Fillon se enroca, desoye las presiones y sigue adelante contra viento y marea
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Admite que contratar a su mujer e hijos pudo ser un error moral, pero que fue legal
07 feb 2017 . Actualizado a las 12:13 h.Fue todo un desafío ante las presiones internas que lo han incitado la semana pasada a dar un paso atrás y retirar su candidatura. François Fillon pasó ayer al contraataque en una rueda de prensa delante de unos 250 periodistas que llenaron su sede de campaña en París. El ex primer ministro defendió la legalidad del trabajo de su mujer, Penelope, y de sus hijos, acusados de beneficiarse de empleos ficticios. Es cierto que entonó el «mea culpa»: admitió un «error» y se disculpó por haberlos contratado, pero mantiene su candidatura. «Nada me hará cambiar de opinión», dijo convencido. «Soy candidato a las presidenciales para ganarlas».
«Todo era legal, pero ¿me libro en el plano moral? Esta cuestión ética me coloca frente a la conciencia y frente a los franceses», reflexionó Fillon. Admitió haber contratado a su esposa y a sus hijos y achacó la desconfianza que causa su predilección por emplear familiares a la sociedad moderna. «Lo que era aceptable antes, ya no lo es ahora» apuntó. «Fue un error, lo lamento profundamente y presento mis excusas a los franceses», añadió, para después indicar que empezará a publicar en Internet las cantidades que su esposa ganó durante sus 15 años de servicio.
El candidato arremetió contra los medios, a los que acusó de «una campaña de prensa de una violencia sin precedentes, orquestada justo en el momento en el que la derecha no puede tener otro candidato creíble», en una alusión los «plan B» que representarían Alain Juppé o Nicolas Sarkozy. Fillon dirigió sus ataques particularmente al reportaje que reveló la entrevista de Penelope con el Daily Telegraph de 2007, en la que dice que nunca fue su asistente. «Nunca fue mi subordinada», puntualizó Fillon, «siempre ha sido, ante todo, mi compañera de trabajo y mi colaboradora». Según él, su salario de casi un millón de euros brutos fue «indispensable» para sus actividades parlamentarias, como la gestión del correo, llevar la agenda y representarle en las manifestaciones locales culturales, por lo que cobró una media de 3.600 euros netos al mes.
También tuvo flechas para el diario Le Monde, al que acusó de violar el secreto profesional al revelar que, según el propio Fillon, su hijo Charles le ayudó «trabajando en el programa para las presidenciales y en asuntos institucionales» entre 2005 y 2007, motivo por el que la justicia ha abierto una nueva línea de investigación, ya que si su hijo, siendo asistente parlamentario, estaba implicado en la campaña presidencial de Sarkozy, se trataría de un delito de financiación ilegal. Fillon insistió en que todo se trata de una «operación para desviar la atención de los franceses» y finalizó anunciando la reanudación de su campaña electoral.
El enroque de Fillon se interpreta como una respuesta a las presiones desde las filas republicanas para que se retirase. En la derecha, el diputado sarkozysta Georges Fenech, consideró que el escándalo ha hecho caducar el resultado de las primarias. Más discretamente, también lo han cuestionado ciertos «juppeístas» pese a que Juppé en persona tomó ayer las redes sociales para insistir en que «no es no» en cuanto a una sucesión. Según Colpisa, el candidato ha advertido en privado a los conservadores tentados de buscarle un recambio de emergencia: «o yo o el caos». Según su entorno, ha hecho ver a los suyos que «conmigo tenéis una oportunidad de ganar y sin mí tenéis el cien por cien de perder».
Macron se abre paso, pero se convierte en la diana de todos
En los mítines del fin de semana en Lyon, tres candidatos se repartieron la escena: Marine Le Pen, Emmanuel Macron y Jean-Luc Mélenchon. Sin embargo, no se trató de una batalla a tres, sino de un duelo: Le Pen y Macron se designaron enemigos el uno del otro, y no por casualidad. Con la caída libre de Fillon en los sondeos, el líder de ¡En marcha! está en vías de convertirse en el gran contrincante de la extrema derecha. El ex ministro de Economía con Hollande ha logrado presentarse como un candidato que no es de izquierda ni de derechas, basando su campaña en la simple oposición de «conservadores» contra «progresistas» sin entrar en más matices (debido también a la falta de un programa que parece que no llegará antes de marzo).
De cara a las próximas elecciones presidenciales, que se celebrarán el 23 de abril y el 7 de mayo, los electorados, tanto de derecha como de izquierda y de centro, tienen una estrategia común: el «todo menos Le Pen». Una gran mayoría de los votantes estarán dispuestos a hacer de tripas corazón y votar al partido opuesto para frenar al Frente Nacional. Con tales perspectivas, Macron se presenta como un candidato comodín: lo suficientemente liberal en economía como para seducir a la derecha y con inquietudes sociales que atraen a la izquierda, una característica que no reúnen Fillon ni Hamon, demasiado conservador el primero para atraer a la izquierda y muy escorado a la socialdemocracia el segundo para convencer a los republicanos.
Sin Fillon en la ecuación, el ex ministro se convierte en la única opción a día de hoy para derrotar a Le Pen, ya que Hamon también se ha desinflado tras su elección y según los sondeos no pasará a la segunda vuelta. Sin embargo, ser el favorito es un arma de doble filo. Macron es, desde el «Penelope Gate», la diana común de sus adversarios. Para Le Pen, un «mundialista», para Jean-Luc Mélenchon, «un champiñón alucinógeno» y para Hamon, una «criatura del sistema» que se hace pasar por «un gran transformador».