Macri logra el pasaporte para su reelección

La contundente victoria de su partido en las elecciones regionales a congresistas y senadores afianza el liderazgo del presidente, que abre la puerta a negociar el futuro con la oposición


Buenos Aires / E. La Voz

El mapa argentino se tiñó de amarillo. El color de Cambiemos, la coalición que sustenta el Gobierno de Mauricio Macri, pintó los principales distritos del país con unos resultados que superaron las expectativas de las encuestas y dan al oficialismo una victoria histórica que lo acerca al escenario de la reelección en las presidenciales de 2019, aunque celebró el éxito con la mano tendida para abrir un diálogo directo con los opositores.

La caída del kirchnerismo y la debilidad de un peronismo que se presentó fragmentado fueron claves para este proceso que consolida a un Ejecutivo que promete cambios profundos. «No es un cheque en blanco», insistieron el presidente y la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal -artífice de la victoria en la madre de todas las batallas contra Cristina Fernández en el distrito clave del territorio-, conscientes de que deberán negociar para implementar las reformas porque los 107 de los 257 escaños de la Cámara de Diputados y las 24 de las 72 actas en el Senado aún están lejos de la mayoría propia.

Cambiemos cosechó 10.161.053 votos en todo el país, un 41,76 %, mientras que el kirchnerismo obtuvo un 21,83 % y el peronismo, en sus distintos frentes un 14,65 %. Macri ganó en los cinco principales distritos del país. En la ciudad de Buenos Aires marcó el récord del 50,93 % de la mano de su principal socia Elisa Lilita Carrió. En la provincia de Buenos Aires, alma política del país, se alzó con un 41,38 %, frente al 37,25 % de Cristina Fernández. Una superioridad ajustada en lo numérico pero enorme en lo simbólico. La expresidenta perdió frente al macrismo pero sumó votos, consiguió el acta de senadora por la minoría y se aferró a la lucha para liderar la oposición. «Unidad Ciudadana es la única de las fuerzas opositoras que resistió el avance del oficialismo», declaró Cristina Kirchner en la noche electoral. «Aquí no se acaba nada. Hoy, aquí, comienza todo», dijo y lanzó el mensaje de que será la base de la «construcción de la alternativa al Gobierno».

Un balón al tejado del peronismo

Sergio Massa y Florencio Randazzo, exministros de su Gobierno y hasta hace meses líderes con opciones presidenciables, quedaron fuera de la carrera al Senado y acusan los efectos de una polarización que parece perpetuarse.

Las cifras del 78 % de participación, 5,5 puntos más que en las primarias de agosto, revelan una alta movilización popular, incluso en un contexto de voto obligatorio. La gente acudió a las urnas a decidir sobre un futuro que comenzó el viernes mismo. Ayer, las gasolinas subieron un 10 % y son la primera cuenta de un rosario de incrementos ya anunciados en las tarifas de servicios y transportes. En su primera comparecencia, Macri desplegó un discurso conciliador para ratificarse en la necesidad de aplicar las medidas necesarias para reducir la pobreza, reducir el déficit fiscal, bajar la inflación a un dígito y generar trabajo para poder crecer. «Argentina no debe tenerle miedo a las reformas», remarcó. Los mercados refrendaron la elección con una subida de la Bolsa de Buenos Aires, de los bonos en Wall Street y una baja del precio del dólar.

Cerco judicial a la corrupción

Mientras, el frente judicial avanza inexorablemente. El exministro de Planificación Federal de los Kirchner, Julio de Vido, pidió ayer licencia a su acta como diputado y renunció a la presidencia de la Comisión de Energía de la Cámara baja. Aunque mantiene, de momento, la protección de sus fueros, se agitaron los movimientos de su entorno para evitar su detención. Hoy se analizará el dictamen que llevaría mañana al Parlamento a retirarle el aforamiento. Ayer, el exsecretario legal de Cristina Fernández, Carlos Zanini declaró en sede judicial por supuesto encubrimiento de los terroristas iraníes que atentaron contra la mutua judía AMIA en 1994. Hoy será el turno del exsecretario Oscar Parrilli y el jueves será la propia Cristina Fernández la que se siente frente al juez Bonadío.

La deserción del peronismo clásico provoca la primera derrota de Cristina en tres décadas

Desde su asiento en el Senado pretende liderar la oposición al presidente y, sobre todo, apropiarse de los restos del dividido peronismo para intentar un segundo asalto

F. Espiñeira

Cristina Fernández de Kirchner no podía ocultar el viernes, 24 horas después de la derrota en las urnas, su frustración. Sabía desde hacía más de un mes que su sueño de derrotar a Mauricio Macri, aunque fuera a través de candidato interpuesto -el semidesconocido Esteban Bullrich- no era más que una utopía. Las encuestas la colocaban al menos tres puntos por detrás de su rival, pero, testaruda como casi siempre, pensaba en que su carisma sería suficiente para batir al presidente.

Presumía Cristina de llevar más de tres décadas invicta en las urnas. Y confiaba en la desafección de las clases medias y bajas ante la prometida recuperación económica del macrismo que no acababa de llegar. Se frotaba las manos con la polémica por la desaparición del activista mapuche Santiago Maldonado. Y más cuando su cadáver apareció en un río cuatro días antes de las elecciones, aunque finalmente no presentara evidencias de una muerte violenta y, mucho menos, de haber sido víctima de la represión policial.

Pero Fernández de Kirchner no estaba preparada para la traición de los suyos, para la deserción masiva de los principales cargos del peronismo que le habían jurado lealtad y apoyo en los últimos meses, pero que optaron por mantenerse bajo el paraguas del peronismo clásico para salvar sus propios asientos.

El escrutinio de las papeletas reveló una tras otra las traiciones de los intendentes. La cara de Cristina no dejaba lugar a dudas. Su apuesta de volver por la puerta grande a la política argentina se quedó a medias. Será senadora y se garantizará el aforamiento ante la cascada de casos de corrupción que se cierne sobre ella, pero no ha conseguido tumbar a Macri, su bestia negra.

Desde su asiento en el Senado pretende liderar la oposición al presidente y, sobre todo, apropiarse de los restos del dividido peronismo para intentar un segundo asalto. Parece difícil que pueda conseguirlo a corto plazo, pero Cristina Fernández no está dispuesta a retirarse en silencio de la vida pública.

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