Amiens, la herida abierta de la deslocalización

El traslado de una fábrica de Whirlpool a Polonia se convierte en un símbolo y es explotado por el Frente Nacional en su causa antiglobalización


Hay lugares en los que la historia hace diana una y otra vez. Uno de ellos es Amiens. Esta ciudad del norte de Francia, capital del departamento del Somme, ha sufrido dos grandes batallas y un asedio. Ahora se ha convertido en Los lunes al sol de las presidenciales francesas, un símbolo de la deslocalización. La cuna de Emmanuel Macron es también la estampa del norte industrial y minero que agoniza ante el avance globalizador. Forma parte de esa Francia alejada de las grandes ciudades que supone el 60 % de la población y que, como recuerda el geógrafo Christophe Guilluy en La Francia periférica, compone «el país del que nadie habla».

Hasta que un día de abril los políticos reparan en una fábrica de Whirlpool, que va a ser trasladada desde Amiens a Polonia. Buscando una foto fácil de campaña Macron se reúne con representantes sindicales en la cámara de comercio local y se encuentra con que Marine Le Pen lo contraprograma con una visita a los trabajadores en plena fábrica. El líder de ¡En Marcha! abucheado, la ultraderechista casi sale a hombros. El primero admitía que la recuperación sería difícil. La segunda prometía nacionalizar la factoría si era necesario para mantener los 300 empleos directos de la factoría.

Bill Clinton y Tony Blair fueron los primeros que, como no podían garantizar los puestos de trabajo en ciertas fábricas, se ponían como meta garantizar la empleabilidad. Pero Marine Le Pen hace añicos cualquier discurso racional cuando asegura que, con un tuit, Donald Trump es más efectivo. El FN ha abierto brechas y se escenifican. Patrice Sinoquet, delegado sindical de la CFDT para Whirlpool, está amenazado de expulsión por haber votado al FN. «No puede estar con nosotros y apoyar al FN», dicen desde la organización sindical. Sinoquet dice que no hace proselitismo y que él es libre. En Amiens, los integrantes de los sindicatos están cansados. «Una cosa es Whirlpool y otra a quién vota cada uno», dice Jean-Luc Villet, secretario de la CFDT.

«El FN no es flor de un día. Tenemos que solucionar el problema del paro», reflexiona Philippe Casier, secretario general del Partido Socialista en el Somme. El paro entre los jóvenes de los barrios pobres avanza hasta el 40 % y, en las regionales, Le Pen se llevó un porcentaje parecido de votos. «Somos pobres. Se acabó la época del carbón. Muchos no ven en Europa progreso ni porvenir. Nosotros estamos a favor de Macron, lo hacemos por responsabilidad», apunta Casier.

Historia como en España

«Aquí no tenemos una historia con la extrema derecha como en España, en Italia, en Alemania, y por eso la gente le ha perdido el miedo», añade. «La desunión de la izquierda da como resultado la derecha. Aquí tenemos a Mélenchon. Pero el PS también está roto entre los que están más a la izquierda y más a la derecha». Un hombre entra por la puerta de la sede. «Hablando de la unión de la izquierda. ¿Sabes quién es? El líder del Partido Comunista de aquí, vamos a hablar sobre la candidatura para las legislativas», explica. Cree que el FN, con dos diputados, pasará a «50 o 60».

Mientras Casier negocia, comienza en Amiens, de unos 130.000 habitantes, una marcha contra el Frente Nacional. Globos con estrellas de la UE y alguna bandera de Francia. Llaman a los vecinos con los que se cruzan. «Señora, no podemos dejar que gane Marine». «Contra el fascismo y el racismo, señor». Dos jóvenes portan una pancarta que reza: «Fraternidad». «Entendemos que los trabajadores de Whirlpool estén enfadados y preocupados, pero si votan a Le Pen será una decisión emocional, no racional. No les beneficiará. A ella no les interesa su bienestar», dicen.

Entre 1946 y 1973, Francia vivió sus trente glorieuses, treinta años de prosperidad económica. Como Trump en EE.UU., Le Pen intenta generar ese sentimiento de añoranza de aquellos tiempos en los que trabajar en una fábrica suponía tener un estatus económico y social. Curiosamente, a unos treinta kilómetros de Amiens está Méaulte, donde se fabrica parte del Airbus. En marzo la empresa Stelia Aerospace renovó sus instalaciones. Pero en la geografía económica y política, Méaulte parece estar mucho más lejos.

Goodyear también se marchó de la ciudad en el 2014, creando gran tensión social

Amiens tiene muchas heridas. Las amapolas recuerdan la Primera Guerra Mundial. La sangre sobre el suelo. Carteles dan la bienvenida a británicos, australianos, neozelandeses... Fotos en blanco y negro recuerdan a los soldados. Un monumento honra a los mártires de la resistencia. Otro, al general Leclerc. Pero los golpes más recientes han sido económicos. En el 2014, se fue Goodyear. Se quedaron en la calle 1.143 trabajadores. Aquel adiós dejó cicatrices todavía visibles. Maurice Taylor , directivo de la empresa propietaria de la factoría, envió entonces una carta durísima al Gobierno francés para justificar el cierre. La misiva se filtró y escandalizó a todo el país. Taylor llamaba vagos a sus empleados. «Trabajan tres horas y otras tres se dedican a discutir». Decía abiertamente que se iba a China o la India para ahorrar costes. Varios sindicalistas fueron juzgados y condenados por secuestrar al director y al jefe de personal.

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