Militares y policías patrullan la ciudad para evitar atentados yihadistas
03 jul 2017 . Actualizado a las 07:12 h.Patrullas militares armadas hasta los dientes con rifles de asalto y de francotirador. Policías con chalecos antibalas. Barreras para evitar el paso de camiones bomba. No es el extrarradio de Beirut o de Bagdad. Es el centro de Bruselas, y ese es el panorama general día tras día, con la excepción de la Grand Place. Un panorama que no se da en otras ciudades belgas.
Que Bélgica se iba a convertir en uno de los viveros del yihadismo en Europa lo advertía este periódico el último día del año 1995 en una crónica enviada por Manuel Marlasca, entonces corresponsal en París, que se completaba con un segundo paquete en el cual se advertía del tráfico de armas procedentes de grupos islamistas (antigua Yugoslavia, Argelia…) que se usaban en atracos. A su vez, estos servían para financiar las trágicas andanzas de los fundamentalistas.
La muda advertencia empieza ahora en el aeropuerto de Bruselas, donde la policía con chalecos antibalas patrulla por parejas y, casualidad o no, con las manos suavemente apoyadas sobre las culatas de las pistolas. Pero el cambio total de paisaje se produce al llegar al centro y enfilar el muy ancho Boulevard Maurice Lemonnier. Abundan los establecimientos musulmanes y muchos están rotulados solo en su idioma. Largas filas de refugiados de países árabes y de Oriente Medio toman café o té en las terrazas, todos hombres.
«No hay peligro alguno, es gente pacífica», dice un camarero del café Gran Place llegado de Melilla hace pocos años. Pero no comparten esa opinión las personas que recorren las calles comerciales rue des Fripiers, rue de Tabora y rue du Midi, paralelas a la anterior y bloqueadas con enormes jardineras con el fin de evitar un posible ataque de terroristas suicidas con camiones. «Lo que sucede -dice Joana, portuguesa que lleva dos decenios trabajando en la limpieza- es que los propios musulmanes que no quieren problemas se han ido a otros barrios, no quieren estar aquí y que les confundan con estos, que viven de los subsidios y sin trabajar».
Mientras una patrulla militar (siempre son cuatro) toma posiciones a la entrada de un centro comercial, un vistazo alrededor permite contar siete mendigos, que se suman a la docena larga encontrada en el recorrido. Luc J., un hombre vinculado al turismo receptivo desde hace decenios, explica que al Pequeño Cuartel (un gran edificio) van a parar todos los refugiados que solicitan permiso de residencia, y ahí están mientras no se resuelve su situación.
El problema de la mendicidad
«El problema radica en que solo pueden estar por la noche -explica-. Por el día tienen que irse, y de ahí la mendicidad». «Y lo peor es que se agrupan a lo largo de la calle y vienen docenas de furgonetas a contratarlos en negro. Los llevan por la mañana y los vuelven a traer al atardecer, sin seguro ni nada», añade. Y en efecto, las furgonetas aparecen a buen ritmo, mientras los refugiados miran con miedo y hostilidad a cualquier visitante.
A preguntas de este periódico, la embajadora de España en Bélgica, Cecilia Yuste Rojas, no cree que la situación esté fuera de control: «Es lo mismo en Madrid, de donde acabo de llegar. Y se están haciendo grandes esfuerzos para canalizar este flujo, pero no veo que sea una amenaza».
Los tiempos han cambiado. En 1984, La Voz denunciaba que los problemas idiomáticos hacían que fuesen necesarias dos semanas para leer un fax en un país con dos idiomas muy distintos, y ello daba un gran margen de tiempo a los violentos. Hoy la inmediatez del correo electrónico permite a los yihadistas moverse rápidamente y actuar antes de ser localizados. En Bruselas se entiende eso mucho mejor.