Sessions niega cualquier relación con el Rusiagate: «Es una mentira atroz»

Admite que Comey le informó de las presiones de Trump y justifica su despido


NUEVA YORK / CORRESPONSAL

Ayer fue el momento del fiscal general de EE.UU., uno de los colaboradores más cercanos al presidente y también miembro de la rama ultraderechista de su gabinete. Jeff Sessions se convirtió en el funcionario de más alto rango dentro del Gobierno de Donald Trump en sentarse delante de los 15 miembros del Comité de Inteligencia del Senado, para responder sobre su papel en la gran tormenta rusa.

Sobre la mesa, sus dos reuniones con el hombre del Kremlin en Washington, Sergei Kislyak. Encuentros de los que el fiscal general no informó inicialmente y por los que se vio obligado a inhibirse de las pesquisas rusas. Ayer, tras las informaciones surgidas sobre más reuniones con el funcionariado ruso, Sessions arrancó enfadado su declaración: «La sugerencia de que pude conspirar con los rusos en cualquier tipo de injerencia es una mentira atroz y detestable», dijo sin negar un tercer encuentro con Kislyak en un hotel, aunque en el marco de una recepción y sin saber quién iba asistir. «Nunca me he reunido con ningún funcionario de ningún Gobierno extranjero para influir en las elecciones de EE.UU.», zanjó.

Sessions se enfrentó a los duros cuestionamientos de sus antiguos colegas, ante quienes hizo equilibrios de difícil justificación. Ocurrió, por ejemplo, cuando tuvo que defender su independencia sin perjudicar al presidente. En referencia a la explosiva comparecencia del ex director del FBI James Comey, Sessions aseguró que «no es inapropiado» que el presidente hable con el director del FBI, sin embargo, reconoció que estas reuniones pudieron entrar en territorio gris porque lo problemático es cuando se tratan investigaciones en curso. «Le respaldé en sus preocupaciones», dijo Sessions tras confirmar que Comey le habló de las presiones de Trump.

Sessions intentó echar un capote al republicano asegurando que no revelaría el contenido de sus conversación con el neoyorquino y así intentar no secundar del todo las afirmaciones de Comey, pero su estrategia se encontró con el muro demócrata: «Su silencio dice mucho. Está usted bloqueando la investigación de este Comité», cargó firmemente el senador Martin Heinrich ante un visiblemente molesto Jeff Sessions, que una y otra vez abogó por el «derecho constitucional del presidente» a preservar la información.

Otro punto clave fue su papel en el despido de Comey, a pesar de haberse inhibido de las investigaciones rusas. Sessions defendió su recomendación por la falta de disciplina de Comey en la gestión del caso de los correos de Clinton y porque «había demasiadas filtraciones». Filtraciones que desde el principio han protagonizado las investigaciones en torno a una injerencia de la que el FBI y de las que el espionaje de EE.UU. no tienen dudas. Incluso creen que los ciberataques fueron muchos más de los que han trascendido. Bloomberg aseguró que la ofensiva contra el sistema electoral fue tan grave que permitió a los hackers rusos acceder a los sistemas de 39 estados. La intrusión abarcó sistemas de software y bases de datos de votantes que los piratas informáticos intentaron borrar.

Lo ocurrido representa un peligro para futuras elecciones ya que, como advirtió Comey, la semana pasada al Comité de Inteligencia del Senado, «los rusos vienen tras EE.UU. y regresarán».

La Casa Blanca da los primeros pasos para revertir el deshielo con Cuba iniciado por Obama

A tres días de que Donald Trump desvele de forma oficial sus planes con Cuba, el secretario de Estado, Rex Tillerson, dio ayer algunas pistas sobre el camino que podría tomar la nueva Administración. Según Tillerson, «Cuba debe empezar a abordar los desafíos en derechos humanos», si quiere que Estados Unidos continúe el deshielo en sus relaciones. Sin embargo, las palabras del secretario de Estado y las informaciones deslizadas desde dentro de su cartera apuntan a que la nueva política podría pasar por un endurecimiento de las normas sobre viajes y comercio que fueron modificadas por su predecesor, Barack Obama, en julio del 2015.

