Cuando Venus salvó millones de vidas

La expedición liderada por James Cook para observar un tránsito de Venus desde el Pacífico permitió descubrir un remedio para una de las enfermedades más mortales de la historia


redacción / la voz

La materia y la energía oscura son hoy los grandes misterios de la ciencia que estudia el cosmos. No hace mucho, en el siglo XVIII, el mayor enigma era el tamaño del universo. «Por entonces se desconocía cómo de grande era el sistema solar o los kilómetros de distancia que había entre la Tierra y el Sol», reconoce el astrónomo Borja Tosar. El científico inglés Edmund Halley descubrió la forma de responder a la gran pregunta de su tiempo. La clave estaba en los tránsitos de Venus. «Cuando pasa por delante de la estrella se aprecia como un punto negro atraviesa el disco solar», explica. Anotando el inicio y el final del tránsito desde diferentes lugares del mundo, lo más alejados posible, se puede saber la distancia entre la Tierra y Venus primero y el Sol después, mediante una técnica conocida como paralaje. «Si Venus pasa entre la Tierra y el Sol y tenemos al menos dos puntos de referencia es posible hacer un triángulo que permite calcular distancias», comenta Tosar.

El gran problema de los tránsitos de Venus era su cadencia. Para ver este fenómeno había que esperar primero 120 años, después 8 y de nuevo otros 120. «Se trata de un juego de alineaciones en el que tienen que coincidir la Tierra, Venus y el Sol. Si ponemos tres trenes de juguete en vías circulares a distintas velocidades, cada cierto tiempo estarán en la misma posición. Con los tránsitos ocurre lo mismo», apunta.

Los tránsitos de la época ocurrieron en 1761 y 1769. Halley falleció sin poder verlos. Un grupo de científicos trataron de medir el de 176, pero el mal tiempo lo impidió. En agosto de 1768 una expedición dirigida por el inglés James Cook salió del puerto de Plymouth a bordo del Endeavour con destino a Tahití para presenciar el fenómeno el 3 de junio de 1769. Fue uno de los viajes más épicos y productivos de la historia, del que cumplen 250 años. La aventura de la ciencia resultó que estaba en el trayecto, no en el destino. Cook usó a su tripulación como conejillo de indias para encontrar un remedio contra el escorbuto, la enfermedad que causaba estragos entre los marineros. Cuando llegó a Tahití ocho meses después, gracias a su menú experimental a base de frutas y verduras, no hubo bajas. Su remedio sirvió para salvar después millones de vidas.

Llegado el día Cook observó el tránsito aunque con más dificultades de lo previsto debido al fenómeno de la gota negra. «Por un efecto de sombras Venus formaba como una gota de agua que dificultaba saber cuándo entraba y salía del disco solar», reconoce Borja. En realidad el tránsito ocupó poco espacio en su diario. La aventura dio para mucho más. De regreso cartografió el Pacífico que impulsó la colonización de Australia y Nueva Zelanda.

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