Una primera dama que rompe moldes

Lo que parecía un ataque pasajero de «amour fou» se ha convertido en una alianza vital y estratégica


Un colegio jesuita. Un taller de teatro. Un alumno brillante de 15 años. Una profesora de francés de 39, casada y con niños. Una amistad que, con el paso del tiempo, se convierte en otra cosa. Una villa escandalizada. La historia de Emmanuel Macron y Brigitte Trogneux tiene todos los ingredientes de una novela del siglo XIX. Pero va más allá. Probablemente a la mayor parte de los escritores les faltaría audacia para acabar colocando a la pareja en el Elíseo, como presidente de Francia y primera dama. «Ella tenía marido y tres hijos. Renunció a todo por mí. Hemos construido una familia distinta», dice Macron. Veinticuatro años de diferencia, tres hijos de la edad del presidente y siete nietos. Una familia que, sin duda, fascina a los franceses.

«Las cosas fueron pasando de forma inadvertida y yo me enamoré. Surgió una complicidad intelectual que pasó a ser una proximidad sentimental. Una pasión que todavía dura. Nos convertimos en inseparables a pesar del viento en contra». Así relata Macron en su autobiografía, Révolution, los inicios de su relación, en el colegio La Providence, en la ciudad de Amiens. Sus padres se opusieron totalmente, le exigieron a la maestra que dejara a su hijo en paz y enviaron al adolescente al liceo Henri-IV, en París. El estudiante se marchó prometiendo a Brigitte que volvería y algún día se casarían. Tenía solo 17 años.

Lo que parecía un ataque pasajero de amour fou se ha convertido en una alianza vital y estratégica que ha provocado un terremoto en la política francesa. No parece que Trogneux juegue el papel de lady Macbeth, porque la ambición de Macron no necesita combustible externo. Pero ella actúa como su primera asesora. Acudía a las reuniones del gabinete de Macron cuando era ministro de Economía. Y aunque no tiene ningún cargo en el partido, discutía la agenda durante la campaña y opinaba sobre los discursos y las puestas en escena. Juliette Bernard, amiga de Brigitte, indica al diario Le Parisien que la profesora no tendrá un puesto remunerado por el Estado, pero el nuevo presidente ha indicado que sí que jugará un papel en el Elíseo. De hecho, se especula con la posibilidad de que asesore al Gobierno en materia de educación y formación.

«Un amor clandestino»

La prensa francesa señala también que «ella no gobernará, pero estará ahí», con sus propias aportaciones. «Inseparables», apunta el entorno del matrimonio. El ya presidente asegura que su vida ha estado marcada por dos mujeres: Manette, su abuela materna, y su mujer: «Durante todos estos años, Brigitte ha compartido mi vida. Nos casamos en el 2007. Fue la consagración oficial de un amor clandestino, a menudo oculto, mal entendido por muchos antes de que prevaleciera», explica. Reconoce que fue obstinado para combatir contra las circunstancias, para oponerse «al orden de las cosas», que ambos tuvieron «coraje, determinación, paciencia». Sabe por experiencia propia que no se juzga del mismo modo a las parejas en las que es el hombre el que tiene mucha más edad. De hecho, entre Donald Trump y Melania hay más de veinte años de diferencia y las novias que se le adjudican a Vladimir Putin son mucho más jóvenes que él. La madre del sucesor de Hollande fue de las primeras personas de su entorno en rendirse a la evidencia. «Por Brigitte siente adoración. Laetitia Casta podría ponerse desnuda delante de Emmanuel y él no haría nada», dice ahora.

Los hijos de Brigitte también acabaron apoyando a su padrastro. Sébastien, Laurence y Tiphaine estuvieron presentes en la campaña junto a sus propios niños. «Hijos y nietos de corazón. De esos de los que usted no tiene», le contestaba Macron a Jean-Marie Le Pen en plena carrera presidencial cuando el fundador del Frente Nacional le recriminaba que difícilmente podría hacerse cargo de un país si ni siquiera tenía sus propios hijos. El argumento tampoco había servido antes para desacreditar a Theresa May en las filas conservadoras británicas.

Francia no desaprueba que la vida amorosa de sus presidentes sea azarosa. Más bien, al contrario. A Françoise Hollande, todo un conquistador, no se le enterró por tener una amante. Lo que no se le perdonó fue la vulgaridad de lanzarse a la aventura extraconyugal en motocicleta y con casco. Indigno para el cargo. Pero este escenario es nuevo. «Nuestra historia nos ha inculcado una voluntad tenaz de no ceder al conformismo», dice Macron. Así rompieron al mismo tiempo el tablero político y los tópicos sobre la primera dama francesa.

Una puesta en escena digna de una monarquía republicana

Francia gusta de las liturgias laicas, tiene aires de monarquía republicana. La puesta en escena de Macron en la explanada del Louvre es una prueba de ello. El presidente electo protagonizó una entrada operística, con un interminable paseo en solitario, bajo la luz de las farolas, con su sombra sobre el suelo empedrado. Pero, para su entrada triunfal, eligió como banda sonora el cuarto movimiento de la novena sinfonía de Beethoven. El Himno a la alegría. El contrapunto a la depresión en la que parecían hundirse los franceses, pero sin romper la solemnidad del momento. Y un mensaje al mundo: Europa. Con una posdata: Beethoven no disimulaba su adhesión a los principios de la Revolución francesa, que para él se encarnaban en la figura de Napoleón cuando era aún primer cónsul. El genio creó en sus últimos años una sinfonía coral y musicalizó la Oda a la alegría de Schiller, cuyo título original era Oda a la libertad. La adaptación de esta obra, que promete que «todos los hombres serán hermanos», es el himno de la UE.

Está la música y también el escenario. La izquierda elige para celebrar sus grandes noches electorales las plazas de la República y la Bastilla; la de la Concordia se asocia a la derecha. Macron intentó organizarlo todo en el Campo de Marte, ante la torre Eiffel, pero no recibió el permiso del Ayuntamiento de París. Finalmente, pronunció su discurso con la pirámide del Louvre de fondo. Un lugar sin etiqueta política que ya quedará para siempre asociado al fulgurante triunfo de ¡En Marcha!. El presidente fue recibido como un monarca recién coronado. Dicen algunos analistas que de vez en cuando su país busca un líder al que confiar su destino. Voilá. Aquí está Macron.

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