El proteccionismo de Trump pone en jaque el orden económico mundial

China se erige en garante del libre comercio y la globalización frente a la política de repliegue del nuevo Gobierno estadounidense, mientras Europa intenta reposicionarse


Redacción / La Voz

No se puede decir que no avisara. Aún estaba en campaña cuando Donald Trump empezó a utilizar los acuerdos comerciales como munición en sus mítines. Pero su America First (América primero) ha dejado de ser un eslogan populista para ganar votos en los estados industriales castigados por el desempleo para convertirse en una guía de acción en política internacional. Nada más llegar al despacho oval, el presidente estadounidense firmó una orden ejecutiva para retirar a su país del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP, por sus siglas en inglés), un tratado de libre comercio firmado un año antes con otros once estados de Asia y América (entre ellos algunos socios estratégicos de EE. UU., como Japón, Canadá o Australia) pero que todavía estaba pendiente de ratificar.

La decisión, que rompe un bloque que representaba el 40 % del PIB mundial, el 30 % de las exportaciones y que aglutinaba 800 millones de consumidores, va más allá del plano económico. Porque, muerto el tratado (cuya defunción se da por hecha porque las reformas a las que se habían comprometido otros países no tienen sentido sin la contrapartida de poder acceder al mercado norteamericano), es inevitable que Estados Unidos pierda influencia en la región. Hasta referentes del Partido Republicano, como el senador y excandidato presidencial John McCain -furibundo detractor de Trump-, han advertido del «grave error» de una decisión que tendrá «consecuencias duraderas» para Estados Unidos.

La principal, el camino expedito que se le deja a China, el principal ausente del TPP, un instrumento con el que Obama y el japonés Abe pretendían frenar su influencia en la región. Ahora, mientras países como Australia le tienden la mano para entrar como salvador del acuerdo comercial, el gigante asiático parece dispuesto a no desperdiciar la oportunidad de ganar influencia en su patio trasero. No solo eso, sino que de las últimas declaraciones de los dirigentes del gigante asiático se deduce que este quiere asumir un papel más protagonista en la economía mundial. En su estreno como orador en el Foro de Davos, el presidente chino, Xi Jinping, alertó de los peligros de una guerra comercial y presentó a su país como el mayor baluarte de la globalización y el libre comercio. «Seguir el proteccionismo es como encerrarse uno mismo en un salón oscuro: puede que evite el viento y la lluvia, pero también se quedarán afuera la luz y el aire», dijo en un claro mensaje a su homólogo estadounidense.

«Es el mundo al revés», resume Jaume Giné, profesor de Esade y ex secretario general de Casa Asia. Un régimen comunista abanderando el libre comercio y la cuna del capitalismo en plena vorágine proteccionista. Giné destaca que, con su espantada, Estados Unidos no solo permite a China, «que ya es el primer socio comercial de 125 países», ampliar su influencia política y económica, sino que renuncia a imponer las normas y estándares industriales, laborales o medioambientales recogidos en el TPP, por lo que facilita la competencia en esos mercados de productos chinos, fabricados en un marco comercial menos transparente.

La ue, un coro desafinado

En ese nuevo orden económico que se perfila ante el repliegue de Estados Unidos, la gran incógnita es el papel que pueda jugar la Unión Europea. Y es que, aunque la locomotora del continente, Alemania, ya ha escenificado una alianza con China en defensa del libre comercio, los Veintiocho (más bien los Veintisiete, con el brexit ya sobre la mesa), se enfrentan al problema de siempre: la dificultad para acordar una posición común dentro del complejo entramado burocrático de Bruselas. «La UE intentará llenar también el vacío que deja Estados Unidos, sobre todo en mercados como México, América Latina o Japón; es una gran oportunidad para relanzar el proyecto europeo y defender los valores democráticos en el mundo, pero para ello necesita hablar con una sola voz», incide el profesor de Esade. Y es que, como recuerda Giné, aunque la Comisión capitanee la negociación de los acuerdos comerciales, estos luego tienen que ser ratificados no solo por los estados miembros sino, en algún caso, por los parlamentos regionales, lo que puede generar situaciones entre insólitas y ridículas, como el retraso que sufrió el CETA (el tratado comercial con Canadá) por el bloqueo de los diputados de la región belga de Valonia, cuyo veto respondía más a cuestiones de política interna que al contenido del acuerdo.

Y si no es fácil que Europa hable con una sola voz, menos lo será este año, cargado de citas electorales clave, en los Países Bajos, Francia y Alemania. En los dos primeros, con riesgo real de que la extrema derecha antieuropea pueda tocar poder, algo que podría ser letal para el proyecto comunitario, especialmente si sucede en París, ya que rompería el eje franco-alemán, columna vertebral de la Unión.

altera la producción

Pero, ¿qué consecuencias puede tener este baile político que nos puede parecer tan lejano? Xosé Carlos Arias, catedrático de Economía Aplicada de la Universidade de Vigo, apunta al riesgo de que «se disloque el sistema productivo». Y es que hoy el grueso de los intercambios comerciales ya no corresponden a productos finales, sino a bienes intermedios, ya que los procesos de fabricación no se suelen cerrar dentro de un único país, sino que pueden incorporar componentes importados de otros lugares del mundo. Por eso, una deriva proteccionista como la emprendida en Estados Unidos, no solo tendría consecuencias fuera del país, sino también para las propias empresas norteamericanas, que verían encarecidos sus procesos de fabricación.

Y es que, expone Arias, si Trump sigue en sus trece e inicia una escalada arancelaria con México, China u otros socios comerciales, lo lógico sería esperar una «política reactiva», que estos contestaran también penalizando las exportaciones estadounidenses.

Aún con la incertidumbre de si la política comercial del nuevo presidente se queda solo en gestos o se plasma en medidas concretas, el economista cree que, si se sigue por ese camino, «es posible que haya una reestructuración» en el orden económico mundial y que emerjan nuevos actores para cubrir el hueco que deje Estados Unidos, «aunque eso no se improvisa, no pasa de un año para otro, y el daño generado en el proceso sería importante».

la incógnita trump

De hecho, hay quien cree que no todo está perdido. Es el caso de Alfredo Pastor, profesor del IESE y ex secretario de Estado de Economía en el Gobierno de Felipe González entre 1993 y 1995, que apunta que de momento Trump «se ha limitado a una política de gestos: dice que va a hacer cosas, pero aún no ha hecho nada». «En lo que se refiere al comercio tiene, además, los límites de la Organización Mundial del Comercio, que son bastante estrictos y no creo que vaya a salir de la organización».

Pastor explica que las políticas proteccionistas no devolverán los empleos perdidos en el cinturón industrial del país, ya que las empresas que podrían volver «se ubicarían en los estados del sur, donde ofrecerían trabajos malos y con sueldos escasos». Aunque no duda de que China aprovechará cualquier resquicio para expandir su influencia, cree que la amenaza Trump no se materializará porque, en el fondo, el nuevo presidente es un empresario que dirige con criterio mercantilista, «no es un amigo de los pobres, no es Pablo Iglesias, y cuando los millonarios se empiecen a quejar, les hará caso».

ILUSTRACIÓN MARÍA PEDREDA

«El proteccionismo es como encerrarse en un salón oscuro: puedes evitar el viento y la lluvia, pero también dejas fuera la luz»

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