Ahora los cruceros son cool

DE FESTIVAL EN FESTIVAL, con clases de yoga, cerveza artesanal, conciencia ecológica, fiestas épicas y buena conexión a Internet: los cruceros ya no son solo cosa de jubilados y buscan atraer a los millennials con experiencias y actividades que se ajustan a sus intereses. Embarcamos.


Raquel y Luis decidieron irse de crucero en su luna de miel, principalmente, porque «él adora los barcos y odia los aviones». Para iniciar su periplo por las islas griegas, eso sí, tuvieron que llegar antes a Estambul, algo que sí hicieron en avión. «Llegamos a un trato», explica Raquel entre risas. Era un crucero más bien pequeño, no de esos barcos grandes como edificios que estamos acostumbrados a ver de vez en cuando en las rías, y la media de edad algo elevada. «Volvería a hacer otro, pero algo más grande». Y es que los cruceros ya no son cosa de mayores. Cada vez más gente joven se apunta a este tipo de viajes. La edad media de los cruceristas lo deja bien claro: globalmente está en 46 años, la edad más baja, en 20. Parejas como Raquel y Luis, de viaje de novios, son los principales responsables de que la edad esté bajando -a nadie le chocó que se decidieran por este tipo de viaje, cuenta Raquel-, pero hay también cada vez más casos de millennials que deciden subirse a un crucero con amigos o en solitario.

La industria lo sabe y está intentando convertir los cruceros en algo más cool y atractivo para veinteañeros y treintañeros que no se ajustan al perfil de viaje en pareja. Desde los ya famosos cruceros para singles, que añaden al atractivo de viajar en barco la posibilidad de encontrar pareja, hasta cruceros temáticos (sostenibles, cruceros festival centrados en música electrónica, etc...), la idea es captar a un nuevo público que muchas veces ni se plantea la posibilidad de viajar así.

Los cruceros son una buena idea cuando no apetece romperse mucho la cabeza organizando transportes, alojamientos e itinerarios. «Son buenos porque conoces muchas cosas en pocos días», cuenta Raquel, que concede que lo malo es que de cada sitio ves muy poco. «Hay que tomárselo como un primer contacto, una forma de ver por encima distintos lugares y decidir a cuál quieres volver para ver con más tiempo y profundidad». En su caso, no obstante, la elección de las islas griegas fue buena: muchas de ellas son pequeñas y da más o menos tiempo a verlas por tu cuenta o participando en las excursiones que organiza el crucero. Ellos fueron más a su aire, pero las rutas organizadas son una buena idea para «lugares más grandes o por los que es más difícil moverse, porque en estos casos facilitan las cosas».

A BORDO DIVERSIÓN

Pero un crucero no es solo lo que pasa fuera del barco, sino también las actividades que se organizan a bordo. Desde discoteca y karaoke o el clásico casino hasta manualidades y clases de idiomas. Incluso es posible hacer alguno de estos viajes sin desembarcar nunca. Estas actividades también se están adaptando para atraer al público millennial: clases de pintura, coctelería o yoga, sesiones a cargo de un disyóquey, paradas de festival en festival, cervezas artesanales...Y lo más importante: una buena conexión wifi a bordo.

¿Se apuntarían Raquel y Luis a uno de estos nuevos cruceros distintos pensados para gente más joven? Ella, ya en la treintena, tiene claro lo que le gustaría: «A mí me pones un crucero temático de los años 80 y allá voy de cabeza». Mientras tanto, con subirse a un barco y recorrer los fiordos noruegos -la ruta más popular en Europa, después del Mediterráneo- también se conforma. Sería un nuevo recuerdo que unir al que tiene más grabado de su viaje de novios: «salir de Santorini al atardecer e ir navegando hacia el sol».

A nadie le llamó la atención que Inma Gregorio se fuese sola de crucero. Como responsable del blog A World To Travel, esta ribadense lleva unos años dedicándose a viajar por todo el mundo y de todas las formas posibles. Los cruceros nunca le habían llamado mucho la atención, pero aprovechó que estaba en México por un viaje y que la invitaron («pagando tasas y propinas») como prensa a este crucero diferente para ver cómo iba la cosa.

Se trataba de un viaje de Miami a República Dominicana y de vuelta a Miami, centrado en temas de sostenibilidad y voluntariado, «y me sorprendió mucho». «Me encontré a gente más joven de lo que esperaba, parejas americanas de entre 40 y 50 años que quieren hacer el bien por la sociedad y todas esas cosas». Inma es bastante crítica con todas las actividades de «volunturismo» que se organizaban (tipo ir a pueblos a ver y «ayudar» a la gente haciendo cosas como dar clases de inglés o participar en un proyecto de reforestación), pero cree que las actividades que se ofrecían en el barco, sí que estaban bien. Más allá de las típicas opciones de entretenimiento de los cruceros, había talleres sobre temas de sostenibilidad y cómo viajar de forma más responsable.

Se plantearía hacer otro viaje de este tipo, pero no en un megabarco. «Las cosas se pueden hacer de otra manera», explica. Están los ferris, por supuesto, que son «para moverte», pero también barcos pequeños con viajes más tipo «ir de isla en isla». Como ejemplo, cuenta que una amiga suya hizo un crucero «clásico» en un Fin de Año con su pareja antes de cumplir los 30. «Tocaron varios puntos e islas del Caribe e incluía la fiesta de Nochevieja, dijo que estaba muy bien», asegura.

En cuanto a por qué los jóvenes se están animando más a los cruceros, Inma lo tiene claro: «Es, principalmente, por el precio». Además, asegura que los cruceros «se han tematizado» para atraer a ese otro público.

Kristina Wyatt llevaba cinco años como autónoma al frente de una academia de inglés, sin viajar y sintiéndose algo quemada. «Fue mi crisis de los 30», admite. En la Semana Santa de 2015 decidió aprovechar e irse esos siete días de crucero ella sola, un poco por «pura vagancia». Era una forma de ver «cinco ciudades en cinco días» y además podría pisar África, porque el crucero que escogió, por el Mediterráneo, hacía parada en Túnez. Pero las cosas no salieron como esperaba: hubo un atentado precisamente donde iba a atracar el barco y el crucero cambió de itinerario. En vez de en Túnez, paró en Palermo. Y tres meses después de pasar medio día en la ciudad siciliana, Kris cerró su academia («que iba bien») en A Ramallosa (Nigrán) y se mudó a la isla italiana. ¿El plan? Empezar como aupair y conseguir después algo como profesora de inglés.

Desde el norte de Alemania, adonde se acaba de mudar con su pareja (a quien conoció, sí, en Sicilia), recuerda que vio el cambio de ruta de Túnez a Palermo casi como una señal. «Mi padre se había pasado toda la vida hablando de Sicilia», dice. Además, el día anterior había sido de travesía, así que lo pasó en el barco «con mucho tiempo para pensar». La parada en Palermo fue «como pasar de la calma al caos», pero le gustó mucho y le dio pena pasar tan poco tiempo ahí. «Fue como una iluminación, me pregunté qué estaba haciendo con mi vida», dice. Así que decidió «dejar de vivir trabajando y volver a vivir».

Confiesa que el crucero, en el que había gente de todas las edades, «le cambió la vida». ¿Volvería a hacer otro? «Desde donde vivo ahora salen algunos para los fiordos, me encantaría hacerlo». Quizá ahora en pareja, pero no descarta irse de nuevo ella sola. «Si él no puede y yo sí, ¿por qué me iba a quedar en casa?».

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