Neil Patrick Harris: «Siempre elijo papeles que me obliguen a hacer algo que no había hecho antes»

El actor explora su lado más oscuro en el papel del Conde Olaf, protagonista de la serie que hoy estrena Netflix


berlín / env. especial

Neil Patrick Harris (Nuevo México, 1973) fue el niño al que no le importaba cantar con voz de soprano en el coro de la iglesia de Albuquerque mientras sus compañeros corrían detrás de la pelota. Muchos años después sería Barney, el macho alfa de Cómo conocí a vuestra madre; presentaría los Óscar, protagonizaría uno de los más deslumbrantes números de apertura de la ceremonia de los premios Tony y encarnaría al colega humano de Los Pitufos. Su talento innato para el entretenimiento le dio hace unos años un puesto entre las cien personas más influyentes del mundo en la lista de la revista Time. Ahora, el actor ha encontrado la horma de su zapato en el perverso, camaleónico y polifacético Conde Olaf, protagonista de Una serie de catastróficas desdichas, una oscura ficción de ocho episodios para niños y adultos que Netflix estrena hoy en todo el mundo y en la que el director Barry Sonnenfeld (Men in Black) adapta los libros juveniles de Daniel Handler. 

-El Conde Olaf es un ser codicioso que adopta diferentes aspectos para hacerse con la fortuna de los tres niños Baudelaire. ¿Lo eligió para poder interpretar a muchos personajes en uno?

-Eso fue lo que me atrajo del papel, el hecho de que había que llevar muchas prótesis y tener un aspecto perverso y totalmente diferente al mío. Tuve que observar las ilustraciones del libro y tratar de imaginarme cómo se vería aquello sobre mi cara. Es una oportunidad única para un actor. La actuación técnica es una de mis cosas favoritas.

-¿Cómo decidió apostar por el proyecto de Netflix?

-Barry Sonnenfeld vino a verme a Nueva York para explicarme su visión de la serie antes de que yo me comprometiera. Se sentó allí con un libro enorme y me enseñó todos los sets en los que transcurre. Era todo tan oscuro, tan Circo del Sol... ¿Sabes cuando entras en una carpa de circo y te sumerges en un mundo que no se parece al tuyo pero que, de algún modo extraño, es metafórico? Él tenía una visión muy oscura y quería asegurarse de que fuera algo intencionado. Sé que la película en la que iba a participar y de la que se retiró [Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket, de Brad Silberling y con Jim Carrey (2004)] no tenía el tono oscuro que él pretendía. Ahora sí tenía la oportunidad de contar la historia en el tono adecuado y en un mayor espacio de tiempo.

-¿Le gustó interpretarlo?

-Fue divertido, liberador en cierto sentido, sobre todo porque no se parecía en nada a mí. Me hubiese costado más ser un estúpido auténtico que tuviese un aspecto más parecido a Neil.

-¿Se llevaba por las noches al ogro a casa?

-Mi familia estaba en Nueva York y yo en Vancouver, así que lo más complicado era hacer Facetime con mis hijos con el aspecto de este hombre monstruoso para desearles buenas noches y dulces sueños... Tengo 43 años y llevo haciendo esto desde los 13, así que ya he dado muchas vueltas como actor y cuando tienes la oportunidad de ser así de maquiavélico es un gran regalo.

-¿Conocía los libros de Daniel Handler antes de la serie?

-No. Sabía que existían, me gustaban sus títulos, pero en el momento en que me interesé por empezar a leerlos ya eran siete u ocho. Me pasó lo mismo que con Breaking Bad. Me gusta Breaking Bad, pero voy por la temporada uno episodio cuatro, porque de repente me encontré con que eran un montón de temporadas. Tampoco he visto nunca Juego de tronos, porque cada vez que me siento decidido a verla digo: ¿Cuántas temporadas llevan ya? ¿Cuatro? Creo que he perdido el tren. Volviendo a los libros, empecé a leer el primero mientras leía el guion. Creo que Handler tiene un sentido del humor divertido y perverso que encaja en mi mundo. Hay misterios, códigos y organizaciones secretas que me hacen querer averiguar qué hay detrás de la puerta, como en una buena temporada de Lost.

-¿Le gustó este trabajo?

-Me gusta el trabajo y me gusta la entonación. Traté de inspirarme en Alan Rickman. Hay mucho talento en lo que él hace, que es no mover su cara en absoluto, arquear una sola ceja y hablar con e-se des-pre-cio y re-pug-nan-cia [silabea con voz grave, emulando al Severus Snape de Harry Potter]. Me encanta su alocución, su amor por el lenguaje, la manera en que crea con la boca palabras mucho más aterradoras que gritar, gruñir o escupir.

-¿Cuál ha sido la lección más importante que ha aprendido?

-No dejar nunca de ponerme desafíos y no dejar nunca de aprender. La gente que menos me interesa es aquella que se declara inasequible al cambio. Yo elijo siempre papeles que me obliguen a hacer algo que no había hecho antes.

-¿Encaja este papel en la secuencia de su carrera?

-Creo que es un paso muy lógico, porque he asumido un montón de desafíos a la hora de actuar y soy mucho menos temeroso. Acabo de terminar un musical en Broadway en el que hacía de estrella del rock transgénero que no se parecía nada a mí. Soy un gran admirador del circo, así que la interpretación física es algo muy familiar. No tengo ningún problema con ser anfitrión de una ceremonia o con llevar todo el peso de un espectáculo. Me gusta la oscuridad, tengo hijos y una familia, así que de alguna manera todas las piezas encajaban para hacer este papel.

-Tras encarnar durante una década a un personaje tan popular como Barney, ¿es fácil desprenderse de él y seguir adelante?

-No creo que haya nada de lo que desprenderse. Esa es la belleza de Barney. Era un tipo guapo, trajeado, la alegría de la fiesta, el amigo al que el público de la serie supongo que querría llevarse de marcha. Era capaz de transformar una noche aburrida en una experiencia excitante. Era ese tipo de espíritu formidable y no creo que deba separarme de eso. ¡Y gracias a él me invitan muchas veces en los bares!

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