La caída del símbolo de la renovación


Ni Gürtel ni Púnica ni Lezo ni la financiación ilegal del PP de Madrid han logrado desgastarla. Cristina Cifuentes ha sabido salir indemne de los gravísimos casos de corrupción que han afectado a los máximos dirigentes de su partido en los últimos años, mientras ella ocupaba puestos de responsabilidad, y presentarse, una vez instalada en la presidencia de la comunidad, como adalid de la tolerancia cero contra la plaga que ha asolado Madrid durante los mandatos de Esperanza Aguirre e Ignacio González. Convertida en la imagen de la renovación y la regeneración, pese a que lleva casi 40 años de militancia popular, primero en AP y luego en el PP, y más de un cuarto de siglo ocupando cargos públicos, puede caer por un máster universitario que supuestamente cursó cuando era delegada el Gobierno, pero del que no queda rastro alguno en la universidad.

El dardo de Granados

La declaración de Francisco Granados ante el juez instructor del caso Púnica, Manuel García Castellón, el pasado 12 de febrero, fue ya un dardo envenenado, aunque proviniera del presunto cabecilla de la trama. El exconsejero y ex secretario general el PP de Madrid dijo que Cifuentes era «las manos, los oídos y la voz ejecutiva en el partido» y que se jactaba de mandar por orden de González, con el que mantuvo una relación sentimental. Por tanto, estaba al corriente de la existencia de la caja B. Cifuentes lo negó todo y anunció, indignada, una querella. Pero Granados logró su objetivo de sembrar la sospecha pese a su menguada credibilidad. ¿Cómo es posible que una política que ocupaba puestos relevantes y estaba tan unida a González no supiera nada de lo que estaba pasando?

Cifuentes también había logrado sortear la guerra de facciones en el PP madrileño que comandaban González y Granados, enfrentadas en una lucha sin cuartel por el saqueo de las arcas públicas. Presuntamente, aunque ambos han pasado ya largas temporadas en la cárcel y se enfrentan a duras condenas.

Hasta el estallido del caso del máster, la presidenta era una firme candidata a la sucesión de Rajoy, junto a Alberto Núñez Feijoo y Soraya Sáenz de Santamaría. En su afán de hacer borrón y cuenta nueva con el pasado más negro del PP madrileño y de aparecer como látigo de los corruptos -«su tiempo ha acabado en la Comunidad de Madrid», dijo ella el 2 de mayo del año pasado-, se granjeó enemigos muy poderosos. Algunos, como Granados, han dejado clara su animadversión en público. Otros han esperado su oportunidad agazapados. Es muy significativo que los dirigentes populares que han salido en su defensa se cuentan con los dedos de una mano. El propio Rajoy echó balones fuera calificando el caso de polémica estéril.

Apoyo de Cospedal

La más entusiasta en el apoyo ha sido la secretaria general, María Dolores de Cospedal, que lo hizo de una forma polémica en un tuit en el que calificaba de «mezquinas, machistas y miserables» las acusaciones a la presidenta. Y concluía así: «Parece que a algunos les gustaría conseguir lo que no consiguió un accidente de tráfico mortal». Es sabido que la ministra de Defensa y la vicepresidenta del Gobierno, las dos mujeres de confianza de Rajoy, son rivales políticas. Ayer mismo Cospedal hizo un llamamiento a defender «a los nuestros» en la convención popular.

Hace unos meses, Cifuentes hizo unas sorprendentes declaraciones. «Cuando te reúnes con hombres y te haces la rubia, pero sin bajar la guardia, consigues muchísimo más», afirmó.

Parece que ahora no le va a servir emplear esa táctica ni ante la opinión pública ni ante la oposición ni ante algunos sectores muy importantes de su partido. Su futuro como presidenta, cargo en el que lleva dos años y nueve meses, depende ya de que Albert Rivera la mantenga, pese a las abrumadoras pruebas de que su máster fue un fraude. Algunos aseguran que ya es un cadáver político.

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