El fuego devasta la Jungla de Calais

Casi tres mil personas se resisten a dejar el asentamiento, que arde por los cuatro costados

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Arde «la Jungla» de Calais El campamento ha quedado prácticamente vacío en tres días. Decenas de migrantes han incendiado sus tiendas de campaña antes de partir

La Voz en Calais

La ira de Calais se convirtió en fuego. A lo largo de las últimas 24 horas el campo fue devorado por las llamas. Alrededor de las cuatro de la mañana una lumbre intencionada redujo a cenizas la calle principal que da acceso al campo. En total más de 200 metros de vía con estructuras de madera a ambos lados. Era el centro económico de la Jungla. Allí había puestos de comida con más de 16 años de antigüedad. «Esta noche ha sido horrible. No hemos podido dormir. Todo el rato en alerta», relata un afgano de enormes ojeras mientras se envuelve en una manta.

Si la madrugada fue intensa, la mañana lo fue aun más. En torno a las 10.00 horas comenzaron a arder chabolas y caravanas esparcidas por toda la Jungla. En pocos minutos la niebla fue sustituida por un denso humo negro con olor a plástico. Varios grupos de voluntarios se afanaron en el intento de dominar el fuego, pero cuando controlaban uno surgía de inmediato otro. Así hasta las 14.00 horas, cuando gran parte del campo era solo ceniza.

Camiones de bomberos trabajaron a destajo para evitar que el peligro llegara hasta el corazón del asentamiento. Un núcleo vallado donde las autoridades albergan a cientos de menores en contenedores de obra. Descartado ese peligro, la labor se centró en neutralizar las decenas de bombonas de gas que había dentro de las chabolas. Entre las doce y la una de la tarde, al menos seis detonaciones sacudieron el campo sembrando el pánico.

Autores desconocidos

«Los chicos prenden fuego a sus casas antes de marcharse. Lo hacen porque si ellos no van a ir al Reino Unido no quieren que lo haga nadie», comenta un sudanés que prepara su mochila para marcharse. «Jungle is finish», sentencia. Sin embargo la autoría de este atentado contra la precariedad no está para nada claro. Fuentes policiales hablaban de un ataque de radicales de extrema izquierda. Otros refugiados culpaban directamente a la policía.

El desmantelamiento de la Jungla se vio acelerado por esta maniobra a todas luces intencionada. El trabajo que no hicieron ayer las excavadoras lo ejecutó perfectamente el fuego. «Esto no es seguro. A nosotros nos realojan mañana y no sabemos donde vamos a dormir esta noche», cuenta Mohamed, de Darfur. «Tenemos miedo», reconoce.

En lo que queda de la Jungla aún permanecen cerca de 3.000 personas. La Gendarmería francesa cortó el paso tanto a refugiados, voluntarios como periodistas. Se podía salir pero no entrar. La imagen de miles de migrantes forzosos envueltos en mantas sentados sobre el asfalto de la vía que da acceso a la autopista era dantesca. Sin embargo, no todos parecían afectados. En medio del apocalipsis de Calais Ayman paseaba su enorme sonrisa subido en una bicicleta. Su silueta cruzaba el campo envuelta en humo hasta desaparecer. «I am a bambino», dice enseñando su pulsera gris que le distingue como menor. « En ocho o nueve días me voy a Londres», promete. A Ayman el fuego de la Jungla parece no haberle quemado.

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