«Tengo 29 años y he trabajado para 46 empresas»

El filólogo maliayés Javier Cayado, ejemplo paradigmático de trabajador precario, relata sus diez años de vida laboral

Javier Cayado
Javier Cayado

Gijón

Si aún siguieran vigentes los documentos de identidad del franquismo, aquellas aparatosas cartulinas que recogían entre otros datos la profesión de su propietario, la casilla profesional del de Javier Cayado Valdés (Rales, Villaviciosa, 1987) debería ser una especie de pequeña marquesina electrónica. Sólo así podría enumerar su DNI las 46 profesiones que ha ido teniendo desde que cumplió dieciocho años hasta los 29, que son los que tiene hoy.

Cayado es un hombre culto y apasionado de las humanidades que superó con brillantez sus estudios universitarios: es licenciado en filología hispánica en la Universidad de Oviedo con un título propio de filología asturiana y un máster de formación del profesorado y, además, un poeta prometedor pendiente de publicar su primer libro. Su sueño desde los dieciséis años es ser profesor de lengua asturiana. Sin embargo, el currículum que ha ido llenando a lo largo de un decenio de vida laboral ha seguido en general caminos muy alejados de esa meta. Ha sido repartidor de periódicos gratuitos, camarero de pulpería y de McDonald’s, vendedor de tijeras de podar, guardia de seguridad, talador de eucaliptos, montador de carpas, limpiador de bandejas en el restaurante de Ikea -en un tren de lavado a 28 grados y con un 95% de humedad- y así hasta casi cincuenta empleos entre los cuales sólo cuenta, por fin, el de docente de asturiano desde el pasado mes de septiembre, aunque profesor de castellano sí que lo había sido ya en otras dos ocasiones. Trabajó por breve tiempo en el centro de alto rendimiento de Trasona e impartió español para extranjeros en la Universidad Popular gijonesa, de donde lo despidieron por su desacuerdo con el modo de enseñar la lengua castellana al que se le encargaba ceñirse. «Era, con todos mis respetos, un curso para camareros; se trataba simplemente de que memorizaran cuatro frases, y yo prefería seguir un camino algo más lento pero que daba más frutos a medio y largo plazo», cuenta Cayado, que ahora enseña llingua en un colegio concertado. Haber conseguido trabajar de aquello para lo que estudió no le ha hecho abandonar, en todo caso, del pozo del precariado: su sueldo es de sólo 390 [sic] euros mensuales. 

«Mi primer trabajo fue para una empresa llamada Ankara Azafatas vendiendo en Mediamarkt, durante una campaña de Navidad, unos aparatos anteriores al smartphone que se llamaban Qtech. A partir de entonces empecé a trabajar con Adecco, una empresa de trabajo temporal, y a encadenar toda una serie de trabajos que van desde montar una carpa en Cornellana hasta llevar coches a la zona de Pola de Gordón para la UTE de los túneles del AVE, pasando por peón de una empresa de muebles subcontratada para montar concesionarios de Skoda», rememora Cayado, cuyo currículum también incluye algunos trabajos esporádicos propios del mundo rural con los que complementa sus siempre magros ingresos. «En el pueblo del que yo soy me llama a veces algún paisano para cortar leña, cerrar un prau, segar, recoger manzana... Siempre sin asegurar, claro, y cobrando como jornalero. También trabajé una vez cortando eucaliptos de treinta o cuarenta metros de altura para un vecino del pueblo, pero acabé teniendo un pequeño accidente y lo dejé. Cobraba 50 euros al día por diez horas de jornada», relata.

Profesor precario

En estos diez años, sólo en una empresa ha conseguido Javier Cayado algo remotamente parecido a la estabilidad laboral: la Semana Negra de Gijón, que lo ha venido empleando como miembro de sus servicios técnicos de organización (especie de guardias de seguridad, conocidos como setos) desde 2008 hasta hoy. Entró como seto raso y desde hace tres años funge como jefe de equipo del turno de noche. Pero este trabajo sólo lo puede desempeñar un mes al año: los diez días de julio que dura el festival más los en torno a veinte que abarca antes el montaje del recinto ferial. Cayado cobra por ello 1500 euros a los que, desde hace dos años, suma en agosto otros 1500 que percibe vendiendo tijeras y utensilios de jardinería y horticultura en un stand de la Feria Internacional de Muestras de Asturias. En total, 3000 euros que procura gastar con tiento y estirar todo lo posible. «La Semana y la Feria son mi granero; una especie de caja de resistencia para los meses en los que no encuentro trabajo», dice.

