«Pasaba días enteros sin comer nada»

Lucía Vidal
lucía vidal REDACCIÓN / LA VOZ

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Lucía VidalSenén Rouco

Andrea Tomé, que acaba de recuperarse de un proceso de anorexia que sufrió en períodos alternos durante ocho años, llegó a pesar 38 kilos y a perder las ganas de vivir

24 ene 2018 . Actualizado a las 19:58 h.

«Yo pensaba que estaba perdiendo peso de forma natural, porque hacía dieta y más deporte. Al principio mis amigas me decían lo típico 'ay, ¡qué guapa estás!' o '¿cómo lo conseguiste'». Pero detrás de la pérdida de peso de Andrea, que entonces tenía 16 años, se escondía una amenaza que trastocaría su vida y la de su familia por completo y de la que lograría deshacerse solo ocho años después. «Yo no veía nada malo en saltarme comidas o en contar calorías. Fue mi entorno el que me dio el toque de atención. Tenía una relación muy obsesiva con la comida», dice Andrea, que ahora mismo estudia un máster en Edición en el Reino Unido y que echa la vista atrás para recordar cuándo los halagos se convirtieron en advertencias: «Se me notaban las huesos y me preguntaban que si tenía algún problema, que no me hacía falta seguir adelgazando, que se me había ido de las manos...». Cayó en el pozo de forma gradual, casi sin darse cuenta, aunque con la perspectiva que da el paso del tiempo reconoce que hubo factores que jugaron un papel fundamental en el desarrollo de su trastorno. «Estaba en mis últimos años de instituto. No sabía lo que quería hacer. Había cambiado mi círculo de amigas... Ahora lo pienso y sé que estaba atravesando una depresión, pero en ese momento no era consciente. Simplemente crees que son cosas de la edad. Además, soy muy perfeccionista, lo quiero hacer todo bien», admite.

Su relación de amor-odio con la báscula no surgió por un descontento con su imagen corporal. «No es -aclara- que mi cuerpo no me gustase. Tenía que ver con el control. Con la necesidad de controlar algún aspecto de mi vida. Y en la comida encontraba la manera de hacer frente a mis problemas». El punto más crítico de la enfermedad llegó en primero de carrera. Como tantos otros estudiantes, Andrea compartía piso en Santiago. Estaba sola ante sus fantasmas. Con 1,60 metros de estatura, llegó a pesar 38 kilos. «Ya no iba a clase -relata- porque no me podía levantar de la cama. Pasaba días enteros sin comer y cuando comía, solo tomaba fruta y cereales. No quedaba con mis amigas. Había perdido las ganas de vivir». Un bajón anímico ligado estrechamente a la escasa ingesta de calorías. Andrea estaba experimentando una montaña rusa de emociones: en la salida de la carrera se sentía ligera. Ayunar era algo adictivo. Pero la competición se hacía más dura cada día que pasaba. «Al final estás tan metida en la enfermedad que, aunque sabes que estás mal, que te estás haciendo daño, te cuesta muchísimo salir de ahí», reconoce. Pero hasta que llegó la fase de reconocimiento -un paso imprescindible para la curación- hubo más de un episodio de negación: «Yo estaba haciendo la selectividad. Mi madre fue al médico de cabecera para contarle lo que me estaba pasando. Yo le decía que se estaba 'emparanoiando', que no era nada». Ese verano, en Canadá, Andrea se topó de bruces con la realidad que pintaba su madre y que ella no veía: «En tres semanas adelgacé más de cinco kilos. Ahí fue cuando se me cambió el chip. Y le pedí a mi madre que me llevara al psicólogo».

Empezó a hacer terapia. Pasó de pesarse todos los días por la mañana y por la noche a «no mirar el número. Me pesaban de espaldas. Si algún día, por el motivo que fuese, perdía quinientos gramos, entonces era probable que me retase a mí misma a adelgazar más. Por eso es tan importante la supervisión». Nunca más volvió a calibrar su vida en kilos.