«Mi hermano está en Londres y quiero llegar allí como sea»

Muchos migrantes se resisten a dejar el campamento de Calais e insisten en ser trasladados al Reino Unido


La Voz en Calais

El desalojo del campo de Calais avanza a buen ritmo, pero un importante grupo de refugiados se resiste todavía a abandonarlo. Mozamilidrisse tiene un nombre casi impronunciable. Tanto como la historia que acompaña su esmirriada figura. Este sudanés de 16 años es uno de los cientos, quizá miles, que todavía se resiste a abandonar Calais. «Lo voy a seguir intentando. Mi hermano esta en Londres y quiero llegar allí como sea. No tengo nada que perder», afirma el africano mientras agacha la mirada.

Desde su pueblo en Sudán del Sur llegó a Europa saltando la vaya de Melilla. Lleva en la Jungla un año. Un largo y duro año que vale por una vida. Tras seis meses esperando encontró la que pensaba era su oportunidad. «Me metí en los bajos de un camión. El conductor no me vio. Pero cuando se puso en marcha... ¡crash!». Mozamilidrisse se golpeó contra el asfalto y se partió literalmente la cara. «Estuve 80 días en el hospital», afirma con orgullo rodeado por tres de sus compatriotas.

A pasar de que la mayoría de los migrantes forzosos de la Jungla están dispuestos a abandonar Calais, en los dos últimos días lo han hecho cerca de 3.000, hay un grupo que promete resistirse. «Nosotros no nos vamos. Si quiere nos va a tener que venir a sacar la policía», dice un afgano que se ha acercado a despedir a un amigo. «Be careful» , le dice su compañero en inglés para que podamos entenderlo.

El final de un ciclo siempre es triste, aunque sea el ciclo de Calais. Algunas despedidas son duras aquí. Además de los que se quedan y se van están los que se dividen. El Gobierno francés no permite grupos de más de 14 individuos en su redistribución de refugiados. Algo que ha generado cierta tensión en la nave donde la organización lleva a cabo el proceso de identificación.

«Yo no me voy. Me quedo en la Jungla», responde serio uno de los pocos sirios que habitan Calais. La inercia de este éxodo es la explicación de su presencia en este campo. Huyó de la guerra hacia el oeste, cruzando el Magreb. Saltó la valla de Melilla. Estuvo dos meses en Sevilla. Luego dejó atrás los Pirineos rumbo al Canal de la Mancha. El paraíso de sus compatriotas suele ser Alemania, pero el de sus compañeros de viajes era el Reino Unido, por eso terminó aquí.

Los que se quedan no saben lo que les deparará el futuro. Pero la mayoría de los que se van tampoco. «Me voy a Londres», afirma sonriente un adolescente subsahariano mientras empuja su enorme y roída maleta. A pesar del esfuerzo de la organización por comunicar a los migrantes cual será su destino muchos se suben al autobús sin conocerlo. Sobre todo los menores, entre los que se ha corrido el rumor de que su único destino es el Reino Unido.

Que la Jungla se acaba es un hecho. Pero su muerte promete ser lenta y agónica. Las excavadoras entraron ayer en lo que se conoce como el barrio de la caravanas. Limpió 20 metros cuadrados y los medios de todo el mundo lo retrataron. Fu un intento de certificar la defunción de Calais ante la comunidad internacional. Pero mientras queden chicos como Mozamilidrisse, dispuestos a matarse en los bajos de un camión por alcanzar Londres, la Jungla no morirá del todo.

Un pueblo italiano monta barricadas para impedir la llegada de un bus de refugiados con 12 mujeres y 8 niños

Un grupo de habitantes del pequeño pueblo de Gorino, en la provincia de Ferrara (norte de Italia), montó durante la noche del martes barricadas para impedir la llegada de un autobús con doce mujeres refugiadas y ocho niños que iban a alojarse en un hostal de la zona. Pese a las protestas de un centenar de vecinos, el delegado de Gobierno de Ferrara, Michele Tortora, decidió que se diese alojamiento a las refugiadas, una de ellas embarazada de ocho meses.

Los habitantes de Gorino, en la región de Emilia-Romagna, al grito de «no los queremos», impidieron el paso del autobús y hubo momentos de tensión con la policía. Los habitantes protestaban también porque el gestor del hostal había sido obligado a prestar las cinco habitaciones para alojar a las mujeres con sus hijos.

Después de que el autobús permaneciese varias horas a la espera de una decisión, el prefecto dispuso trasladar a las doce mujeres y los ocho niños de origen africano a otro pueblo. «No podíamos cargar contra las personas. Este fenómeno (de la inmigración) o se gestiona juntos con sentido común o no se puede gestionar», explicó el delegado de Gobierno de Ferrara. El secretario de la xenófoba Liga Norte en Ferrara, Alan Fabbri, definió como «nuevos héroes de la resistencia contra la dictadura de la acogida» a los habitantes de esa localidad.

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