Cultivar el placer (para cuidarnos)

Iván Rotella

ACTUALIDAD

Sobre la necesidad de cuidar, mimar y nuncar renunciar al placer propio y el placer ajeno para disfrutarlo desde antes de nacer y hasta el fin de nuestros días

11 jun 2018 . Actualizado a las 05:00 h.

El placer, sobre todo el placer erótico, no parece ser un tema que tenga nada de central. Parece más bien algo secundario, algo de lo que si podemos disfrutar es estupendo pero que si no tenemos pues no pasa nada. «La vida es así»,  «ya vendrán tiempos mejores» etc, etc.. Y parece que tiene mucho que ver con circunstancias concretas, con edades concretas. Pero el placer no es algo circunstancial ni de según que etapas. El placer es inherente al ser humano. Todo nuestro aprendizaje gira en torno al placer o a la ausencia del mismo. Nos configura, nos da forma y no lo valoramos en su justa medida. Como si el placer no fuese importante, como si no tuviésemos derecho a ello, como si no formase parte del ser humano desde el momento en que comenzamos a sentir. La capacidad de sentir placer es una de las más complejas y elaboradas de nuestro cuerpo y si estamos así configurados pues algún sentido tendrá, ¿verdad?

Desde el vientre materno

El vientre materno es nuestra primera fuente de placer. Todas las sensaciones de bienestar, de tranquilidad, de confort que viva una embarazada repercuten directamente en su futuro bebé. Esas sensaciones que influyen maravillosamente bien en nuestro desarrollo incluyen las eróticas, por supuesto. Afortunadamente, cada vez somos las personas más conscientes que las embarazadas pueden gozar de una intensidad erótica estupenda, solo con que las circunstancias de su embarazo se lo permitan. Y son importantes, muy importantes. Bañar la configuración prenatal del bebé de sensaciones placenteras lleva a mejorar muchísimo esa inicial simbiosis entre madre y bebé, así como entre el bebé, la madre y la pareja, si se tiene.

Una vez producido el nacimiento (el parto también podría ser un momento placentero si se plantease con más sentido y no como habitualmente), dar el pecho nos vincula y esa vinculación se produce también a través de sensaciones placenteras. Para el bebé nada más placentero que el calor y el olor de la madre, la satisfacción alimenticia, el ritmo cardíaco que lo adormece y le transmite seguridad, los baños, masajes, cremas... Todo ello hace que su crecimiento inicial se vea cubierto de permanentes sensaciones de placer.

Poco a poco, el bebé (sea niño o niña) va siendo consciente de si mismo y comienza a explorarse. Esa exploración, muy gratificante y seguramente fascinante, le lleva a descubrir sus manos, sus pies, sus genitales. El bebé chupa, toca y recorre su propio universo personal y el que le rodea. En este momento, a veces, es cuando descubrimos a nuestro bebé de meses acariciando su pene o su vulva. Lo ha descubierto y para el bebé es tan interesante como los pies o las manos que se chupa con fruición. Las personas adultas tendemos a tratar de erotizar ese comportamiento puntual, pero no nos damos cuenta que lo que le resulta erótico es descubrirse y sentirse, sean los genitales o no. Los genitales son simplemente una estación más, un recorrido más. Un recorrido donde detenerse frecuentemente si le resulta placentero, por supuesto, pero sin esa connotación adulta del «tocarse».

Placer y felicidad

Niños y niñas crecen y la búsqueda del placer sigue siendo uno de sus motores principales. Eso que llamamos felicidad, es en realidad la expresión vivida del placer y cuando más placer puede disfrutar un niño o una niña más feliz es. Cuanto más censuramos, prohibimos o cercenamos sensaciones, más fácil es que esa felicidad desaparezca o solo exista en momentos concretos, puntuales y, sobre todo, a solas.

En el periodo de la Educación Infantil, los niños y las niñas hablan de sus cuerpos y de sus sensaciones. Hablan de hijos, de parejas, de amor. En esta edad también se dan los juegos de exploración del otro, de la otra. Del mismo sexo o del sexo contrario, no importa. Hay prejuicios y  limitaciones adultas que en esa primera infancia no existen. Es una lástima que generalmente se nos eduque para «socializar» (en un sentido restrictivo de esa palabra) esas vivencias.

A medida que el niño o la niña se acerca a la pubertad, más mensajes va recibiendo sobre lo que «debe o no debe hacer» en cada momento. Sí tiene sentido hablar de respetos y límites del otro o de la otra y ello va configurando nuestra convivencia futura. En esta etapa se comienza a ser consciente del bombardeo mediático que trata de vendernos un placer hecho a medida, consumista y, muchas veces, alejado de la realidad de estos niños y niñas. Siguen siendo conscientes de su cuerpo y de sus sensaciones y muchos (sobre todo, muchas) han descubierto un elaborado y placentero autoerotismo, que se fortalecerá con su llegada a la pubertad y la maduración de sus sensaciones y un aumento de sus intensidades.

