Lo que ofrece el director escocés Armando Iannucci es una reinterpretación de algunos hechos reales en torno a las honras fúnebres del genocida Josef Stalin
11 mar 2018 . Actualizado a las 12:56 h.Advertencia previa: La muerte de Stalin ni es cine político ni es cine histórico. Lo que ofrece el director escocés Armando Iannucci es una reinterpretación de algunos hechos reales en torno a las honras fúnebres del genocida Josef Stalin, líder supremo de la URSS fallecido en marzo de 1953 y al que sucedería Nikita Jrushchov (Buscemi en la ficción) teniendo como rival al no menos temible Lavrenti Beria (encarnado por Simon Russell Beale). Toma como base el cómic del francés Fabien Nury, publicado en dos entregas entre 2010 y 2012, que a su vez ofrecía su propia mirada sobre aquellas circunstancias que tuvieron al mundo en vilo en plena Guerra Fría, aunque la trama pasa de esto último y apenas traspase los alrededores de la Plaza Roja... Encuadrado en la sátira, con recurso a la farsa y algo de vodevil -caso del concierto de Mozart inicial, que deberá repetirse con público «secuestrado» en las calles-, Iannucci asume los riesgos de caricaturizar a los personajes, aunque nunca llega a excederse más allá de algunos flashes.
En referencia a la trama, el nudo es real, por cuanto es bien conocido que los miembros del Comité comenzaron a disputarse la sucesión del dictador cuando su cuerpo todavía estaba caliente, con el consabido borboteo de intrigas palaciegas (léase entre los muros del Kremlin) para culminar en Jrushchov como vencedor y en Beria como vencido. Como es natural en todo asunto coral, habremos dejado atrás a unos personajes mejor desarrollados que otros, pero nadie es perfecto... Eso sí, habremos convenido en su fidelidad a la mejor tradición de la comedia británica. Mientras, en lo relativo a su estructura narrativa, va muy suelta de ritmo, y su acabado formal no admite reproche, más todavía al moverse en parámetros de producción indie, con rodaje entre Ucrania e Inglaterra. Todo comienza con las últimas horas de Stalin firmando algunas ejecuciones en un escalofriante tono de frivolidad, para terminar con su sucesor en la tribuna de un teatro después de haberse despejado el camino, dejándonos abierto el camino hacía una futura repetición de ciclo.