Los indios tocan los tambores de guerra

Los siux y los de Columbia Británica, contra los abusos medioambientales


Nueva York

«Nuestra tierra es nuestra casa», repiten una y otra vez. Son las voces de los secwepemc, una de las comunidades indígenas de América del Norte. Sus esfuerzos por detener la expansión del oleoducto Trans Mountain se han calentado en las últimas semanas y proyectos como Tiny House Warriors han vuelto a cobrar protagonismo en Columbia Británica (Canadá). «Me sorprende que la gente esté dispuesta a arriesgarse a un catastrófico vertido de petróleo en Vancouver», reflexiona Stewart Philip. Él es el gran jefe de la Unión de Jefes Indígenas de la zona. Representa a 115 grupos aborígenes que se oponen a la polémica ampliación y que apoyan iniciativas como la impulsada por los secwepemc. «Estamos construyendo diez pequeñas casas que se están colocando estratégicamente a lo largo del tramo de 518 kilómetros de la ruta del oleoducto, para así bloquear el acceso a la tubería y reafirmar la ley y la jurisdicción de los secwepemc», explican sus impulsores.

Sus quejas llevan meses siendo un dolor de cabeza para el gobierno de Canadá y, aunque todavía necesita obtener numerosos permisos y aprobaciones locales, el proyecto divide cada vez más al país. Por un lado están los grupos indígenas que temen daños medioambientales, ya que el oleoducto ampliaría de manera importante las exportaciones de petróleo a Asia, y por otro, está el blindaje del Ejecutivo de Justin Trudeau. El primer ministro canadiense aprobó la ampliación alegando que era «económicamente necesaria» teniendo en cuenta que solo contaban con EE. UU. como cliente.

«Tenemos que diversificar nuestros mercados», justificó Trudeau el pasado abril. Tras una inversión de 7,4 millones de dólares, el proyecto prevé la construcción de un nuevo conducto que aprovecharía el camino ya trazado desde 1953 y que, hasta el momento, es el único conducto de petróleo de Alberta hacia la costa oeste del país. Con esta expansión, la capacidad de transportación aumentaría de los 300.000 a los 890.000 barriles de petróleo diarios, un crecimiento especialmente importante para un gobierno ansioso de impulsar su desarrollo económico y ser más competitivo. La amenaza para las tierras de los nativos canadienses es una preocupación similar a la que tienen los nativos estadounidenses. En este caso, su pesadilla lleva el nombre de Dakota Access Line (DAPL, por sus siglas en inglés) y está siendo denunciada por «los protectores del agua».

Cementerios destruidos

Así se hacen llamar los indígenas del campamento Oceti Sakowin de Standing Rock, en Dakota del Norte, donde se han valido del sonido de los tambores para combatir a esta gigantesca obra de ingeniería que explotará las reservas de crudo descubiertas en la frontera entre Montana y Dakota del Norte con Canadá.

Su coste se acercará a los 4.000 millones de dólares y el oleoducto atravesará cuatro estados. Según el gobierno de Donald Trump, la producción que se conseguirá será suficiente para poner punto y final a la dependencia externa de petróleo que todavía existe en Estados Unidos, sin embargo, en este caso, la ruta también es un problema. Las obras ya han destruido cementerios y sitios sagrados para la tribu de los siux donde incluso, han llegado a solicitar amparo a Naciones Unidas.

Los reclamos siguen sin tener éxito, por eso ahora sus mensajes viajan directamente desde las montañas de Dakota hasta la Casa Blanca que habita Donald Trump: «Si crea un segundo Flint -la ciudad de Míchigan cuya agua se contaminó con plomo-, no cumplirá su promesa porque no podrá hacer Estados Unidos grande otra vez», advierte el jefe de la tribu siux de Standing Rock, Dave Archambault.

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