Maite Pagazaurtundua: «Puigdemont es un impostor, no un exiliado: mentir es facilísimo»
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La eurodiputada vasca cree que la UE necesita una nueva Ilustración para plantar cara al nacionalismo
01 dic 2017 . Actualizado a las 06:48 h.Filóloga, lectora empedernida y firme opositora del nacionalismo. La eurodiputada de UPyD Maite Pagazaurtundua (Hernani, 1965) es la voz en la Eurocámara de las víctimas del terrorismo. Aterrizó en su despacho de Bruselas con el propósito de implicar a la UE en la lucha contra el fanatismo. Y lo ha conseguido. Al mediodía de hoy presenta en la Facultad de Derecho de Santiago el Libro blanco y negro del terrorismo en Europa, un memorial sin precedentes de las víctimas del terror. En el acto intervendrán el catedrático Roberto Blanco Valdés y el ex valedor do pobo José Julio Fernández. A Pagazaurtundua se le empañan los ojos al recordar a su hermano, Joseba, asesinado por ETA en el 2003. No acepta treguas con quienes secuestran la democracia. En su punto de mira: los independentistas catalanes.
-Puigdemont se ha presentado ante la UE como un preso político perseguido en España. Hay quien ha comprado las tesis de los independentistas. ¿Hay riesgo de que cale ese relato?
-Primero, este hombre es un impostor. No es un exiliado. España es una democracia. El problema no es que tengas unas ideas independentistas, sino cuando utilizas los recursos del Estado para hacer sabotaje a las leyes que te dan el poder, para malversar fondos y prevaricar a troche y moche. Eso es tremendo y son los hechos por los que serán juzgados él y los exconsejeros. Se han saltado todo lo que han dicho los tribunales y han creado un poder paralelo, una barbaridad. Además hay unas fake news de libro. Mentir es facilísimo, desmontar las mentiras lleva mucho trabajo. Luego está el principio del calumnia que algo queda. Es lo que ha hecho Puigdemont con ayudas bastardas al llegar a Bruselas.
-¿Han tenido que hacer mucha pedagogía para explicar la situación a los líderes de las instituciones europeas?
-Nadie quiere interferir en asuntos de otros Gobiernos. Las instancias europeas han dejado clarísimo el apoyo a la democracia española y la repulsa al carácter bastardo de lo que estaba haciendo el Gobierno cesado. Hemos escuchado y visto cosas inconcebibles aquí. La situación en Polonia y Hungría es un juego de niños comparada con lo que había tramado el Gobierno catalán depuesto. Es difícil explicarlo, porque cuando lo cuentas te dicen: ¿en qué estuvisteis durante estas décadas?
-Si los problemas se fueron cociendo a fuego lento, ¿qué responsabilidad han tenido los sucesivos Gobiernos españoles?
-Los poderes políticos a menudo han asegurado la gobernabilidad sobre pactos con los nacionalistas. Se hicieron concesiones económicas, pero también simbólicas. Por no pensar a largo plazo, por ingenuidad y pensar que la generosidad de hacer un Estado autonómico en que todo el mundo estuviera cómodo, se aseguraba mejor cediendo. Un error. Lo que ha significado es no poner límites a una vocación separatista y dejar crecer un monstruo. Los grandes partidos no están acostumbrados a los grandes consensos, como en Alemania, salvo en el pacto antiterrorista. En el 1990 se publica el plan de Pujol. Se ha ido ejecutando paso a paso desde entonces. Muchos pensaban que no llegaría a término.
-¿Entra en ese plan lo que usted denominó reeducación de la sociedad? ¿Se ha «blanqueado» la historia?
-El blanqueamiento lo hizo el entorno de ETA. Lo de los nacionalistas catalanes son puras mentiras y propaganda. Se está instrumentalizando la política lingüística. Han secuestrado la identidad cultural para atacar lo común, la lengua española y la igualdad de derechos y oportunidades. El antipatriotismo inoculado y el separatismo son bastante recientes. Hay que ponerles límites, porque son una gran estupidez. Para defender valores identitarios no es necesaria la fragmentación.
-En países como Alemania o Francia crece un sentimiento identitario excluyente. ¿Cree que el nacionalismo ha puesto fecha de caducidad al proyecto europeo?
-Espero que no. El ultranacionalismo y el populismo son el desafío del siglo XXI. Los partidos tradicionales se han acomodado. Pensaban que el sueño del progreso y el bienestar social continuaría. Llevamos una década de crisis y hace falta liderazgo, pese a que ahora estemos viviendo una ideologización de taberna. Necesitamos entidades supranacionales y una nueva Ilustración frente al secesionismo de rosca.
«En Cataluña no ha habido violencia física, pero sí moral»
Familias enfrentadas, amistades rotas o silencios incómodos. El procés ha abierto una herida en la sociedad catalana que tardará en curar.
-¿Por qué sigue muda la mayoría silenciosa?
-En Cataluña no ha habido violencia física, pero sí moral por parte de minorías organizadas que ejercen presión sobre una mayoría que no quiere defender su libertad enfrentándose a los demás. La espiral de silencio se establece así. Los secesionistas llevaban años preparando una especie de revolución ilegal sin armas. Pensaban que la gente que callaba no existía. Cuando vieron que no era así se tuvieron que echar a la calle. Sin eso, se hubiera llegado a la violencia. Pusieron a la gente en enorme riesgo. Es de un nivel de totalitarismo y estupidez histórica que tiene delito.
-¿Hay cura para la fractura social en Cataluña?
-La fractura social se puede ir recomponiendo. Es más fácil cuando solo hay violencia moral. En todo caso, la leche ya está derramada. Hay quien dice que algo habrá que dar a los independentistas para que se contenten. ¡No! Son ellos los que tienen que asumir el daño que han hecho. Tienen una enorme responsabilidad histórica. Son perversos narcisistas, victimistas, manipuladores y dominadores. Hacen vivir a su entorno sometido y dominado. Tolerancia cero con esa gente.
-El líder de su grupo en la Eurocámara, Guy Verhofstadt, sugirió una solución federal para España.
-El federalismo tendría un enemigo clarísimo, los nacionalistas. Especialmente los vascos, porque terminaría con sus privilegios. El federalismo me parece estupendo si se juega con lealtad, porque significa reordenar y eliminar duplicidades, funcionar bajo el principio de subsidiariedad. Las comunidades recobrarían funciones y transferirían otras, como la sanidad, la educación y la Justicia. Terminaríamos con elementos de injusticia y disparidades extremos.