Ante el Senado, el propio Tillerson definió como «preocupantes» algunos elementos puestos en marcha con la política de apertura de Obama y considera que está «involuntariamente proporcionando apoyo financiero al régimen», algo a lo que Trump querría ponerle freno y que el Partido Demócrata trata de evitar por todos los medios. Así, en una carta enviada al secretario de Estado, un grupo de catorce senadores demócratas instó a la Administración Trump a mantener y expandir el acercamiento económico y político hacia la isla. Los legisladores pusieron como ejemplo los negocios conseguidos por las compañías aéreas y hoteleras estadounidenses, recordando además cómo la política de acercamiento ha sido buena para la seguridad nacional. Los senadores destacaron también las oportunidades que tendrían los agricultores de EE.UU. si se ampliaran las posibilidades de exportar productos a la isla. 

A la carga

A la espera de confirmar un posible viraje en las políticas implementadas por Obama, Trump reaccionó ayer al nuevo revés judicial que sufrió una de las piedras angulares de su política exterior. «Como era de esperar el tribunal lo ha vuelto a hacer. Se ha opuesto a la prohibición en un momento tan peligroso de la historia de nuestro país», dijo el mandatario en las redes sociales acusando a los jueces de no prestar atención al contexto.

Es la tercera vez que un tribunal decide mantener el bloqueo al veto antiinmigrante porque considera que «carga en forma desproporcionada contra los estadounidenses musulmanes y denigra el Islam», además de erosionar la libertad religiosa defendida en la primera enmienda de la Constitución de EE.UU.

Los republicanos piden «dejar trabajar tranquilo» a Mueller

Son muchas las similitudes que se han establecido entre el Watergate y el Rusiagate que golpea a Trump. De hecho, esas semejanzas han provocado que el nombre otorgado a la trama rusa beba del escándalo que acabó con la presidencia de Nixon.

Ayer se sumó un nuevo episodio a la lista de parecidos razonables, rememorando una vez más a cuando Nixon cesó al fiscal especial, Archibald Cox, en lo que pasó a la historia como «la masacre del sábado noche». Como ya ocurrió tras la destitución fulminante del exdirector del FBI James Comey, los medios estadounidenses han vuelto a referirse a aquel 20 de octubre de 1973 tras saberse que Donald Trump estaría considerando despedir al fiscal especial del Rusiagate, Robert Mueller. «Creo que está sopesando esa opción», reveló Chris Ruddy, amigo y confidente del presidente. Las palabras de Ruddy tuvieron una respuesta inmediata desde la Casa Blanca donde, al unísono, el equipo de comunicación trató de apagar lo que ya era un incendio: «Ruddy habla por sí mismo, nunca habló con el presidente sobre este tema», dijeron.

Ante esta posibilidad, la alarma se instaló en las filas republicanas. Voces tan importantes como la del presidente de la Cámara de Representantes, Paul Ryan, pidieron al presidente que dejase a Mueller «hacer su trabajo de forma independiente y tranquila». De consumarse el cese del reputado investigador, la potestad recaería sobre el fiscal general adjunto, Rod Rosenstein, quien ayer confesó no ver «ninguna razón» para despedir a Mueller.

Otros, como Newt Gingrich, se mostraron a favor de un hipotético cese porque su figura es «muy peligrosa». «Los republicanos están delirando si creen que el fiscal especial va a ser neutral», aseveró sin filtros el ex presidente de la Cámara de Representantes. Y es que Gingrich recordó que parte del equipo de Mueller es donante del Partido Demócrata y cuenta con exempleados de la Fundación Clinton.

Entre los aliados del presidente tampoco ha pasado desapercibida la amistad entre Mueller y Comey y cómo esta podría sacudir como nunca, los cimientos de la Casa Blanca.

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