Un cónclave fallido, no solo por Cifuentes

El PP se divide entre los que llaman a recuperar las esencias para sobrevivir y los que ven todo perdido si no hay renovación de discurso


Madrid / La Voz

A perro flaco, todo son pulgas. El Gobierno y el PP parecen haber entrado en una dinámica negativa en la que, hagan lo que hagan, nada les sale bien. Si se lanzan a presentar unos Presupuestos para tratar de afianzar su estabilidad hasta el fin de la legislatura, el PNV les deja en la estacada. Cuando anunciaban ya la captura del fuguista Puigdemont, la Alemania amiga les da el mayor de los disgustos. Y si preparan una convención para coger impulso, exhibir dinamismo y reducir la sangría de votos hacia Ciudadanos, lo que iba a ser un acto de propaganda y de nuevas propuestas se convierte en una llamada a volver a las esencias y un altavoz de las tensiones internas a costa del polémico máster fantasma, con los dirigentes populares huyendo de los micrófonos.

Más allá de lo que diga el relato oficial, el cónclave popular, que será recordado ya siempre como la convención de Cifuentes, deja claro que a estas alturas hay ya dos pepés distintos. Con el partido cayendo en los sondeos, cada vez más distanciado de la calle y con la que era uno de sus símbolos anticorrupción bajo sospecha, la llamada de María Dolores de Cospedal a responder refugiándose en el búnker -«hay que defender lo nuestro y a los nuestros»- contrasta de manera brutal con el discurso de quienes, es verdad que solo en privado, alertan de que si el PP no evoluciona, se adapta a la nueva situación y se muestra inflexible en la regeneración, no solo están condenados al fracaso en las autonómicas y municipales, sino a ser sustituidos como partido conservador hegemónico por una derecha supuestamente más liberal, civilizada y de corte centroeuropeo, que es lo que aspira a ser Ciudadanos. Y esa batalla no se gana por el mero hecho de que Rajoy tache de «inexpertos lenguaraces» a los de Rivera.

Por miedo o por pereza, el PP lleva ya mucho tiempo sin acometer la evolución necesaria, plegándose, aunque muchos no la compartan, a una estrategia de arriesgar lo mínimo y eludir los conflictos que beneficia a Rajoy, aunque no tiene por qué ser buena para el partido. En el caso de Cifuentes, por ejemplo, si la presidenta madrileña resiste -y no es descartable-, Rajoy será presentado como el único que supo mantener la calma en plena tormenta. Pero si Cifuentes dimite, nadie podrá decir que Rajoy puso la mano en el fuego por ella. Esa estrategia en la que el líder siempre gana, deja sin embargo a su partido debilitado hasta el extremo, incapaz de tomar decisiones o de imponer disciplina.

Rajoy hace bien en insuflar optimismo a los suyos en plena depresión por el escándalo Cifuentes, pero cerrar la convención cargando ferozmente contra Ciudadanos -que pronto será socio imprescindible para gobernar muchos ayuntamientos y autonomías- y asegurando que «la realidad se impondrá a la demagogia» porque el PP es «especialista en salvar las dificultades», da la impresión de estar a la defensiva y es algo así como pensar que una final que se presenta muy difícil puede ganarse solo con el escudo que se porta en la camiseta. La convención no ha sido precisamente un éxito, pero cargar las culpas de ese fiasco exclusivamente en el asunto Cifuentes puede ser una forma de no afrontar los problemas reales.

Cuando ser decisivo no es cómodo para Ciudadanos

El caso Cifuentes pone sobre la mesa el punto débil de Ciudadanos. Ser partido bisagra sin comprometerse en la acción de gobierno es el mejor de los mundos posibles para una formación que aspira a crecer. Es decir, ser aliado del PSOE en Andalucía y del PP en Madrid, y al tiempo poder presentarse como una formación que no se compromete con ninguno de los dos partidos, es una situación ideal. El caso Cifuentes le obliga a romper ese equilibrio. Sostenerla le escora a la derecha y entregar Madrid al PSOE, a la izquierda. Solo con la solución a la murciana, que el PP accediera a sustituir a Cifuentes, salvaría la cara. Pero la presidenta madrileña está dispuesta a seguir y poner a prueba a Albert Rivera.

Rajoy amaga, pero nadie ve su futuro ya decidido

Los disparos de mortero caen a su alrededor -Cifuentes, Puigdemont, Presupuestos, pensiones- pero Rajoy no sería Rajoy si no juega con las palabras en los momentos clave. Se gusta el líder popular en estas lides y de ahí que, mientras llama a los suyos una y otra vez a no hablar de la sucesión o de su continuidad como candidato hasta que no sea estrictamente necesario, luego es él quien pone el debate encima de la mesa. En esta ocasión utilizando a las diputaciones para dejar claro que piensa seguir «mucho tiempo» al frente del partido. Pocos son sin embargo lo que creen que esa sea su postura en este momento. No se trata de que no pueda seguir. Sino de que aún no tiene tomada la decisión, dicen.

Feijoo suma partidarios en el PP y marca voz propia

Alberto Núñez Feijoo sigue y seguirá sin postularse a nada en el PP. Sabe que esa es la mejor manera de quedar descartado. Pero en el partido no ven en este momento otro posible candidato a la sucesión de Rajoy, llegue cuando llegue. La convención nacional ha evidenciado que incluso algunos de los que no apostaban por él empiezan a cambiar de caballo. Feijoo maneja esa situación con pies de plomo, combinando continuidad y voz propia, asunto este último en el que está casi solo en el partido. Es el único que se salió del discurso oficial de apoyo ciego a Cifuentes. Y su tesis de que para recuperar votos el PP no debe centrarse en atacar a Ciudadanos tiene poco que ver con esta convención nacional.

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