«Las chicas del cable», aires de libertad para las mujeres del mundo

Netflix estrena hoy en 190 países su primera serie española, un melodrama de los productores gallegos de Bambú


redacción / la voz

Netflix estrena hoy en 190 países su primera serie española, Las chicas del cable, una ficción de Bambú en la que gran parte del equipo -desde la producción a los guiones, la dirección y las interpretaciones- es gallega. La serie, ambientada en los años veinte, cuenta la historia de cuatro mujeres (encarnadas por Blanca Suárez, Nadia de Santiago, Maggie Civantos y Ana Fernández) que buscan emanciparse en una sociedad machista trabajando en la compañía de telefonía. Era la época en que las comunicaciones a distancia dependían de alguien conectara manualmente dos clavijas. 

«La serie nace de una petición de Netflix, que vio los resultados de Gran Hotel y Velvet y nos pidió una serie en la misma línea. Nos hemos especializado en el melodrama romántico con algo de misterio y esta serie entra en esa línea y se dirige claramente a un público femenino», explica Ramón Campos, cofundador de Bambú Producciones junto con Teresa Fernández-Valdés

Su protagonista es Lidia (Blanca Suárez), un personaje ambiguo y misterioso que arrastra un pasado turbulento y oculta su verdadera identidad. Su historia se va entrelazando con el resto de las tramas en una serie coral que «tiene mucho que ver con la historia de Netflix y con cómo su llegada está cambiando los medios de comunicación».

Igual que series anteriores de Bambú, Las chicas del cable tiene un barniz histórico, pero pasa por encima de la realidad para recrear ambientes idílicos y glamurosos y para poner música dance en lugar de charlestón. «Hemos creado una serie para las mujeres del mundo y gran parte del público de Netflix es muy joven, por lo que no queríamos que la sintiesen antigua. Queríamos darle una imagen y un audio moderno»», explica. 

«Mi personaje no es el típico galán»

Yon González y Martiño Rivas son los chicos del cable, los directivos que trabajan en la planta de noble de la compañía de telefonía, una empresa llena de mujeres que buscan emanciparse a través del trabajo. 

-Un papel misterioso, el de Don Francisco, el yerno del dueño de la compañía.

-No es el prototipo de galán enamorado. Está en el aire que el público vaya averiguando en qué dirección va el personaje. La idea es jugar a la ambigüedad y dejar a criterio del público intuir si más adelante, cuando los guionistas nos vayan dando más guiones, tomará una u otra dirección. A mí me gusta que, en lugar de dárselo todo masticado a los espectadores, hacerles creer que, en algunos momentos, el personaje resulta muy sincero, pero, en otros, puede dejarles descolocados con una mirada. Quiero hacerles pensar si es el bueno o es el malo. Ese es el objetivo. No sé si lo conseguiré, pero ahí estamos, intentándolo.

-¿Cambia algo al trabajar con Netflix por el hecho de no estar sujetos a la audiencia diaria?

-En cuanto al producto, Bambú lo hace igual de bien esté Netflix detrás o no. Los dos hacen un buen equipo y Netflix lo contrata porque hace bien las cosas. Lo que aporta Netflix es que esto se va a ver en 190 países. Tenemos muchas más posibilidades de trabajar fuera, porque se habla de nosotros y es un escaparate maravilloso, sobre todo para España y para el trabajo para miles de personas. Tanto por Netflix como HBO, por todas las plataformas que entren, bienvenidas sean. Son necesarias ahora mismo para que esto resurja, porque el 84 % del gremio está en la miseria y no vive de su trabajo, que es el de actor. Es un privilegio poder contar con Netflix y con lo que venga.

«Por fin fago un papel extravertido»

Martiño Rivas encarna a Carlos Cifuentes, o primoxénito dunha boa familia e herdeiro da compañía de telefonía onde se desenvolve Las chicas del cable

-¿Que supón para vostede o feito de estrearse hoxe en 190 países para 100 millóns de abonados?

-Coido que vai en consonancia coas novas formas de visualizar e consumir contidos. Nós en realidade comezaremos a ver as repercusións unha vez se produza a estrea. Na gravación, as dinámicas de traballo son as convencionais. É unha boa nova e algo para estar orgulloso o feito de ter unha audiencia tan ampla, pero non é algo que eu tivese na cabeza á hora de enfocar o meu traballo. Son cousas que se che escapan das mans.

-¿Pensou algunha vez nunha audiencia semellante?

-Esta é unha profesión moi inestable e, para acadar certa saúde mental, procuro non prantexalo neses termos, senón traballar día a día, seguir mantendo certa curiosidade e facendo cousas que me motiven.

-¿Que o impulsou a sumarse a esta serie?

-O feito de que estivese implicada a produtora Bambú, porque nunca traballara con eles. Cada serie que fan ten unha factura moi ben executada e contidos de moita calidade, así que iso era unha garantía. Tamén o feito de ter o selo de Netflix detrás e a oportunidade de volver traballar con Yon e Blanca, polos que teño moito cariño e cos que me sentín moi a gusto nas experiencias do pasado [El internado]. 

-¿E o seu personaxe?

-O personaxe tamén é distinto dos que fixera ata agora. Por fin interpreto a alguén extravertido, que mira máis cara fora que cara dentro. Ata agora moitos dos meus personaxes eran xente máis introvertida e máis sentidiña. Este está no polo oposto.

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