«Sputnik», el satélite que nos llevó a la Luna

Muchos avances han surgido mientras alguien intentaba descifrar cuestiones básicas

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John Glenn, el americano que conquistó el Espacio La aventura espacial de John Glenn en febrero de 1962 fue la respuesta de la Nasa al viaje de Yuri Gagarin unos meses antes. En 1998 regresó al Espacio para estudiar los efectos de la ingravidez sobre las personas mayores.

Redacción / La Voz

El motor de la ciencia es la curiosidad. Muchos avances han surgido mientras alguien intentaba descifrar cuestiones básicas. Hace un siglo, un joven físico llamado Albert Einstein se preguntó a sí mismo qué pasaría si pudiese viajar sobre un rayo de luz. Ese experimento mental le permitió desarrollar la Teoría de la Relatividad.

Lamentablemente, las guerras también han sido y siguen siendo muy productivas en el aspecto científico y tecnológico. Seguramente el ser humano nunca hubiese pisado la Luna si no fuese por el duelo que mantuvieron durante décadas Estados Unidos y la Unión Soviética. En los años de la Guerra Fría el pulso abarcaba todos los ámbitos; militar, político y económico. La tensión no tardaría en trasladarse al espacio. La primera victoria se decantó del lado de los soviéticos. El mundo enmudeció en octubre de 1957 cuando el satélite artificial Sputnik entró en órbita. Una esfera de 50 centímetros de diámetro que podía dar la vuelta a la Tierra en 96 minutos. En aquel clima prebélico Estados Unidos entró en pánico e interpretó el lanzamiento como una seria amenaza para su seguridad. Solo un mes después, la perra Laika se convirtió en el primer ser vivo en abandonar el planeta a bordo del Sputnik 2.

En 1958 el Gobierno americano aprobó la creación de una agencia espacial (NASA) para dar respuesta al desafío. Pero los soviéticos no tardarían en dar el golpe definitivo. En abril de 1961 Yuri Gagarin realizó el primer vuelo orbital tripulado a los mandos de la nave Vostok 1. La carrera espacial parecía tener un claro vencedor pero en septiembre de 1962 el presidente John Kennedy pronunció aquel famoso discurso: «Elegimos ir a la Luna. No porque sea fácil sino porque es difícil» sentenció. Lo que vino después es una demostración de lo que puede hacer la ciencia cuando dispone de recursos. En 1962 el proyecto Mercury dio el pistoletazo de salida, permitiendo a John Glenn convertirse en héroe nacional tras completar un viaje alrededor del planeta y regresar sano y salvo. El siguiente programa, el Gemini, que estuvo en funcionamiento hasta 1966, sirvió para perfeccionar la tecnología y ampliar las dimensiones de las naves. En diciembre de 1968 la octava misión del nuevo programa Apolo consiguió llegar más lejos que nadie, la órbita de la Luna. Las dos siguientes misiones regresaron al satélite para probar las maniobras de aterrizaje y en noviembre de 1969 Neil Armstrong abrió la puerta del Apolo 11 para dar ese pequeño paso para el hombre y un gran salto para la humanidad.

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