El economista cree que el Estado del bienestar ha ayudado a mitigar el impacto de la desigualdad
29 dic 2016 . Actualizado a las 08:04 h.El currículo de Rafael Doménech abarca desde la Oficina Económica del presidente Zapatero hasta la dirección del Instituto de Economía Internacional, la OCDE o la Comisión Europea, organismos de los que ha sido asesor externo. Miembro también del comité de expertos para la reforma de las pensiones, hoy está al frente de la división de análisis macroeconómico de BBVA Research. Profesor en la Universidad de Valencia, es uno de esos economistas a los que les gusta valorar las situaciones con perspectiva.
-Y mirando con esa distancia, ¿cómo ha ido el 2016 y cómo se esperaba que fuera hace justo doce meses?
-Si recordamos la inestabilidad que había en los mercados hace un año, el precio del petróleo cayendo a plomo, la inestabilidad de la economía china, la posibilidad de una recesión en Estados Unidos o incluso mundial... vemos ahora que ninguno de aquellos augurios se han cumplido. En la primera mitad del 2016 hubo un crecimiento por debajo de la media de los últimos años, pero a medida que pasaba el tiempo se ha acelerado. Y al final ha sido mejor de lo que se preveía.
-Pero ha habido varios episodios que, por inesperados han contribuido a empeorar las perspectivas. Desde el brexit hasta el cambio en Italia, el resultado de las elecciones en Estados Unidos...
-Sí, sin duda han pesado, pero es posible que muchos de esos episodios que cita tengan unas consecuencias mayores a lo largo del 2017 y años siguientes. Por ejemplo, con el brexit aumentaron la volatilidad y la incertidumbre, y sus efectos están por venir. Hay muchas incertidumbres, en este asunto y otros muchos.
-Por ejemplo, las elecciones en Alemania y Francia, la política que mantenga el BCE, la inestabilidad en Italia, la situación de Grecia que no se acaba de despejar... Se advierte un escenario complicado para Europa. ¿Está en riesgo, por ejemplo, el euro?
-Sí que es complicado, pero ahí, ya que cita al BCE, este acaba de anunciar que extiende hasta final de año su programa de compra de activos que tan buenos resultados ha dado, por ejemplo en España, que debe parte de su recuperación a ello. Es una buena noticia. Hay un calendario electoral complejo en Francia y Alemania, también el cambio político en Italia, con su reestructuración bancaria y sus problemas estructurales. Y Grecia sigue estando ahí, va por el tercer rescate, y está lejos de volver a los niveles previos de la crisis. ¿El euro en peligro? Nunca se puede descartar, pero por fortuna el euro es una pieza más de un proceso político muy ambicioso de largo recorrido. Es difícil pensar que pueda pasar, pero no podemos estar completamente seguros. Ni de que algún país en el futuro decida salir. En Grecia, pese a todas sus penalidades económicas, la población ha seguido manteniendo el apoyo a la moneda.
-Otra incógnita: Trump. ¿Qué impacto puede tener la política económica que desarrolle?
-Hay mucha incertidumbre respecto al balance y diseño de las políticas en EE.UU. en frentes tan importantes como la fiscalidad, las infraestructuras públicas, las inmigración, las políticas comerciales, el cambio climático o las regulaciones en distintos sectores. A corto plazo, parece que los mercados han hecho una valoración positiva con las subidas bursátiles, de los tipos de interés y del dólar. Pero creo que es una evaluación muy prematura. Las primeras señales no son buenas, con medidas populistas que, a la larga, pueden tener más efectos negativos que positivos. Habrá que esperar a conocer sus detalles, pero los anuncios que se están haciendo sobre las limitaciones al comercio mundial o a la inmigración, la posibilidad de elevar los aranceles o imponer restricciones comerciales a México y China, algunas bajadas de impuestos o la supresión de programas de gastos que pueden aumentar una desigualdad ya muy elevada, serían perjudiciales a medio y largo plazo.
-¿España ha dejado de ser un problema dentro de la UE?
