«La socialdemocracia pudo ser progresista hace cincuenta años, pero hoy no lo es»

El economista, padre del término «precariado», expone su opinión de que el capitalismo es un sistema intrínsecamente corrupto

Guy Standing
Guy Standing

Gijón

Guy Standing (cuyo nombre significa, literalmente, «un tío de pie») es uno de esos intelectuales que dan nombre a una época. Él es el padre del término precariado. Lo acuñó en un ensayo titulado así: El precariado, una nueva clase social, y cuatro años después no ha dejado de utilizarlo para referirse a ese heterogéneo conjunto de jóvenes educados a los que se dijo que si estudiaban tendrían futuro, pero estudiaron y no ven ese futuro por ninguna parte. Standing está de visita en Asturias, adonde ha venido a hablar sobre renta básica, y en esta breve entrevista entre charla y charla expone su opinión de que el capitalismo es un sistema intrínsecamente corrupto, que la socialdemocracia no es la respuesta adecuada y que el auge de la ultraderecha sólo debe preocupar en la medida en la que los precarios no se levanten y se organicen en busca de una nueva utopía progresista.

-En su último libro, La corrupción del capitalismo, usted dice que vivimos en un sistema que se autocelebra como de libre mercado y meritocrático pero arroja al precariado a sus mentes más brillantes y encumbra a mediocres.

-No vivimos en un sistema económico de libre mercado; ésa es una gran mentira. De hecho, vivimos en un sistema dominado por las finanzas internacionales y por un régimen de derechos de propiedad intelectual. No es muy difícil demostrar que eso es lo contrario de un sistema de libre mercado. Y tampoco será demasiado sorprendente que digamos que eso tampoco es una meritocracia. La vía principal de adquisición de una riqueza fabulosa que existe hoy es nacer en tal riqueza fabulosa, como fue el caso de Donald Trump, cuyo padre era extremadamente rico, o de los Rockefeller, o beneficiarse de patentes de propiedad intelectual. Vivimos en un sistema en el que cada vez más renta va a parar a manos de rentistas, lo cual deja cada vez menos a la gente que trabaja. Lo que yo digo también en el libro es que ese sistema ha colapsado. No vamos a ver un crecimiento de los salarios medios reales en España, en Gran Bretaña, en los Estados Unidos, etcétera, durante los próximos veinte años, y en esas circunstancias hay que decir a los políticos: «O permitís que cada vez haya más desigualdad o cambiáis el sistema».

-La socialdemocracia, dice usted, se está ha revelado insuficiente para resolver estos retos. ¿Por qué?

-Los socialdemócratas, los socialistas y los comunistas son trabajistas: tienen un modelo que se basa en que todo el mundo tenga un trabajo, y éste es un sistema que no permite que todo el mundo tenga un trabajo. La vieja respuesta socialdemócrata pudo ser progresista hace cien años, o cincuenta, pero hoy no lo es.

-Vías que en principio ofrecían una alternativa a la vieja socialdemocracia, como Syriza, han fracasado. ¿Cuál debe ser entonces la necesaria alternativa de izquierdas al neoliberalismo?

-Tsipras y Syriza cometieron el error fatal de no decir que la deuda que afronta Grecia es deuda odiosa, ilegítima. La deuda griega fue generada por Alemania y Francia cuando utilizaron al gobierno y a los plutócratas griegos para comprar armamento. Sabían que no podían pagar. Lo sabía Goldman Sachs, que les advirtió de que no podrían pagar. Tsipras debería haber dicho: «No vamos a pagar esta deuda. No vamos a pagarla y, si es necesario, saldremos del euro y construiremos un nuevo sistema económico en Grecia». Si hubieran hecho eso, habrían adquirido el control de su propio destino. En lugar de eso, lo que hicieron fue venderse al Bundesbank. Y eso no es una respuesta.

-¿Cómo ve la situación española?

