Los checos persisten en la deriva eurófoba al reelegir a Zeman

Su discurso nacionalista, en contra de la UE y la inmigración, seduce a un electorado alejado de Bruselas


Bruselas / Corresponsal

Populista, eurófobo, prorruso y nacionalista. Son las polémicas credenciales de Milos Zeman, el economista de 73 años que ayer se alzó con la victoria en la segunda vuelta de las elecciones presidencias de la República Checa. Venció por un estrecho margen (51,6 % de los votos) al candidato europeísta, el académico Jiri Drahos, quien se presentó sin avales ni trayectoria política. De nada sirvió que el independiente abrazase el extendido discurso antiinmigratorio y de rechazo a las cuotas de acogida de refugiados, que tanto éxito ha cosechado en Centroeuropa. Zeman, a pesar de su edad y mal estado de salud, sacó músculo para demostrarle que los checos no se fían de la UE.

La victoria le permitirá alargar su estancia en el Castillo de Praga, sede presidencial, otros cinco años más. Allí descorchan el champán mientras el país sigue ahondando en su fractura social. Está divido en dos. Entre una población urbana y joven más europeísta y otra más envejecida y rural que reacciona con extremo recelo a cualquier orden que provenga de Bruselas.

Aunque sus competencias son muy limitadas dentro de la vida política checa, Zeman será fundamental para la formación del nuevo Gobierno, encabezado por el líder de la Alianza de Ciudadanos Descontentos (ANO), Andrej Babis. El magnate, investigado por uso fraudulento de fondos europeos, se ha visto obligado a reabrir las conversaciones con los partidos de la oposición después de la caída en bloque de su Ejecutivo tras una moción de censura. Para afrontar las dificultades por las que está pasando el «Trump» checo, Zeman le concedió ayer un plazo más «amplio» para buscar socios entre los socialdemócratas, los xenófobos del SDP o incluso los comunistas. Lo tendrá difícil si no renuncia a ser primer ministro, como le exigen sus rivales políticos.

Bruselas no se fía de Zeman desde que apoyó a Putin tras la invasión de Crimea en el 2014 Tanto Zeman como Babis tienen un rasgo común: Su férrea oposición a la inmigración. El ex comunista siempre se ha mostrado contrario al multiculturalismo, alegando que es «imposible» integrar a los inmigrantes y que es un peligro para la seguridad del país. Babis también ha mostrado públicamente su rechazo, más focalizado en el Islam. Ambos emplean un lenguaje menos burocrático y más populachero, herramienta perfecta para conectar con un electorado desafecto con las élites políticas. En el caso de Zeman, sus salidas de tono han llegado a rozar la grosería. No solo se ha presentado ebrio en algunos actos públicos, también ha apuntado con su lenguaraz humor a periodistas, a los que instó con ironía a ser «liquidados». La gran amistad del nuevo presidente checo con Israel le llevó a comparar al ex líder palestino, Yasser Arafat, con Adolf Hitler y a aplaudir la decisión de Estados Unidos de trasladar su embajada a Jerusalén, tras reconocer a la ciudad como legítima capital del país.

«Menos arrogante»

Aunque ayer prometió ser «menos arrogante» y «más abierto frente a las opiniones distintas», en Bruselas no se fían y lo ven como amigo de Moscú. Tras la invasión de Crimea en el 2014, Zeman apoyó a Vladimir Putin. En lugar de cerrar filas con sus socios europeos, salió al ruedo para decir que la anexión de la Península era algo «inevitable».

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