«Esto es casi un camposanto»

Héctor Estepa
héctor estepa MOCOA / E. LA VOZ

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Leonardo Muñoz | efe

La Cruz Roja está buscando a tres españoles que desaparecieron en las mortíferas riadas de Mocoa

06 abr 2017 . Actualizado a las 07:20 h.

«El puente es lo primero que se fue. Salimos corriendo con el agua sobre las rodillas. La riada llevaba hasta camiones. Había gente que se moría. Se ahogaban». El joven Nicolás Aponte es uno de los residentes del barrio San Miguel de Mocoa, una de las zonas más afectadas por las riadas que ya dejan cerca de 300 muertos y casi 100 desaparecidos en Colombia. El lugar, donde la Cruz Roja busca a tres españoles cuyo rastro se perdió, es ahora un amasijo de piedras del tamaño de casas, enormes troncos y edificios destrozados. El duelo se cuela entre las ruinas dejadas por la avalancha. Quienes sobrevivieron lo han perdido casi todo.

Aponte sobrevivió de milagro
Aponte sobrevivió de milagro Hector

Aponte jamás podrá olvidar la noche de la riada porque estuvo al borde de la muerte y solo la suerte lo libró. Consiguió llegar a un edificio de dos plantas en el que se salvó junto a un centenar de personas más. Fue un héroe: «Alcanzamos a salvar a una muchacha embarazada de ocho meses. Y a un niño. Se le fue toda la familia, pero lo salvamos a él». Otros no encontraron esa mano salvadora: «Hay muchos desaparecidos y la mayoría son niños. Este barrio se conocía porque había mucho niño en las calles jugando», se lamenta el joven.

Bajo las piedras que sepultaron San Miguel todavía quedan cuerpos de desaparecidos y hay quien teme que no puedan ser rescatados jamás. «Los muertos huelen a feo ya. El calor hace que salga el olor bajo las piedras. Hay muchas moscas», señala Aponte. La principal preocupación ahora son las enfermedades. Ya ha comenzado la distribución de vacunas como la de la hepatitis. «He ingresado a mi hija de seis meses por una diarrea. Fue afectada por la contaminación que hay aquí», desvela José Yasmaní, mientras intenta salvar lo poco que ha quedado en su casa. «Esto es casi un camposanto», dice su suegro, afanado en sacar del edificio una motocicleta destrozada. Pueden considerarse afortunados. No han perdido a ningún familiar. Se refugiaron, como Aponte, en el salvador edificio de dos pisos.

Angélica Burbano no tuvo la misma suerte. «Han muerto doce primos míos. Seis se encontraron y seis están desaparecidos. Todavía no se han entregado los cuerpitos de ellos. Estamos esperando», se duele mientras ayuda a limpiar la casa de una vecina. Muchos sobrellevan la tragedia echando una mano a sus conocidos, pero no todos son tan solidarios. Los vecinos de San Gil temen los saqueos. Grupos de ladrones están allanando las viviendas afectadas para llevarse lo que el río dejó atrás. «Están revolcándolo todo en busca de dinero y cosas de valor», dice María Torres mientras se esfuerza en rescatar sus enseres personales de su vivienda. El pillaje no llega solo en forma de hurto. «Hay gente de otros lugares que no tienen nada que ver con la tragedia censándose en los sitios que sí fueron devastados», denuncia Torres. La promesa de ayudas parece haber atraído a muchas personas ajenas a la catástrofe.

Los supervivientes reclaman agua y comida. Los grifos no funcionan. El mercado de la ciudad ha sido afectado y algunos víveres escasean. «Se han encontrado muertos ahí y debe haber más», dice Raúl López. Tenía un puesto de comida. Ya no existe. Las víctimas también reclaman un lugar para vivir. «El río se llevó mi casa. Ahora estoy durmiendo en el parque», desvela José Garreta. Asegura que aún hay gente refugiada en lo alto de una montaña cercana. Todavía no se atreven a bajar. Tienen miedo a otra riada. Mocoa sigue bajo el trauma ante la magnitud de la tragedia.