Una cohabitación forzada e interesada en el PSOE

Pedro Sánchez y Susana Díaz se ven obligados a convivir mientras intentan asentar sus opciones electorales


Madrid / Colpisa

Ni Pedro Sánchez ni Susana Díaz quieren reabrir las heridas que dejaron mal cerradas las primarias de mayo. El secretario general huye de los conflictos internos porque necesita la paz orgánica para asentar su liderazgo y construir una alternativa de gobierno ante un PP que hace aguas, ante Ciudadanos que cabalga la ola de la victoria en Cataluña y ante Podemos que vive sus horas más tristes. La presidenta de la Junta de Andalucía aún busca recuperarse de la derrota y también desea la calma con la vista puesta en las municipales del próximo año mientras coquetea con el adelanto de las autonómicas.

No es una guerra fría, pero tampoco una paz caribeña. Es una cohabitación templada forzada por las circunstancias, aunque ninguno de los dos olvida afrentas pasadas. El secretario general trata de reafirmar su liderazgo y su autoridad, y la presidenta andaluza quiere tener las aguas tranquilas. El discurso iconoclasta y heterodoxo con el que Sánchez ganó las elecciones internas ha dado paso a la modulación de las posturas y al entendimiento con el Gobierno. La crisis de Cataluña es el peor escenario para marcar diferencias con Mariano Rajoy y cualquier desmarque de lo que se entiende como políticas de estado podría provocar un motín en las filas socialistas, donde el debate identitario es materia muy inflamable. Así se entiende que el líder del PSOE haya relegado a un segundo plano las tesis de la plurinacionalidad que emanaron del 39º. congreso del partido. «Cada comunidad es lo que define su estatuto», es la premisa que subraya ahora en sus discursos.

Sánchez ha recompuesto las relaciones con la mayoría de los barones territoriales, que respaldaron casi sin excepción a Susana Díaz en las primarias. Ha tendido puentes asimismo con José Luis Rodríguez Zapatero, no así con Felipe González o Alfredo Pérez Rubalcaba, con los que la comunicación es inexistente. Necesita esa paz interna para dar a conocer su proyecto alternativo de gobierno para cuya gestación se ha dado un año de plazo y cuyas líneas maestras dibuja en las asambleas abiertas con militantes que abrió en Granada el pasado día 11.

Ha puesto sobre la mesa diez grandes pactos de estado con el Gobierno de Rajoy. Desde la financiación autonómica hasta las pensiones, sin olvidar el agua, la educación, ingreso mínimo vital, el rescate de los jóvenes o la reforma constitucional. Ha dado los primeros pasos para buscar un terreno de entendimiento con la financiación de las comunidades y la política del agua, y se ha lanzado a la piscina con dos impuestos a la banca para paliar del déficit de las pensiones. Iniciativas que han tenido una acogida desigual, porque así como la última ha sido bien recibida entre los socialistas, las dos primeras levantaron ronchas entre los líderes territoriales del PSOE porque entiende que la financiación es un asunto que debe sustanciarse entre las autonomías y el Gobierno central. 

Frozen y los remos

Sánchez no quiere pisar callos sin necesidad, y esta misma semana intentó reconducir la situación en su segundo encuentro desde las primarias con Susana Díaz. Solo se reunieron durante media hora, pero sirvió para el posterior intercambio de carantoñas. «El deshielo para Frozen », dijo la presidente andaluza con una respuesta alusiva a la película sobre el reino del hielo para negar las tensiones entre ambos. «Cada uno está donde tiene que estar y en su trabajo», añadió complacida. «Las discrepancias están superadas, ahora remamos todos en la misma dirección», redondeó el secretario general.

Susana Díaz busca recuperarse del duro batacazo de las primarias, en las que como pocas veces se ha visto arriesgó su capital político, y parece que va camino de ello, a tenor de las encuestas. La confirmación vendrá de la mano del gran test de las municipales de mayo del 2019, y sabe que para alcanzar ese objetivo el conflicto interno es un lastre. No va a cuestionar la estrategia del secretario general, salvo en los asuntos que afecten en carne propia a Andalucía, léase financiación o todo lo que huela a su entender a relegación de su territorio respecto a otros.

Con estas reglas del juego tienen por delante al menos un año de cohabitación sin estridencias. Un tiempo que Sánchez quiere destinar a su alternativa de gobierno, que por ahora apenas se percibe pese al deterioro a su derecha del PP y a su izquierda de Podemos. Díaz aspira a volver a ser la que fue y a desterrar la imagen de perdedora que se labró en las primarias. No será fácil en un partido como el PSOE, en el que las heridas no son fáciles de suturar y cualquier chispa puede desatar incendios como los del otoño del 2016.

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