La UE se queda sin antídotos para frenar la eurofobia

La ultraderecha se asienta en los parlamentos de varios países miembro


BRUSELAS / CORRESPONSAL

«Los eslovenos primero». Fue el eslogan con el que Janez Jansa sedujo al 25,03 % del electorado en los recientes comicios en su país. Este nuevo Trump europeo, que emula los discursos populistas del norteamericano, todavía no ha encontrado una fórmula para formar Gobierno y cumplir su programa: Desterrar las cuotas de acogida de refugiados, privatizar empresas y servicios y bajar impuestos. El resto de fuerzas, mayoritariamente de izquierdas, no quieren saber nada de él. A pesar del cordón sanitario que han desplegado para acordonarlo, Jansa no está solo. «Las cosas suceden a mi gusto, aparecieron los chicos rudos en la política europea», celebró ayer el primer ministro húngaro, Viktor Orban. La UE se apunta otro paladín más a la lista de líderes dominantes, egocéntricos y ultranacionalistas que han germinado en el bloque desde que Bruselas dio por muertos a los eurófobos tras la derrota del Frente Nacional francés a manos del liberal europeísta Emmanuel Macron en mayo del 2017.

La fecha debía marcar un punto de inflexión en la oscura senda que estaba tomando la UE, cada vez más volcada hacia el populismo y el unilateralismo. No fue así. La ultraderecha alemana está acomodada en el Budestag, el partido austríaco de raíces nazis (FPÖ) gobierna con los conservadores y la xenófoba Liga Norte italiana hace lo mismo con el Movimiento Cinco Estrellas.

¿Por qué el virus se está contagiando a toda velocidad por Europa? No existe explicación socioeconómica que se sostenga. Eslovenia es de los países de la UE que crece a mayor ritmo (4,7 %), el desempleo se sitúa en un nivel envidiable del 5,6 % y su deuda está lejos de ser insostenible. Sin embargo, los eslovenos, como los polacos, eslovacos, húngaros, italianos y austríacos, han optado por votar con las entrañas. Los discursos de defensa de valores tradicionales frente a llegada masiva de migrantes sigue siendo un filón. 

Antiinmigración

Siempre han existido en la UE partidos contrarios a la apertura de puertas a inmigrantes y refugiados. El fenómeno no es nuevo, sí su magnitud. En el 2000, la UE estuvo al borde de suspender el derecho de voto a Austria en el Consejo por formar gobierno con el partido ultraderechista FPÖ. Viena tuvo que firmar todo un dietario de salvaguardias para garantizar que respetarían los valores europeos. Dieciocho años después, el FPÖ vuelve a gobernar y sin custodia.

Las cancillerías europeas y Bruselas se resignan a ver cómo los discursos de estigmatización de los inmigrantes se están normalizando. Y calan, sin ir más lejos, en el presidente esloveno, Borut Pahor. A pesar de ser considerado un «europeísta», el socialdemócrata reprochó en diciembre a la UE sus políticas migratorias al tiempo que defendía la «proporción» y no la «exageración» al acoger refugiados: «De lo contrario la situación estará fuera de control», dijo poniendo de ejemplo la política de puertas abiertas de la canciller Angela Merkel en verano del 2015.

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