El asesino de Florida tiene formación militar y vínculos con un grupo supremacista blanco

Trump evita valorar el fácil acceso del joven a un rifle de asalto y se refugia en su salud mental


Nueva YOrk /corresponsal

«Se hará justicia». Fue la promesa de las autoridades con la que amaneció la localidad de Parkland (Florida), escenario de uno de los diez tiroteos masivos más graves en la historia de EE.UU. Con las banderas a media asta, el país afrontaba este jueves su primer día de los cuatro de luto oficial declarados después de que Nikolas Cruz matase con un rifle de asalto AR-15 a 17 alumnos e hiriese a otros 15 en el instituto Marjory Stoneman Douglas.

El FBI fue alertado de la peligrosidad del joven Nikolas Cruz hace cinco meses Mientras la policía busca conocer los motivos del ataque, las investigaciones han revelado que el FBI ya fue alertado en septiembre de la peligrosidad del joven. «Quiero matar a personas con mi rifle AR-15», manifestó en un vídeo colgado en Youtube. En un otro anunciaba su deseo de convertirse en un «tirador escolar profesional». Sus comentarios motivaron la denuncia de un usuario, Ben Bennight, a quien los agentes del FBI visitaron. «Me preguntaron si sabía quién era y yo no lo sabía. Entonces se fueron», explicó Bennight.

El FBI investiga también la relación del asesino con el grupo supremacista blanco República de Florida, cuya participación confirmó uno de sus líderes. Jordan Jereb admitió que Cruz participó en el pasado en entrenamientos paramilitares con otros integrantes del movimiento. También habría emprendido un programa de entrenamiento militar, según dijeron a AFP fuentes del Pentágono.

Precisión en el ataque

La escalofriante precisión para preparar la masacre fue este jueves destacada por la jueza Kim Theresa Mollica, quien presidió la primera comparecencia de Cruz ante la Justicia y en la que dictó prisión sin fianza tras ser inculpado por 17 cargos de homicidio premeditado. «Estás acusado de serios crímenes», dijo Mollica frente a un joven con la mirada perdida y que, según su abogada, se encuentra «profundamente arrepentido y roto» tras haber perpetrado el segundo tiroteo más letal en una escuela pública estadounidense tras de la masacre de una veintena de niños en el colegio de primaria Sandy Hook, en Newtown (Connecticut), en diciembre del 2012. En aquel momento se dijo que era el punto de inflexión político y social en el eterno debate de las armas en Estados Unidos. No lo fue.

De Columbine a Parkland: las matanzas estremecen los centros educativos de EE.UU. Según el FBI, desde 1999 se han producido medio centenar de atentados o intentos de atentados con armas de fuego en escuelas, institutos y universidades estadounidenses y al menos 141 muertos por bala en centros educativos

«¿Presidente, va a hacer algo con este problema?», preguntó un periodista a Donald Trump tras terminar un discurso en el que no mencionó las armas ni una sola vez, pero prometió hacer todo lo posible para que los ciudadanos «estén más seguros». Además y como ya hizo tras los dos últimos tiroteos en una iglesia de Texas y en un concierto en Las Vegas, el presidente achacó lo ocurrido a «la salud mental» del tirador, evitando así abrir el debate sobre el control de armas en EE.UU. Florida es uno de los estados con la legislación más flexible. No hace falta registro en el caso de compra de rifles de asalto y tampoco hay límite para las municiones. Es más, no es necesario tener 21 años para acceder a ellas aunque en cambio si es obligatorio para comprar un paquete de cigarrillos o una cerveza.

La inacción de Trump (que muchos vinculan con los más de 30 millones de dólares que la Asociación del Rifle donó a los republicanos) contrastó con las peticiones del expresidente Obama, el exvicepresidente Biden y el papa, que condenaron la «violencia sin sentido» y pidieron una «muy esperada y de sentido común» ley sobre armas. En contraste y a pesar de las 33.000 vidas que el problema se cobra al año, el presidente de la Cámara Baja, Paul Ryan, recordó que es un derecho constitucional.

Un huérfano problemático y loco por las armas

Nikolas Cruz estaba fascinado con las armas, de hecho, su perfil de Instagram era toda una declaración de intenciones. «Me costó 30 pavos», escribió bajo una fotografía de una caja con 150 balas. Así eran la mayoría de sus publicaciones en la red social donde solía compartir imágenes con armas de distintos calibres, también la del rifle de asalto AR-15 con el que cometió la masacre. El material es tan perturbador, que incluso en uno de sus últimos comentarios, Cruz se burla del significado de la frase árabe «Allahu Akbar» (Alá es grande). «Ya sabemos qué quieren decir los durkas» [forma despectiva para referirse a los musulmanes], escribió junto a emoticonos de bombas.

A sus 19 años, Cruz llevaba meses en el radar de las autoridades escolares. «Al principio no era nada alarmante, solo era desagradable, pero con el tiempo se volvió cada vez más raro», relató Dakota Mutchler, excompañero de Cruz y tras definirle como «el loco de las armas». Después de varios episodios de amenazas y persecuciones a varios alumnos, el problemático joven fue expulsado del colegio y el profesorado advertido de que no se le permitiese entrar en las instalaciones y menos con mochila. Todos sabían de lo que Cruz era capaz.

Huérfano, Nikolas Cruz llevaba años bajo tratamiento psiquiátrico tras padecer una depresión que se acentuó en noviembre, tras la muerte de su madre adoptiva el día de Acción de Gracias. Cuatro años antes había fallecido su padre.

Su mal comportamiento provocó hace un año su expulsión del instituto. «Regresó al colegio movido por el ansia de venganza», dijo el alguacil del condado de Broaward. Y así lo hizo. Tras pasar por un cursillo de formación militar, Cruz planeó perfectamente el asalto. Hizo saltar la alarma de incendios para desatar el caos, lanzó botes de humo para confundir a las víctimas y se tapó el rostro con una mascarilla. Su imagen era muy similar a la que utilizaba para presentarse en redes sociales, solo le faltaba la gorra que solía llevar y en la que se podía leer el lema de Trump: Make America Great Again.

«Mamá, ya no quiero ir más al colegio»

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Florida, tierra de salsa y palmeras, de cubanos en el exilio y de veraneos invernales. El estado en el que Donald Trump pasa los fines de semana en su mansión de Mar-A-Lago, a solo 40 minutos de donde el miércoles fueron masacrados los estudiantes del instituto Marjory Stoneman Douglas. En las calles de Miami Vice o el Pequeño Haití todo es posible, pero Parkland era el refugio de quienes huyen del ruido de la ciudad. Un suburbio acaudalado de celebridades y atletas con cuyos impuestos se pagan colegios públicos de élite como el del instituto Douglas, que hacen de Parkland un hogar codiciado. Hablamos del último sitio del mundo en el que los padres de la zona habrían esperado ver a sus hijos en peligro. 

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