El precio de la derrota del EI en Siria e Irak

Con el territorio del califato encogiendo cada día ante el empuje de los ejércitos sirio, kurdo e iraquí, aumenta el incentivo del Estado Islámico para lanzar ataques

El ataque en Mánchester.Ayerra, Alexia, Placer El ataque en Mánchester
Ayerra, Alexia, Placer

En su reivindicación del atentado de Mánchester, el Estado Islámico se regodeaba con el anuncio de que uno de sus «soldados» se había hecho estallar «en medio de los cruzados» para «vengar la religión de Alá». Los cruzados eran, por supuesto, adolescentes y niñas, una de ellas de solo 8 años de edad. Asistían a un concierto que terminaba a las diez de la noche, un horario prácticamente infantil. A pesar de eso, el comunicado del Estado Islámico se refería al lugar de la masacre en términos moralistas como «ese sitio de la desvergüenza». También la reivindicación de los atentados de París del 2015 describía la sala Bataclan como «orgía de prostitución y despilfarro». Es un lenguaje en el que se palpa no solo el rencor por los agravios, reales e imaginarios, de Occidente en Oriente Medio, sino también el odio por un estilo de vida.

«Lo que viene ahora será aún peor para los adoradores de la cruz y sus aliados», seguía diciendo el comunicado. Por desgracia, es una amenaza creíble. Con el territorio del califato encogiendo cada día ante el empuje de los Ejércitos sirio, kurdo e iraquí, aumenta el incentivo del Estado Islámico para lanzar ataques. No hacerlo sería perder su mayor capital proselitista, que es su imagen de fuerza y violencia. Pronto regresarán muchos voluntarios musulmanes europeos que han estado combatiendo en Siria, pero ni siquiera hace falta eso. Las redes sociales y la globalización de la información garantizan un suministro más o menos regular de lobos solitarios dispuestos a llevar a cabo atentados burdos pero devastadores.

No es el caso de este último ataque. La fabricación de un artefacto explosivo no entraña una hazaña técnica, pero requiere una cierta pericia. Por eso la policía quería asegurarse ayer urgentemente de que el terrorista suicida no forma parte de una célula. Su edad (22 años) y su domicilio, el barrio de Whalley Range, apuntan en esa dirección, porque los lobos solitarios suelen ser mayores y porque esa zona del sur de Mánchester es un vivero de yihadistas. Precisamente de su instituto salieron las hermanas Halane, dos gemelas de origen somalí que se unieron al Estado Islámico en el 2014. De allí era también Raphael Hostey, el rapero que, bajo el seudónimo de Abu Qaqa, se convirtió en el principal reclutador para el Estado Islámico en lengua inglesa hasta su muerte el año pasado.

No parece que Salman Abedi, el autor de la masacre de Mánchester, haya estado en Siria, pero su perfil responde a una pauta habitual del yihadismo británico: jóvenes musulmanes, británicos de segunda o tercera generación -Abedi es hijo de refugiados libios-, generalmente residentes en Birmingham o, como en este caso, el área de Mánchester. Estas son zonas con un alto porcentaje de población musulmana mal asimilada.

Desde los atentados del metro de Londres del 2005 -sus autores eran de Leeds, también cerca de allí- se han hecho muchos esfuerzos para mejorar las cosas, con resultados ambivalentes. Por una parte, muchas organizaciones comunitarias musulmanas se han comprometido en la lucha contra la radicalización. Por otra parte, parece que ese mismo auge del comunitarismo favorece a la larga la radicalización que se quiere evitar, al reforzar la identidad etnorreligiosa frente a puramente civil. No hay soluciones milagrosas.

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