La adolescencia puede ser una etapa feliz y placentera si tienes las herramientas necesarias para integrar lo que sientes. En esta etapa la búsqueda del placer en un enorme motor que nos empuja a través de sensaciones, de reconocernos, sentirnos y desear compartirnos. Al muchas veces ya consolidado autoerotismo se une una nueva recreación de los juegos de «mamás y papás», o «los novios», o «los médicos», pero esta vez con una perspectiva más consciente, más deseante y con las primeras vinculaciones (felices o infelices) que producen los enamoramientos.

Apurar la copa de la juventud... y otras

La juventud sigue siendo una etapa de búsqueda intensa de placer, de sentir, de conocer, de compartir. Los medios de comunicación parecen querer hacernos entender que es esta LA etapa, como si el placer no pudiese sentirse o no fuese otra realidad en otras etapas. Nos transmiten y a veces nos creemos que el placer de esta etapa es el único real, el maravilloso, el «perfecto». Como si no fuesen las sensaciones en todas las etapas igual de placenteras y maravillosas, como si fuese en la juventud donde agotarlo, consumirlo, beberlo hasta apurar la copa… y no hubiese más copas.

En la adultez, la vida diaria no parece estar diseñada para el placer y este acaba reducido a «cuando se pueda». Hay personas adultas que han renunciado al autoerotismo, como si este solo perteneciese a la adolescencia o juventud. No somos conscientes que el autoerotismo alimenta nuestro deseo. Alimenta nuestro deseo para buscar otros u otras o a nuestra propia pareja con propósito el compartir y saciar ese deseo. Si no lo cuidamos, si no lo regamos, si no lo estimulamos, se marchita.

Así mismo, la rutina parece ser la gran enemiga de las parejas estables. Pero no es así, es la falta de iniciativa, la falta de interés o el creer que esto ya no es lo mismo lo que acaba perjudicando nuestras prácticas eróticas. Que la rutina existe está claro, pero si quieres combatirla es sencillo. Se trata de mantenerte consciente de la importancia de sentir placer y de compartir placer. De buscar momentos o recuperar momentos que antes teníamos y que luego la vida adulta nos ha ido privando. Se trata de leer cosas eróticas, ver cosas que nos resulten eróticas, buscar divertimentos eróticos… y compartirlos. Si ambos miembros de la pareja nos implicamos en ello, el placer común nos puede acompañar siempre. Y esa es la idea, ¿verdad?

Curiosamente, gran parte del interés reaparece en muchas personas cuando ya hemos cumplido años. La menopausia es una «primavera» erótica en la mujer simplemente con que nos cuidemos un poco y sigamos las pautas anteriores. Hay que darle y darnos importancia y el placer es alegría y es salud. Nada que ver con el clásico y espero que extinguido «es que ya estoy seca» que contaban mucho nuestras abuelas para justificar no tener relaciones y que en realidad servía para camuflar un montón de problemas de convivencia y de comunicación.

La madurez solo sirve para volver a disfrutar con pocas o ninguna responsabilidad más, como cuando éramos jóvenes, adolescentes, niños o niñas. Aquí si que hay que ir en contra de muchas normas no escritas y aparentemente establecidas y ser casi un «antisociedad». Hay veces que tus propios hijos o hijas censuran tu «libertino» comportamiento, como si hubiese una edad concreta en que tu deseo de placer debe «contenerse» o desaparecer. Así mismo, muchas Residencias para personas mayores no permiten encuentros, divertimentos y placeres, sin que ello tenga ningún sentido aparente, salvo el de reprimir, castigar y sancionar el placer de las personas mayores. La excusa de la salud no cuela, el placer es salud y más si lo deseo, si me apetece, eso significa que estoy estupendamente de salud.

Por favor, no renunciemos al placer. El placer es inherente al ser humano, es una de las cosas que más nos configuran como tal y el placer es de las pocas cosas que da sentido a nuestra vida. El placer propio, el placer ajeno, conocerlo, compartirlo, sentirlo, disfrutarlo. Todo ello desde antes de nacer y hasta el fin de nuestros días. Si nos acompaña durante tanto tiempo, simplemente a lo largo de toda nuestra vida. ¿No deberíamos tomárnoslo en serio, cuidarlo, mimarlo y nunca, nunca renunciar a él? Cuando esa renuncia se produce, estamos renunciando a nosotros, a lo que somos y eso es suficientemente importante como para que nos lo pensemos y lo valoremos, de verdad.

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