La corrupción y el secesionismo sitúan a los herederos de CiU al borde de la desaparición

Mas y Puigdemont han hundido en poco tiempo un partido que gobernó 30 años en Cataluña


madrid / la voz

El rechazo de Carles Puigdemont a encabezar una candidatura con las siglas de su partido, el PDECat, culmina el progresivo descenso a los infiernos de lo que fue Convergencia Democrática de Cataluña (CDC), una fuerza que ha pasado en pocos años de ser el principal socio de CiU, partido que llegó a ser casi hegemónico en el nacionalismo catalán y que gobernó en solitario durante décadas en Cataluña, a ser el cuarto o quinto en los sondeos sobre el 21-D. La siglas que en época de Jordi Pujol los nacionalistas identificaban simplemente como «el partido» son hoy una marca absolutamente desprestigiada por los casos de corrupción y la deriva independentista emprendida por Artur Mas para ocultar su fracaso a la hora de negociar mejoras en el autogobierno catalán.

Cinco siglas en dos años

Ese proceso de autodestrucción de la marca CDC ha hecho desaparecer el nacionalismo moderado en Cataluña y ha llevado a este partido a presentarse en los dos últimos años hasta con cinco denominaciones distintas en sucesivos procesos electorales para esconder sus siglas. En el 2015 lo hizo en las elecciones catalanas en coalición con ERC bajo la marca Junts pel Sí. Solo tres meses después, concurrió a las generales del 2015 con el nombre de Democracia i Llibertat. En las nuevas generales del 2016 retomó el CDC, quedándose por primera vez sin grupo parlamentario propio en el Congreso. Tras ese rotundo fracaso, inició un proceso de refundación que concluyó con la creación de la actual marca, PDECat, ya con el marchamo independentista, con la que, sin embargo, tampoco se presenta a las elecciones del próximo 21 de diciembre, ya que Puigdemont, temiendo una debacle, ha repudiado a su propio partido y lo ha forzado a concurrir bajo la denominación Junts per Catalunya, con una lista en la que los dirigentes orgánicos del partido han sido laminados.

CDC nació en 1974 como una fuerza nacionalista vinculada a Jordi Pujol y formó con los democristianos de Unió Democràtica de Catalunya la federación Convergència i Unió (CiU). Con esa fuerza política, que nunca fue independentista, Pujol gobernó Cataluña de forma ininterrumpida durante 23 años con una política pragmática y moderada basada en apoyar alternativamente al PSOE o al PP en el Congreso a cambio de obtener cuotas de autogobierno para Cataluña.

La llegada de Artur Mas a la dirección de CDC marcó sin embargo el inicio del declive político del partido. Escándalos de corrupción como el latrocinio del clan Pujol, el caso Palau o el del 3%, que demostraban la enorme red clientelar y la presunta financiación irregular del partido, llevaron a Mas a tratar de romper con el pasado reciente emprendiendo un giro hacia el soberanismo, influido también por el auge de ERC, a la que CDC empezó a ver como una amenaza. Según explica el profesor de Derecho Constitucional de la Universidad Autónoma de Barcelona Joan Marcet, autor del libro «Auge y declive de la derecha nacionalista. Del Palau de la Música al PDECat», ese giro convirtió lo que era una fuerza moderada como CDC en un partido secesionista con «altas dosis de intolerancia» y tintes populistas. Un proceso que fue acompañado de la pérdida progresiva de apoyo electoral y que ha dejado a ERC, que hasta la llegada de Mas nunca pasó del 10 % en las elecciones catalanas, como primera fuerza en las encuestas.

Desde el 2003, CDC tuvo un tránsito lento hacia posiciones más cercanas al soberanismo. Pero a partir del 2010, un Artur Mas acosado por la corrupción y la crisis comenzó a echarse en brazos del independentismo más radical, lo que en la práctica se tradujo en una entrada en barrena política. Esa deriva acabó provocando en el 2015 la ruptura de la histórica federación de CiU, que en el 2010 gobernaba todavía cómodamente con 62 escaños y la posterior desaparición de Unió.

El fracaso del «procés»

En el 2012, Mas disuelve el Parlamento catalán y convoca nuevas elecciones, tratando de aprovechar la gran movilización independentista de la Diada de aquel año para reforzarse en el Parlamento catalán, presentándose con el lema «la voluntad del pueblo», lo cual, según Marcet, constituye «una imagen mesiánica que apela al populismo». Pero ese movimiento fue un fracaso rotundo, ya que, lejos de mejorar, CiU perdió 12 escaños, quedándose solo con 50 diputados y a merced de ERC, que logró 21 y que a partir de entonces comenzó un proceso de demolición de CDC, arrastrándola hacia un radicalismo que llevó a la ilegal y fracasada consulta del 9-N.

El batacazo se confirmó en las elecciones del 2015, cuando Artur Mas trató de maquillar ese fracaso forzando al líder de ERC, Oriol Junqueras, a concurrir en una lista de unidad bajo la marca de Junts pel Sí. Pero, sumando sus siglas, solo alcanzaron 62 escaños, los mismos que tenía CDC en solitario en el 2010, antes de iniciar el procés. Una situación que terminó de hundir a Mas, humillado por una fuerza antisistema como la CUP, que con solo 10 escaños le forzó a retirar su candidatura a la presidencia de la Generalitat y dio el Gobierno a Carles Puigdemont, que acabó arrastrado a la radicalidad y enfrentado a su propio partido.

Ahora, a pesar de ocultarse de nuevo bajo la pantalla de Junts per Catalunya, el 21 de diciembre marcará el futuro de los herederos de CDC, el PDEcat. El triunfo de ERC está prácticamente descontado. Pero, si la lista encabezada por Puigdemont se hunde más allá de lo previsible, ese resultado podría suponer la desaparición de un partido que gobernó 30 años en Cataluña.

Cataluña se asoma a un tablero ingobernable

r. g. / Colpisa

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Mariano Rajoy convocó las elecciones en Cataluña para el 21 de diciembre con la idea de que iban a devolver la normalidad a la política catalana y de que abrirían una nueva etapa. Pero la realidad puede ser otra, y no porque la victoria caiga del lado independentista sino porque el resultado que surja de las urnas dibuje un escenario ingobernable, similar al que se vivió en España tras los comicios generales de diciembre del 2015 y su repetición en junio del 2016. Con los datos demoscópicos que se manejan hasta ahora, ni los independentistas ni los constitucionalistas tienen asegurado el triunfo.

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