Durante el presente curso, y mientras se prepara para presentarse el año que viene a unas oposiciones a profesor de lengua castellana en La Rioja, Cayado imparte clase de asturiano en un colegio concertado, pero su situación laboral dista todavía de ser halagüeña. Así lo explica él: «Me contrataron para impartir nueve horas de docencia en los cuatro cursos de la ESO y lógicamente acepté, porque no tenía otra cosa y porque además tenía muchas ganas de trabajar por fin en la enseñanza, pero justo antes de comenzar me dijeron que la consejería sólo asignaba recursos para cinco horas en lugar de nueve. Como no se pueden acortar los cursos, porque en Secundaria es imposible, se decidió que diera clase en cuarto de la ESO y en primero. Los alumnos de segundo y tercero que solicitaron recibir clase de asturiano, y que la recibieron en primero, no la están recibiendo y han sido reubicados en clase de francés pese a que la ley de Uso garantiza que cualquier alumno tiene garantizado el acceso a la educación en lengua asturiana hasta los dieciséis años».

La consecuencia de todo ello es que el salario de Cayado como profesor de asturiano no llega a los cuatrocientos euros. «No es un mal sueldo en tanto no es un mal convenio y sólo imparto veinte horas mensuales, pero evidentemente no me da para vivir», lamenta, añadiendo además que debe dedicar una parte importante del estipendio, en torno a 120 euros, a pagar gasolina: el colegio está situado a treinta kilómetros de Gijón, donde Cayado reside con su madre entre semana, y en el territorio municipal de una de las otras dos grandes ciudades asturianas, pero en un lugar apartado con muy malas combinaciones de transporte público.

Los hijos, peor que los padres

Se suele decir de los jóvenes precarios de hoy que con ellos se ha roto la tendencia histórica a que cada nueva generación viviera mejor que la anterior. Ése es, desde luego, el caso de Javier Cayado. Su padre trabajó para una única empresa de calderería desde los diecisiete años hasta que se jubiló. Su madre regenta una peluquería en Gijón desde el año 2000. Sólo gracias a la ayuda económica que ella le presta y a una herencia pudo adquirir Cayado la casa que posee en Rales, su pueblo natal, y en la que reside los fines de semana. La encontró a un precio inusualmente barato por encontrarse en ruinas y la ha ido arreglando poco a poco sirviéndose de sus conocimientos autodidactas en materia de albañilería y carpintería y de la ayuda de algunos vecinos. «De no ser por esas circunstancias especiales, no podría haberme independizado, porque con el dinero que cobro no podría vivir ni de alquiler, y en todo caso por semana sigo viviendo con mi madre en Gijón. Además mi novia, que está en una situación muy parecida a la mía, tampoco puede independizarse y sigue viviendo con su familia. Nos gustaría vivir juntos, pero nos es imposible», dice.

A los precarios también se los señala como el sector social que más contribuyó, indignado por su situación, a impulsar el Movimiento 15-M primero y el partido Podemos después. También en eso es Cayado un caso prototípico. Él mismo resume así su evolución y sus ideas políticas: «Desde que tengo uso de razón me considero de izquierdas, socialista y republicano, y siendo adolescente milité por breve tiempo en Juventudes Socialistas, muy influido para ello por un profesor que tuve en el instituto, pero hoy, como es lógico, soy votante de Unidos Podemos. Me parece inconcebible que un socialista pueda seguir votando al PSOE. El PSOE hace ya mucho tiempo que dejó de ser socialista».

El drama de Javier Cayado es el de que la generación más preparada de la historia es también la más desaprovechada. «Sé conducir un tractor, sé reparar motores, sé talar árboles, sé inseminar a una vaca y sé analizar un poema de Kipling, pero nada de eso me garantiza ingresos», resume gráficamente. «Pero no soy yo; es toda mi generación. Somos una generación absolutamente desaprovechada», apostilla.

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