El «show» de Iglesias: delincuentes, SMS y amago de espantada

Pedro Sánchez no aclara si el de ayer fue o no su último día como diputado en esta legislatura


Madrid / La Voz

El perejil de todas las salsas. El novio en la boda y el muerto en el entierro. A Pablo Iglesias le importa poco que se trate de la investidura de Pedro Sánchez, de Mariano Rajoy, o del debate sobre la ley del suelo. El protagonista debe ser siempre él. Y, por ello, en su particular armario tiene para cada ocasión una frase y para cada circunstancia, un insulto. El pasado marzo, le tocó a Felipe González, a quien acusó implícitamente de asesino al decir que tiene las manos manchadas de cal viva. Pero ayer tiró por elevación: «Hay más delincuentes potenciales en esta Cámara que fuera». La presidenta del Congreso, Ana Pastor, le reclamó respeto. Pero él redobló la apuesta y recomendó a los diputados del PP que cuando oigan la palabra delincuente «se callen». «Sinvergüenza» se le oyó responder desde su escaño, muy bajito, a María Dolores de Cospedal. Estaba follonero ayer Iglesias. «No me provoquen», llegó a decir, como advirtiendo que le quedaban balas. Albert Rivera le recordó al líder de Podemos que el único golpe en democracia lo intentó Tejero el 23F en ese hemiciclo en el que se encontraban. Pero antes, eso sí, el formal y educado portavoz de Ciudadanos tampoco estuvo excesivamente fino. «Capullo... vaya gilipollas», se le pudo leer en los labios cuando Iglesias lo despreció desde la tribuna diciendo que tendría que buscar «en Google» el significado de su referencia a «la cruz de Borgoña» que, según dijo, une a la monarquía y al PNV.

Como número final, Iglesias acusó al portavoz del PP, Rafael Hernando, de menoscabar su dignidad. Y un escalofrío recorrió el Congreso cuando, ante la negativa de Ana Pastor a concederle la palabra, los diputados de Podemos abandonaron la Cámara. Si no hubieran regresado minutos después para votar, Rajoy habría sido investido ayer presidente del Gobierno.

Al margen del acostumbrado happenning de Iglesias, lo que se representaba también en la Congreso era el drama socialista, con Pedro Sánchez haciendo la estatua y jugando con su móvil bajo la atenta mirada de los jefes de la gestora, Javier Fernández y Mario Jiménez, con permiso de Susana Díaz. Solo al final aplaudió con la mayor tibieza el discurso de su otrora lugarteniente reconvertido a la causa de la abstención. Disfrutaba Sánchez sabiéndose el blanco de todas las miradas y cultivaba el misterio sobre si el de ayer fue o no su último día como diputado. Pero no todo fueron penas y exabruptos. Hubo también espacio para el humor. Rajoy no puede disimular que Pablo Iglesias le hace gracia. Se lo pasa bien debatiendo con él. Y si con Hernando estuvo algo plúmbeo, en el rifirrafe con el de Podemos tiró de socarronería fina. «Yo en estos mundos [de Twitter] no me manejo demasiado bien», dijo en un momento para marcar distancias. Iglesias recogió el guante y le contestó que «quizás con Twitter no, pero con los SMS se maneja usted de maravilla», en referencia a su cruce de mensajes con Luis Bárcenas. «En Twitter voy mejorando. Y con los SMS me manejé peor, pero ahora también voy mejorando», replicó Rajoy.

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