Adiós a John McCain, el republicano rebelde que se convirtió en azote de Trump

El veterano senador, héroe de guerra en Vietnam, disputó la presidencia a Obama y deja una profunda huella en la política de EE.UU.


Verónica Cortes (DPA)

John McCain, el senador por Arizona de 81 años, era una de las figuras más destacadas de la política estadounidense y uno de los republicanos más importantes. Este veterano de la guerra de Vietnam tuvo que enfrentarse el último año a una dura lucha, la de un cáncer terminal que lo llevó finalmente a la muerte.

Para muchos McCain era el ejemplo ideal del inconformismo, de la franqueza y de las exhortaciones inteligentes más allá de la política partidista. Pero la descripción de su personalidad no es tan simple.

En julio del año pasado fue intervenido para retirarle un coágulo sobre el ojo izquierdo y se le detectó un tumor cerebral, un glioblastoma. Se trataba de un tumor incurable, por lo que la única opción era retrasar lo inevitable.

La noticia de que estaba enfermo desató de inmediato una oleada de simpatía hacia McCain, lo que puso de manifiesto el aprecio que sienten los estadounidenses hacia una figura como él: un héroe de guerra inquebrantable que ya había logrado sobreponerse a un cáncer de piel en el año 2000.

La vida de John Sidney McCain cambió el 26 de octubre de 1967, cuando el caza que pilotaba fue derribado en Vietnam. Se rompió los dos brazos y una pierna. Pasó cinco años y medio como prisionero de guerra en Hanoi, sufriendo torturas e incomunicado. McCain se negó a ser liberado antes de tiempo, puesto que había compañeros suyos que llevaban más que él en prisión, por lo que se convirtió en un héroe nacional. Durante el resto de su vida no pudo levantar los brazos por encima de sus hombros.

Antes de eso, nada hacía pensar que el hijo de un oficial de la Armada estadounidense y de su esposa de Oklahoma, nacido el 29 de agosto de 1936 en el Canal de Panamá, iba a llegar tan lejos. En sus épocas de estudiante, McCain destacó en los deportes, pero no en los libros: en la Academia Naval de Annapolis se graduó con el número 894 de 899 cadetes.

Pero de Vietnam volvió transformado y, con un breve paso por el Senado como contacto de la Armada en 1977, encontró su lugar. En 1982 ya era congresista por el distrito en el que residía en Phoenix, y a partir de 1987 se convirtió en uno de los dos senadores por Arizona.

Desde su llegada al Capitolio quedó claro su carácter obstinado e incluso difícil. Son famosos sus enfados y sus enemistades, que junto con su pelo canoso le granjeraron el mote de «Tornado blanco». «No soporto a McCain», llegó a decir el exsenador de Nevada Harry Reid.

Muchos otros, sin embargo, apreciaban su apertura para hablar y negociar con cualquiera. «John es mi amigo. Y realmente digo lo que quiero decir», aseguró en varias ocasiones el ex vicepresidente demócrata Joe Biden.

Pero lo que lo hacía diferente era su carácter independiente. A él mismo le gustaba definirse como un «llanero solitario» por su extraña capacidad para no estar de acuerdo ni con los republicanos ni con losdemócratas.

Apenas dos semanas después de ser diagnosticado, McCain atravesó medio país para participar en una importante votación en el Senado. Se trataba de la mayor promesa de su partido: acabar con el seguro de salud conocido como «Obamacare».

Sus compañeros lo recibieron de pie, mientras el republicano hacía su entrada dramática con una larga cicatriz sobre el ojo. McCain abrió el camino hacia una nueva legislación, pero votó junto a otros siete compañeros de partido en contra de la derogación de la ley sin que hubiera una alternativa. Un golpe que el presidente, Donald Trump, de quien fue siempre un duro crítico, nunca le perdonó.

McCain intentó conseguir la candidatura presidencial de su partido en 2000 y lo logró finalmente en 2008, pero fue derrotado por Barack Obama. En la campaña hizo un giro a la derecha, lo que dio alas a sus críticos para afirmar que no era tan firme en sus principios como muchos creían. Tras las elecciones se volvió a dedicar a su trabajo como congresista.

Contribuyó a su derrota también el que quizás haya sido su mayor error político, elegir como vicepresidenta a Sarah Palin, la gobernadora de Alaska del ala más conservadora del partido pero sin experiencia en la política nacional y a quien muchos consideraban poco brillante.

La huella de McCain en el Senado es poderosa. Gozaba de numerosas condecoraciones, era un experto en seguridad reconocido internacionalmente y fue un manifiesto opositor de la política exterior de Obama. Aunque no se lo puso nada fácil a sus compañeros republicanos y votó por ejemplo a favor de una reforma de la legislación de inmigración.

Sin embargo, en los momentos decisivos siempre fue leal a las principales líneas del partido: el derecho de tenencia de armas, la oposición al aborto y la defensa de la pena de muerte.

McCain fue, en los últimos meses, uno de los pocos que criticó abiertamente a Trump dentro de sus filas, a menudo de forma mordaz, a veces de manera colérica. Sin embargo, a la hora de la verdad, permaneció casi en el 90 por ciento de los casos en la línea de Trump.

El senador era atractivo para los medios, porque hablaba sin tapujos y porque era capaz de exponer la complejidad política en un momento en el que se tendía al simplismo. Pero en las comparecencias de los últimos meses, en ocasiones, dio la sensación de que estaba confundido y de que se perdía nervioso entre la cascada de preguntas.

Tras participar en la votación del «Obamacare», expresó su deseo de concentrarse en la lucha contra el cáncer, con la intención de «volver» más tarde.

La ansiada vuelta nunca se concretó. John Sidney McCain deja atrás a su viuda Cindy, siete hijos de dos matrimonios y sin duda un gran hueco tras una carrera política con muchas aristas.

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