La situación española es que España es parte del sistema global del capitalismo rentista. Yo, en La corrupción del capitalismo, explico que países como España están preocupados con la corrupción de tipo individual, la de la famosa casta [lo dice en español], pero que la corrupción verdaderamente importante es la mera existencia de los rentistas. En la medida en que cada vez más renta vaya a parar a los financieros, a los bancos, a los poseedores de derechos de propiedad, etcétera, esa corrupción no hará sino aumentar. Y yo no creo que el gobierno español tenga en su agenda el propósito de responder a eso. Cuestiones como la renta básica o la modificación del sistema de distribución de renta no están en sus planes: sólo lo están la austeridad y la flexibilidad laboral, lo cual significa un precariado más grande, salarios más bajos y más precarios cayendo en el pozo de la deuda. Dicen que hay crecimiento, que el desempleo está cayendo un poquito… Pero lo que hay detrás de eso es más precariedad y gente que se va del país o que sale de la población activa. En Asturias lo sabéis bien. Y eso a largo plazo es insostenible salvo que se ponga en marcha un Estado policial en la próxima fase, porque si se da lugar a una situación en la que el precariado sea el treinta o cuarenta por ciento de la población española y las condiciones de vida bajen, pero a la vez los precarios vean claro que los bancos y las empresas aumentan sus beneficios, esos precarios van a enfadarse mucho, algo de lo que la explosiva situación de Cataluña ya es un primer síntoma, igual que lo es en el Reino Unido el nacionalismo escocés. Si tú creas un centro financiero en Londres que absorbe las rentas y hace que el precariado crezca, no te sorprendas de que los escoceses digan prrrtz [hace una pedorreta]. Yo, en mi libro, también hablo de la política del Infierno, en referencia al Infierno de Dante, y que Rajoy salga a decir que van a suprimir el descontento da pie a pensar que la siguiente fase va a caminar en esa dirección. En mi opinión, los españoles necesitáis una nueva política, y yo espero que Podemos y otros movimientos puedan proporcionarla. Hay razones para ser optimistas en ese sentido, pero todo el mundo debe participar. Los precarios tienen que dar un paso al frente y unirse en busca de una política progresista que fuerce a la casta a cambiar. Si no lo hacen, los privilegios de la casta no correrán ningún peligro. España está ahora mismo en un punto crítico. Los españoles necesitan una nueva política progresista y yo creo que los jóvenes líderes de Podemos deberían aparcar sus diferencias en favor del precariado. Sea como sea, soy optimista.

-El peligro de que el precariado se eche en brazos de una ultraderecha en auge, ¿es real? ¿Hasta qué punto debe preocuparnos?

-Yo, en mi libro, explico que el precariado se divide en tres grupos. Todos experimentan cosas similares pero las experimentan desde una perspectiva diferente. El primer grupo es el que yo denomino atavistas: personas de comunidades proletarias que no tienen mucha educación pero perciben que sus padres, sus padres hombres en particular, tenían cierto orgullo, cierto estatus, cierto sentido de pertenencia a la comunidad; y creen que la solución a sus problemas pasa por recrear el pasado. Ése es el grupo más propenso a apoyar a populistas neofascistas como Marine Le Pen o Donald Trump: Make America great again; o en Gran Bretaña al Brexit. El segundo grupo es el que yo llamo nostálgicos: lo forman los inmigrantes, las minorías, los romaníes, los discapacitados, etcétera. Si el primer grupo siente que perdió el pasado, éste siente que no tiene presente. Y no vota a los fascistas, pero porque no vota a nadie en absoluto. Sienten que no pertenecen a la sociedad, que en cierta medida no existen, lo cual es terrible. Que en cualquier sociedad haya millones de personas sintiéndose así es terrible. En cuanto al tercer grupo, es el formado por gente educada cuyos padres y profesores les decían: «Vete a la Universidad, porque si vas a la Universidad tendrás futuro», pero fueron a la Universidad y el futuro no aparece. Ese grupo está creciendo y es aquél que, si se moviliza y se convierte en políticamente activo, nutriendo movimientos como Podemos, podrá llevarnos hacia un nuevo paraíso político. Yo creo que debemos ser optimistas.

Valora este artículo

10 votos
Comentarios

«La socialdemocracia pudo ser progresista hace cincuenta años, pero hoy no lo es»