Aprobadas las restricciones de fondos a las «ciudades santuario» de EE. UU.

También se da el visto bueno a endurecer las penas a los ilegales reincidentes


Nueva York / corresponsal

La Cámara de Representantes de EE.UU. aprobó anoche dos proyectos de ley destinados a endurecer las medidas contra los inmigrantes indocumentados, una pequeña victoria para el presidente Donald Trump, quien había prometido tomar estas acciones durante su campaña, a falta de que sean aprobadas por el Senado.

El primero de los textos, aprobado por 228 votos a favor y 195 en contra, recortaría algunos fondos federales para las llamadas ciudades santuario, aquellas localidades que limitan la cooperación con las autoridades de inmigración para el arresto y la deportación de inmigrantes indocumentados. Esta medida trata de castigar a estas ciudades que se niegan a colaborar con las autoridades federales, cortándoles el grifo de la financiación federal.

La otra iniciativa legislativa, aprobada por 257 a favor y 167 en contra, impondría penas más duras a los criminales que han entrado ilegalmente en Estados Unidos en varias ocasiones. Así, la mayoría republicana daba de madrugada el visto bueno a la ley Kate (bautizada así por Kate Steinle, joven asesinada por un inmigrante indocumentado que había sido deportado cinco veces y tenía siete condenas por delitos graves) que amplía los poderes del Ejecutivo federal para enjuiciar y encarcelar a los simpapeles que regresan a EE.UU., tras haber sido deportados.

Aunque los dos proyectos de ley aún deben ser sometidos al voto del Senado, el presidente Donald Trump saludó en una nota oficial su aprobación en la Cámara baja del Congreso. «Aplaudo la aprobación de dos medidas cruciales para proteger a los estadounidenses», apuntó el mandatario, quien pidió a los senadores «que aprueben estas leyes y las manden a mi oficina» para ser promulgadas.

Además, a las ocho de la tarde local entraron en vigor las restricciones de entrada al país de ciudadanos de seis países de mayoría musulmana: Siria, Libia, Irán, Sudán, Somalia y Yemen. Durante los próximos 90 días, todos ellos deberán demostrar una relación «de buena fe» con personas o entidades estadounidenses si quieren entrar en el país, o lo que es lo mismo, justificar que tienen familia, van a cursar estudios o tienen planes de trabajo.

Las indicaciones fueron dadas pocas horas antes de la aplicación del veto migratorio. El Departamento de Estado ofreció a toda la red diplomática las instrucciones pertinentes sobre lo que considera «familia cercana». Esta abarca a padres (también adoptivos), esposos, hijos, yernos, nueras y hermanos. Quedan excluidos abuelos, cuñados, nietos, tíos, sobrinos, primos y novios.

El veto se puso en marcha tres días después de que el Supremo autorizara parcialmente la polémica prohibición de Donald Trump -que incluye también cerrar la puerta a refugiados durante 120 días-, que previamente habían bloqueado varios jueces.

Rex Tillerson estalla contra la Casa Blanca

La frustración del secretario de Estado de EE.UU. ha alcanzado su culmen. Después de meses relegado a un segundo plano en gestiones internacionales que debería haber liderado, Rex Tillerson desató su ira sobre el jefe de Gabinete de la Casa Blanca, Reince Priebus; la mano derecha y yerno de Trump, Jared Kushner, y el responsable de contratación de la nueva Administración, Johnny DeStefano. Según la web Politico, fue DeStefano el destinatario principal de sus quejas, principalmente por torpedear sus candidatos a cargos de alto rango en el Departamento de Estado. Acostumbrado a tener la última palabra en todo lo que concierne a sus trabajadores, el exconsejero delegado de Exxon Mobil se negó a aceptar órdenes de «asesores políticos más jóvenes y menos experimentados que él». Dejó claro que no quería que la oficina de DeStefano tuviera papel alguno en la elección de su personal.

Además, se quejó de que desde la Casa Blanca se estaba filtrando a los medios información perjudicial sobre él. El episodio sorprendió a los presentes no solo por el contenido, sino también por las formas. Al parecer, protestó «elevando el tono de voz» y molestando a los asistentes a la reunión. El encuentro fue tan explosivo que Kushner se quejó a la jefa del Gabinete de Tillerson, Margaret Peterlin, de que la cólera del secretario de Estado era poco profesional y estaba fuera de lugar. Días más tarde de la bronca, el portavoz del departamento, R. C. Hammond, trató de quitarle importancia. «Los colegas pueden mantener un intercambio de opiniones», dijo.

La frustración de Tillerson con la intromisión de la Casa Blanca comenzó muy pronto y ha sido un problema persistente. «Entró con una actitud muy negativa», confesó un exfuncionario, que comentó que ya durante el período de transición, el exejecutivo petrolero se opuso a un candidato simplemente por haber sido propuesto por el equipo de Trump.

Las disputas entre la Casa Blanca y un secretario de Estado no son inusuales. Hillary Clinton se quedó con las ganas de contratar a su amiga Sidney Blumenthal, ante la negativa de la Administración Obama.

«Las tensiones son comunes. Lo que es anormal es que estos problemas no se resuelvan más rápido», advirtió Matthew Waxman, un alto funcionario del Departamento de Estado bajo la Administración Bush.

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