-España ha dejado de ser un problema, sí, pero tiene aún muchos problemas por resolver. Es uno de los motores de crecimiento de la Unión, crece más que la economía mundial, algo que no pasaba desde hace más de una década, pero no es suficiente.
-Salimos de la recesión y recuperaremos los niveles de PIB previos a la crisis. Pero con un coste: una desigualdad muy elevada. ¿Cómo corregirlo?
-El 80 % del problema de la desigualdad se debe a la falta de empleo, y un 10 % restante, a la temporalidad. Esa desigualdad en España es más elevada que en otros países por esa ineficiencia del mercado de trabajo. Hay un paro estructural, de larga duración, muy alto. Las tasas de temporalidad están en el 27 % cuando en otros países están en el 10. Hay que crear empleo, y empleo de calidad. Pero en este contexto, hay que poner en valor el Estado del bienestar, que ha permitido que esa desigualdad no se dispare. Si ponemos en relación el paro, que pasó del 8 % al 26 %, 18 puntos de golpe, una subida de tres puntos de la desigualdad es muy reducido. Y más si lo ponemos en relación con otros países, donde subió en un porcentaje similar teniendo en cuenta que no lo hizo con el mismo nivel su desempleo. Nuestro Estado del bienestar ha permitido corregir esa situación.
-Y con el menor crecimiento que se espera para España en el 2017, ¿se podrá seguir creando empleo? Teniendo en cuenta además todos los desafíos antes citados...
-Por esos desafíos esperamos una desaceleración. El crecimiento del empleo continuará pero a una tasa menor, cercana al 2,2 %, de manera que podrán crearse algo más de 400.000 empleos, dejando la tasa de desempleo por debajo del 18 %. Seguirá siendo inaceptablemente alta, por lo que, junto con una temporalidad del 27 % y una elevada tasa de paro de larga duración, España no solo no puede permitirse derogar las reformas realizadas sino que tiene que seguir profundizando en ellas.
«La subida de impuestos podría suponer dos o tres décimas de menor crecimiento»
Doménech cree que la última subida de impuestos en España tendrá consecuencias sobre el crecimiento de la economía.
-¿Cómo influirá, por ejemplo, en el consumo, que es una variable muy sensible?
-La subida de impuestos podría suponer un efecto negativo de unas dos o tres décimas de menor crecimiento del PIB a corto plazo. Además, a medio y largo, la alteración repetida de la normativa tributaria termina generando incertidumbre, con efectos adicionales sobre las decisiones de inversión y creación de empleo de los agentes económicos.
-El 1 de enero subirá un 8 % el salario mínimo. ¿Cómo impactará en la economía española?
-Existe bastante incertidumbre sobre sus efectos a nivel agregado. Al analizar los cientos de estudios existentes en las últimas décadas y en países muy variados, se ve que en un 67 % de los casos los efectos sobre el empleo son negativos. En promedio, un aumento del 1 % del salario mínimo reduce el empleo en casi una décima, aunque la dispersión de resultados es enorme. En esos casos aumenta la renta y el consumo de unos trabajadores a costa de otros, que pierden su empleo. Estas medidas requieren un debate y discusión previos, y una evaluación continua tras aumentos graduales.
-¿Y es ahora momento de subir los salarios? ¿Es una buena medida para estimular el consumo?
-Los salarios deben ser suficientemente flexibles para reflejar la situación económica de las empresas y crecer al ritmo que lo hace la productividad, que presenta unas diferencias enormes entre empresas. Lo que puede ser adecuado en unos casos no lo es en otros. El progreso se basa en que aquellas empresas en las que más crece su productividad y sus ingresos paguen sueldos más elevados, atrayendo así trabajadores de otras empresas menos productivas y estimulando el consumo. Esto genera una competencia sana que beneficia a los trabajadores, que mejoran sus rentas, y a la economía en general. Con una tasa de desempleo del 19 % sigue siendo muy importante que los aumentos permitan que continúe el crecimiento del empleo. Sin un aumento previo de la productividad, un alza unilateral del 1 % de los salarios reales (descontada la inflación) puede reducir el empleo en un punto y medio, lo contrario de lo que necesita la economía española.