Cisma también en la cultura catalana

G. N. REDACCIÓN / LA VOZ

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Mario Guzmán

La crispación ha afectado a artistas e intelectuales; los contrarios al 1-O se han acostumbrado al insulto de fascista

03 oct 2017 . Actualizado a las 07:16 h.

Serrat y Llach. Son dos iconos de la lucha por las libertades -y la defensa de la lengua catalana- durante los últimos años del franquismo, y hoy representan a la perfección la dramática polarización que el desafío soberanista ha llevado a la sociedad de Cataluña. Precisamente, Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943) advertía hace unos días de que el referendo del 1-O dejaba fuera a la mitad del Parlament y, por tanto, ni era transparente ni podía representar a nadie. Lamentaba su tramitación exprés y que su elaboración se hubiese hurtado al debate político. «Independencia es una palabra hermosa que inflama el corazón de los jóvenes y que moviliza a la gentes», admitía Serrat, pero el modo en que se margina a quien no piensa como los partidos que han planteado el desafío al Estado, deplora, deja a Cataluña sumida en «una situación de una gran fractura social» y nadie ha explicado cuáles serán las verdaderas consecuencias de la ruptura. Tampoco se ahorró críticas a un Gobierno central cuya gestión del conflicto resumía con un «ha ido dejando que se pudriesen las cosas». Para Lluís Llach (Gerona, 1948), en cambio, la ecuación es muy sencilla, desde su puesto de diputado de Junts pel Sí, simplemente, avisó de que se sancionará a los funcionarios que desoigan la ley de desconexión: «No digo que sea fácil, al revés, muchos de ellos sufrirán».

Ninguna reflexión añadida le merece la otra mitad de Cataluña. A los que dicen que no hay democracia en España les parece natural que llamen fascista a Serrat solo por su escepticismo con el procés. Las acusaciones no son nuevas, las han padecido catalanes como Isabel Coixet, Manolo García, Albert Boadella o Juan Marsé. La cineasta Coixet (aboga por la convivencia y sostiene que esta tensión es algo conscientemente alentado, ficticio) se ha visto obligada a aclarar a la prensa británica que no es fascista y que únicamente discute la validez del referendo para testar la voluntad de un pueblo, para conocer lo que pasa en un país. Y el ejemplo del brexit, dice, le da la razón. El autor de Últimas tardes con Teresa vio cómo sus novelas aparecieron en la biblioteca de Cambrils rotuladas con insultos como «botifler» (traidor) o «renegado». Y ya se sabe a qué precede el ataque, la censura o la quema de libros.

La polarización ha llegado también a la literatura, aunque reacciones extremistas como los ataques a Serrat provocan que intelectuales y artistas teman hablar sobre su posición. Ha habido la excepción en cuanto a franqueza en los dos manifiestos que se presentaron hace apenas diez días. Más de seiscientos escritores, con nombres tan señalados como Quim Monzó, Jaume Cabré, Albert Sánchez Piñol o Francesc Serés, se pronunciaron a favor del 1-O y tildaban la actitud del Estado de «hiperbólica, ensimismada, de un hiperlegalismo histriónico, de un supremacismo apolillado».