Cisma también en la cultura catalana

La crispación ha afectado a artistas e intelectuales; los contrarios al 1-O se han acostumbrado al insulto de fascista


Redacción / La Voz

Serrat y Llach. Son dos iconos de la lucha por las libertades -y la defensa de la lengua catalana- durante los últimos años del franquismo, y hoy representan a la perfección la dramática polarización que el desafío soberanista ha llevado a la sociedad de Cataluña. Precisamente, Joan Manuel Serrat (Barcelona, 1943) advertía hace unos días de que el referendo del 1-O dejaba fuera a la mitad del Parlament y, por tanto, ni era transparente ni podía representar a nadie. Lamentaba su tramitación exprés y que su elaboración se hubiese hurtado al debate político. «Independencia es una palabra hermosa que inflama el corazón de los jóvenes y que moviliza a la gentes», admitía Serrat, pero el modo en que se margina a quien no piensa como los partidos que han planteado el desafío al Estado, deplora, deja a Cataluña sumida en «una situación de una gran fractura social» y nadie ha explicado cuáles serán las verdaderas consecuencias de la ruptura. Tampoco se ahorró críticas a un Gobierno central cuya gestión del conflicto resumía con un «ha ido dejando que se pudriesen las cosas». Para Lluís Llach (Gerona, 1948), en cambio, la ecuación es muy sencilla, desde su puesto de diputado de Junts pel Sí, simplemente, avisó de que se sancionará a los funcionarios que desoigan la ley de desconexión: «No digo que sea fácil, al revés, muchos de ellos sufrirán».

Ninguna reflexión añadida le merece la otra mitad de Cataluña. A los que dicen que no hay democracia en España les parece natural que llamen fascista a Serrat solo por su escepticismo con el procés. Las acusaciones no son nuevas, las han padecido catalanes como Isabel Coixet, Manolo García, Albert Boadella o Juan Marsé. La cineasta Coixet (aboga por la convivencia y sostiene que esta tensión es algo conscientemente alentado, ficticio) se ha visto obligada a aclarar a la prensa británica que no es fascista y que únicamente discute la validez del referendo para testar la voluntad de un pueblo, para conocer lo que pasa en un país. Y el ejemplo del brexit, dice, le da la razón. El autor de Últimas tardes con Teresa vio cómo sus novelas aparecieron en la biblioteca de Cambrils rotuladas con insultos como «botifler» (traidor) o «renegado». Y ya se sabe a qué precede el ataque, la censura o la quema de libros.

La polarización ha llegado también a la literatura, aunque reacciones extremistas como los ataques a Serrat provocan que intelectuales y artistas teman hablar sobre su posición. Ha habido la excepción en cuanto a franqueza en los dos manifiestos que se presentaron hace apenas diez días. Más de seiscientos escritores, con nombres tan señalados como Quim Monzó, Jaume Cabré, Albert Sánchez Piñol o Francesc Serés, se pronunciaron a favor del 1-O y tildaban la actitud del Estado de «hiperbólica, ensimismada, de un hiperlegalismo histriónico, de un supremacismo apolillado». 

Estafa democrática

Frente a ellos, más de trescientos intelectuales y artistas suscribían otro texto que reprobaba el referendo como «estafa democrática» que busca no que el pueblo decida libre y conscientemente sino «una declaración unilateral de independencia». Entre los firmantes, Coixet, Mónica Randall, Julieta Serrano, Ignacio Martínez de Pisón, Victoria Camps, Mariscal, Nazario, Félix Ovejero, José Luis Guerín o el propio Marsé.

Hay quienes sí entienden el referendo pero rechazan el separatismo. Ahí se sitúan Estopa, Pau Donés (Jarabe de Palo) o el cantante Sergio Dalma. Pero, «para afrontar cualquier votación, hay que estar dispuesto a aceptar lo contrario de lo que se piensa. Tolerancia al poder», zanjaban David y José Muñoz, de Estopa. Más tajante es Loquillo, que asegura que nunca respaldará la independencia y que él pertenece a una tercera vía: «La Catalunya del sentido común». En el lado opuesto, el violagambista Jordi Savall, el tenor Josep Carreras, el actor Juanjo Puigcorbé o el cantante Dyango. Otros como Raimon o Montserrat Caballé no comulgan con el secesionismo.

Tampoco el actor Lluís Homar, que quiere creer que la quiebra no es la solución y que esta ha de pasar por el diálogo y por «hallar una fórmula que satisfaga a las dos partes». En una línea similar se expresó Manolo García (exlíder de El Último de la Fila), que, tras criticar que haya políticos más interesados en incrementar la crispación en pos del rédito electoral, invita a abandonar el insulto, la violencia y la intimidación y regresar a la auténtica política.

Abandonar el miedo

Después de anotar que se siente tanto español como catalán, el presentador televisivo Xavier Sardá insta precisamente a la gente a que pierda el miedo y hable públicamente de esta doble condición.

El escritor Víctor del Árbol se mostraba muy preocupado por esta fractura social y confiaba en que «tras la tormenta habrá que sentarse y ponerse a hablar». Muy duro se manifestó Eduardo Mendoza con el procés, que da por descarrilado. Decía el premio cervantes que el nacionalismo es cosa anacrónica: «Tuvo su momento y pasó. Ahora es un conjuro que permite al que lo usa creer que representa los intereses de la comunidad y descalificar al que no comparte su postura».

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