¿Guerra al cigarrillo electrónico?

El Ministerio de Sanidad y los neumólogos están en contra de estos dispositivos, mientras que otros profesionales los defienden como una forma de minimizar daños


santiago / la voz

El Ministerio de Sanidad británico apuesta por el cigarrillo electrónico. Lo hace porque unas 20.000 personas al año abandonan en el Reino Unido el tabaco convencional para optar por estos dispositivos. En un informe publicado este mismo mes, asegura que los e-cig son un 95 % menos dañinos que el cigarro ordinario. En España la situación es completamente diferente. La Organización Médica Colegial (OMC) y la Comisión Nacional para la Prevención del Tabaquismo (CNPT) le han declarado la guerra al tabaco y quieren que la regulación del cigarrillo electrónico se equipare con la del convencional. Hace unos días, ministerio y comunidades recomendaron no consumir este tipo de dispositivos por la existencia de riesgos para la salud.

¿Se está demonizando el e-cig? Para los neumólogos, en absoluto. No hay estudios que demuestren científicamente ni su seguridad ni que funcione como tratamiento para dejar de fumar. ¿Que una persona que cambia el cigarro convencional por el electrónico puede aparentemente tener menos daño? Puede, «pero los médicos no nos podemos conformar con que el fumador reduzca su daño», explica Carlos Rábade, neumólogo del CHUS, cuando sí hay un conjunto de tratamientos tanto psicológicos como farmacológicos que han demostrado eficacia en el abandono del tabaquismo.

«El mensaje que debe transmitirse es que no nos debemos contentar con reducir el daño, debemos luchar contra el tabaco y que los fumadores abandonen», apunta este experto. Más aún cuando están apareciendo estudios sobre la toxicidad de los e-cig, que dicen que aumenta el riesgo cardiovascular y contiene sustancias que pueden aumentar el riesgo de cáncer. «De momento no es seguro ni eficaz, claro que podría ser útil en algún tipo de fumador, pero primero habrá que demostrarlo», señala Rábade. El otro gran problema, denuncia, es que pueda introducir en el tabaquismo a personas que antes no fumaban, como los adolescentes, lamenta este experto.

Otros investigadores, sin embargo, tienen otra lectura del e-cig. Y eso que no niegan que sea un producto dañino. Joan Grimalt, científico del CSIC, realizó un estudio hace tres años sobre la composición del humo del tabaco convencional y del electrónico, así como del aire exhalado por los pulmones de fumadores de ambos tipos. «Y la única coincidencia es la nicotina, aparte de eso no tienen nada que ver el uno con el otro. Muchos compuestos cancerígenos y neurotóxicos del tabaco no están en el electrónico», explica. Eso sí, este profesor de química ambiental es claro, «yo no soy médico, pero lo mejor es no fumar, en eso estamos todos de acuerdo». Sin embargo sí recuerda que, «teniendo en cuenta que hay un porcentaje de la población que no puede dejar de fumar, es mejor que utilice cigarrillos electrónicos».

Más contundente es el jefe de salud mental en el distrito Retiro del Hospital Gregorio Marañón, Néstor Szerman, y presidente de la Sociedad Española de Patología Dual (trastorno psiquiátrico y adicción), sobre la demonización del cigarrillo electrónico. «Hay una campaña llena de tintes moralistas, que estigmatiza a las personas que sufren un trastorno por uso de tabaco, como se denomina a esta situación clínica en las clasificaciones internacionales de trastornos mentales», dice. Szerman defiende que sea una alternativa para administrar nicotina en personas con un trastorno adictivo, e incluso respalda por su seguridad, «las autoridades sanitarias deberían regular su seguridad, como se hace con cualquier producto de consumo, pero en términos generales podemos afirmar que tiene un margen muy elevado de seguridad», explica.

Puerta de entrada

La OMC y la comisión para la prevención del tabaquismo no ven en el cigarrillo electrónico un elemento inocuo. De hecho, el decálogo elaborado para luchar contra el tabaco dedica uno de sus puntos a este producto, que afirman debe ser regulado como el resto de productos relacionados con esta sustancia, «por no ser inocuo y porque puede contribuir a abrir espacios de permisividad al uso del cigarrillo en espacios de ocio». Aseguran que existe además el riesgo de que el e-cig, «se convierta en una puerta de entrada a la adicción a la nicotina en jóvenes».

El debate está servido, aunque todos coinciden en que el cigarrillo electrónico no es inofensivo. La polémica estriba en si cabe hacer un uso de este producto en determinados casos de fumadores con una adicción importante, ya que es menos dañino que el convencional, o si no debe convertirse en alternativa mientras no haya estudios que demuestren su seguridad y eficacia.

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