El furor xenófobo amenaza el baluarte de la hospitalidad

El avance de la ultraderecha en Suecia pone en vilo a la UE

Jimmie Akesson
Jimmie Akesson

redacción / la voz

Está justificado el estupor que recorre Europa ante el dibujo que pintan las encuestas en Suecia. El paraíso de la socialdemocracia, el espejo en el que se miran todos los estados de bienestar del mundo, el baluarte de la hospitalidad con las puertas abiertas a los perseguidos que buscaban asilo, está a punto de engrosar el furor xenófobo y ultraderechista que amenaza la viabilidad de la UE. Si no fallan los sondeos, Demócratas de Suecia (SD) se puede convertir el domingo en la segunda fuerza del Parlamento, únicamente por detrás de los socialistas en el poder y a la par con los conservadores del Partido Moderado.

Ciertamente, es muy difícil que gobiernen. Las últimas encuestas atribuyen a la coalición de centro-izquierda ahora en el poder, y que forman el Partido Socialdemócrata, los Verdes y el Partido de la Izquierda, una ligera ventaja de cuatro puntos sobre la alianza conservadora que integran el Partido Moderado, el Partido Popular Liberal, el Partido del Centro y los Demócratas Cristianos. Además, a diferencia de lo que ocurre en Austria o Dinamarca y siguiendo la pauta establecida en Alemania y Holanda, los principales partidos se han comprometido a excluir de las negociaciones a los ultras. Eso dejaría a la derecha sin apoyos suficientes.

Otra cosa es lo que ocurra con la agenda de SD, una amalgama exacerbada de nacionalismo que aborrece a la Unión Europea, repudia la inmigración, censura las costumbres religiosas o culturales de los recién llegados y abandera la idea de que han disparado la criminalidad. La audiencia favorable que estos mensajes han cosechado entre tradicionales votantes progresistas y conservadores, así como el ascendiente que han logrado entre jóvenes, mayores e incluso personas en edad laboral, asegura a sus promotores una influencia clara sobre los demás actores políticos con independencia de que lleguen al poder.

Los analistas no se explican este giro en Suecia sin la inmigración. Empleados con sueldos bajos, jubilados y personas que votan por primera vez reprochan al primer ministro, Stefan Lofven, haber hipotecado su bienestar al haber abierto las fronteras a los inmigrantes en los que ven una amenaza económica y cultural. Es un fenómeno muy importantes lejos de las ciudades y con notable incidencia en sectores laborales como el transporte y la construcción, que emplean a numerosos europeos desplazados a los que se paga el salario mínimo del ramo, bastante inferior al sueldo fijado por convenio.

Pero, como ocurre en otros lugares de Europa, la eclosión no hubiera sido posible sin el carisma de un líder. El Salvini de los Demócratas de Suecia es Jimmie Akesson, un antieuropeísta irreductible con la imagen de un yerno ideal que ha extraído a su partido de la marginalidad y hecho olvidar a amplias franjas de la opinión sueca sus raíces neonazis y racistas no tan lejanas.

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