El certamen está salpicado por un escándalo de sexo, poder y corrupción
26 mar 2018 . Actualizado a las 08:42 h.Lo que comenzó como un intercambio de acusaciones entre tres exreinas de belleza venezolanas se ha convertido en un escándalo de proporciones internacionales, y ha obligado al cierre de una industria que, junto con la del ron y el sistema de orquestas infantiles, constituía uno de los pocos huesos sanos que le quedan a la golpeadísima marca Venezuela: Miss Venezuela, la legendaria organización que es a los certámenes de belleza lo que la selección de Brasil al fútbol, cerró sus puertas esta semana por tiempo indefinido.
Al cóctel no le falta nada: tiene fama, sexo y poder, y está lleno de historias de cómo los gerifaltes más encumbrados del régimen de Nicolás Maduro patrocinaban a jóvenes para que participaran en el concurso. A cambio, por supuesto, de convertirlas en «muñecas de la mafia».
Detrás del éxito del Miss Venezuela, con sus siete Miss Universo y seis Miss Mundo a cuestas (es el país más ganador de ambos concursos) se encuentra Osmel Sousa, un cubano cuya edad es un secreto de estado y que llegó como adolescente a Maracaibo en 1959. El zar de la belleza, como se le conoce en todo el Caribe, convirtió el concurso en una industria exitosa, por la que pasaban cientos de jóvenes que querían ser reinas cada año. Hasta hace unos ocho años, la organización Miss Venezuela pagaba todos los gastos (cirugías plásticas incluidas) de las aspirantes con potencial; pero con la crisis del país comenzaron a surgir otros patrocinadores de las jóvenes, con belleza pero sin recursos. Y los únicos con abundancia de dinero para despilfarrar eran los miembros de la creciente y extraordinariamente corrupta «boliburguesía»: Los dirigentes del chavismo que manejaron un bum petrolero brutal durante la década pasada mientras hundían a Venezuela en la miseria.
El escándalo explotó cuando Annarella Bono, miss Venezuela 1997 y figura de la TV local, calificó de «zorra», a Angie Pérez, otra exmiss, porque esta, a su vez, había publicado en su cuenta de Instagram una foto de Zoraya Villarreal (una tercera exreina de belleza) participando en un evento de la Fundación Diego Salazar, un primo del expresidente de PDVSA, Rafael Ramírez, actualmente preso por corrupción.
Se desataron los demonios: comenzaron a surgir centenares de cuentas anónimas denunciando prostitución dentro del evento, cómo los jerarcas del chavismo «compraron» parejas (la misma Bono acaba de divorciarse de un alto dirigente del Gobierno) y acusaciones sobre fiestas que terminaban en orgías, con fotos, incluso, de muchas de las jóvenes involucradas.
Sousa, que hace pocos meses publicó una foto en sus redes sociales haciendo de niñero de una hija del presidente del Tribunal Supremo, Maikel Moreno (un funcionario cuestionadísimo, de 54 años, que está casado, precisamente, con Deborah Menicucci, exmiss Venezuela de 25 años de edad, y compañera eventual de Bono en la TV), renunció en medio del escándalo, aunque no dio explicaciones hasta este viernes, cuando, en un comunicado, solo dijo que jamás había actuado «en perjuicio de las miles de candidatas que han pasado bajo mi mando».
La organización Miss Venezuela, en tanto, anunció esta semana que cerraba indefinidamente sus puertas, así como que iniciaba «un proceso de reestructuración interna (…) tras conocerse los hechos descritos a través de redes sociales y blogs anónimos (…) para evitar la realización de actividades contrarias a la ética del certamen». Y Bono fue citada a la gerencia del canal del que es animadora, donde la conminaron a tomarse unas vacaciones, también indefinidas.
El escándalo, sin embargo, parece lejos de acabar y continúan posicionamientos, diatribas y denuncias entre reinas de la belleza; en un país en el que siempre se ha dicho que «todos los hombres quieren ser presidentes, y todas las mujeres quieren ser Miss Venezuela».