiados de Europa


parís / e. la voz

La Jungla de Calais, el mayor campo de refugiados de Europa, amaneció ayer soleada en su último día antes del desmantelamiento. El conjunto de chabolas de cuatro kilómetros cuadrados será desalojado hoy a partir de las 8 de la mañana. La operación busca poner fin a dos años de ocupación ilegal que ha puesto en jaque a las instituciones nacionales y la relación de Francia con Reino Unido.

François Hollande anunció el 26 de septiembre, durante una visita oficial a la región de Norte-Paso-de-Calais, su intención de llevar a cabo un «desmantelamiento completo», incluyendo el corazón del campamento: el centro de acogida de mujeres y niños Jules-Ferry. El centro abrió a principios del 2015 para tratar de controlar, registrar y asistir a las pocas centenas de refugiados que ocupan las afueras de Calais. Apenas cuatro meses tras su apertura, mil hombres ya dormían a sus puertas, sobre la tierra del enorme descampado desierto, anunciando la llegada de la mayor crisis migratoria en territorio francés.  

En su punto más álgido

Si bien La Jungla nunca ha alcanzado una población tan elevada como ayer -el último recuento oficial arroja 6.486 habitantes-, el fenómeno no es nuevo en la región. Norte-Paso-de-Calais lleva 18 años siendo el centro de las mayores tensiones migratorias de Europa. En 1999, el número de migrantes durmiendo en las calles de Calais a la espera de cruzar el Eurotúnel aumentó drásticamente. El ejecutivo francés solicitó a la Cruz Roja la apertura del primer campo de refugiados en una nave abandonada en Sangatte, al oeste de la ciudad y a menos de un kilometro de la entrada al túnel del Canal de la Mancha. El campo estaba previsto para dar cobijo a 600 personas, pero tres años más tarde 2.000 migrantes vivían agolpados en su interior en condiciones insalubres. 

En diciembre del 2002, Nicolas Sarkozy, entonces ministro del Interior, anunció el cierre definitivo del campo de Sangatte a cambio de la promesa del gobierno británico de aceptar mil refugiados kurdos y 250 afganos. El resto, unos 400, recibieron un permiso de residencia francés, pero ello no les apartó del sueño de cruzar el túnel. Desde entonces, varias junglas se han formado en los alrededores de la ciudad, aunque ninguna tan grande como la actual.  

Hoy, a pocas horas de su destrucción, el campo de refugiados de Calais parece el borrador de una ciudad. No solo por la proliferación de cafés, escuelas o incluso centros de asistencia médica, sino también por la aparición de una organización interna espontánea similar a la de un pequeño ayuntamiento.

Ante la pasividad de las instituciones, las asociaciones presentes en el campamento han instaurado una suerte de «gobierno asociativo». «Este lugar ha acabado por llevar bien su nombre de barrio de chabolas en vez del de campamento», escribe el etnólogo Michel Agier en el prefacio de su libro sobre La Jungla: Décamper (Decampar). «Transformada, habitada por los propios migrantes y en parte por los numerosos visitantes del lugar, esta zona se ha hecho perfectamente pública e incluso, en algunos días, the place to be (el sitio de moda). En este barrio de chabolas, los migrantes han inventado la ciudad hospitalaria en Francia que el Gobierno les ha negado», observó el autor, visitante regular del campamento.  

Voluntarios en el campamento

En un principio, la aparición de las asociaciones se limitó únicamente para alimentar a los refugiados de La Jungla. «Hasta enero del 2016 ninguna comida fue servida por parte del Estado a los exiliados que llevaban desde el 2002 en las calles de Calais tras el cierre de Sangatte», recuerda Christian Salomé, presidente de la oenegé el Albergue de los Migrantes. Desde el 2008, año en el que Salomé comenzó su misión de voluntariado, los servicios han ido poco a poco diversificándose y adaptándose al imparable aumento de la población. Para muchas asociaciones, el momento clave que propició la creación de un sentimiento de barrio en el campamento fue la construcción: «La creación de las cabañas de madera fue en un primer momento llevada a cabo por un grupo de ciudadanos calasinos», explicó el arquitecto Cyrille Hanappe en una entrevista con Le Monde. «Se comprometieron fuertemente, construyendo con talento la primera generación de cabañas».  

Incredulidad

A finales de esta semana, en el descampado del norte de Calais no quedará ningún rastro de las construcciones en madera, ni los cafés, ni las escuelas. A pesar de las continuas explicaciones de los agentes del Estado sobre el terreno, muchos refugiados no comprenden aún lo que ocurrirá hoy. «Nos han dicho que es el fin de La Jungla, ¿es verdad?», preguntó Amanuel, un refugiado de Eritrea a un periodista de Le Monde. «Es a Inglaterra a donde quiero ir», continuó.  

Al igual que la mayoría de los habitantes de La Jungla, Amanuel tendrá que abandonar hoy su sueño del Reino Unido y subirse a uno de los autobuses que le llevará a un futuro incierto en un centro de acogida en Francia.

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