Demasiado grande para ser paraíso fiscal

Rebajar el impuesto de sociedades a la mitad agravaría los déficits de la compleja economía británica


Redacción / La Voz

El discurso de la primera ministra británica, Theresa May, para explicar sus planes sobre el brexit ha sentado bien a la libra. Los inversores esperaban, al parecer, un planteamiento más duro; May insistió en que su país abandona el Mercado Único, pero no Europa. En los círculos políticos de la Unión Europea, en cambio, se ha puesto más atención en otro aspecto: la amenaza de que si el Reino Unido no logra un acuerdo de libre comercio pleno con la UE, reducirá la fiscalidad que aplica a las empresas hasta el punto de convertir su país en un paraíso fiscal, para impedir la fuga de sociedades y atraer multinacionales.

En las fechas previas al referendo de junio, numerosas grandes empresas, incluidos bancos de la City londinense, expresaron su intención de desplazar sus sedes a países de la Unión si los británicos votaban a favor de la separación. Hoy, los planes de deslocalización hacia plazas como Dublín, Berlín o Fráncfort ya están en marcha. El principal producto de exportación británico son los servicios financieros, y su mayor mercado es el comunitario: mantener rentable su negocio si siguen en las islas les parece tarea imposible con las trabas que generará el brexit.

Contra la armonización

El Gobierno se ha puesto a la tarea de frenar el éxodo. Ya en octubre pasado, el entonces ministro de Economía, George Osborne, filtró que el Gobierno barajaba la reducción del impuesto de sociedades a la mitad, del 20 % al 10 %. Esa tributación del beneficio empresarial es inferior incluso a la de Irlanda, que basó su milagro económico previo a la crisis en una tributación de sociedades del 12,5 %. En España la tasa es del 25 %; en Alemania, del 29,7 % y en Francia, del 33,3 %.

Estas diferencias, previsiblemente, se irán reduciendo. La Unión Europea tiene en marcha -al ralentí, es verdad, pero con ritmo creciente ahora, debido, precisamente, al brexit- un programa de armonización fiscal que ya está penalizando a Irlanda. Con los británicos fuera del Parlamento europeo, los actuales impedimentos a esa unificación tributaria se debilitarían.

Y la presión no procede solo de Europa. Tanto la OCDE como el G20, agrupaciones multinacionales de las que Londres no se ha despedido, impulsan una regulación común contra la erosión de la base imponible y el retorno de beneficios de las multinacionales, conocida por sus siglas en inglés, BEPS. El programa pretende acotar la elusión fiscal de las grandes empresas globalizadas, una ingeniería tributaria que los euroescépticos británicos también consideran acoger.

Nada que ofrecer

Con todos estos condicionantes, la amenaza de May parece difícil de llevar a la práctica. ¿Qué tiene Londres como moneda de cambio para que Bruselas acepte mantener la libertad de mercado y consienta a la vez la ruptura de la armonización fiscal? Las declaraciones de May se han interpretado por algunos analistas europeos como muestra de que en Gran Bretaña reina la confusión sobre su futuro inmediato y su papel en el comercio mundial desde fuera de la Unión. Para Peter Wilding, responsable del think tank British Influence, el paraíso fiscal de Singapur «siempre ha sido un referente para los tories más euroescépticos. El problema es que no se puede comparar un país de seis millones de habitantes con otro de sesenta y cuatro». La economía británica es demasiado grande y compleja como para especializarse en la baja imposición: eso parece más propio de islas mínimas, como las Caimán o Bermuda.

En este aspecto ha insistido el comisario europeo de Economía, Pierre Moscovici. La escalada de rebajas, de llevarse a cabo, «supondría una pérdida enorme de ingresos para el Tesoro británico, en una situación en la que ya tiene déficits demasiado elevados», dijo. ¿Qué tendría que hacer para enjugarlos? Subir impuestos. Un perfecto círculo vicioso.

Trump y May, a contracorriente de la globalización que rige en el comercio mundial

Theresa May no ha sido la única gran dirigente que ha propuesto recortar sensiblemente la tributación de las empresas; también lo ha hecho el presidente electo de Estados Unidos, Donald Trump. Pero en los dos casos, los analistas recomiendan prudencia y espera. Las promesas que han hecho en sus discursos van a atemperarse en cuanto los cuerpos de asesores hagan cálculos realistas.

«Que el Reino Unido pretenda convertirse en un paraíso fiscal y tomar medidas unilaterales de este tipo va contra la lógica y el funcionamiento de la economía mundial, que está en plena globalización», dice Xosé Carlos Arias, catedrático de Economía de la Universidad de Vigo. En su opinión, el anuncio de Theresa May parece «más bien un brindis al sol», pero si no lo es, «resulta preocupante». Arias observa la paradoja de que «a día de hoy, el principal defensor de la globalización sea el presidente chino», lo que deja en un extraño lugar a las potencias emblemáticas en la expansión del libre comercio mundial: EE. UU. y Gran Bretaña.

Para el economista Albino Prada, el Gobierno británico, con su marcha contraria a la globalización, responde a un movimiento que no es exclusivo del Reino Unido. «Los británicos -señaló- votaron por el brexit para blindar, me temo que equivocadamente, su Estado del bienestar», y lo mismo puede ocurrir -se verá en las próximas elecciones- en Francia y en otros países europeos. El profesor cree que para neutralizar los movimientos aislacionistas en auge, las autoridades europeas deberían hacer esfuerzos por renovar la ilusión y la adhesión de los votantes a su proyecto, con decisiones firmes contra el dumping social y ambiental, y contra competencias fiscales como la que pretende ensayar Gran Bretaña.

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