La cita con el terror ha demostrado que ni los directores de películas de zombis son ajenos a lo que ocurre en el Capitolio
08 oct 2018 . Actualizado a las 08:08 h.Hace ya varios años que Hollywood comenzó a generar incontinentes cantidades de historias sobre un porvenir multiforme de distopías. Es una corriente de fondo que -de modo especial- late en el cine fantástico y sus apocalípticas perspectivas de futuro. Ayer, antes del pase de Office Uprising, sátira sobre la competitividad en las grandes empresas a partir de los efectos de un brebaje que da alas y garras a sus consumidores, su directora, Line Oeding, comenzaba por aceptar que desde Norteamérica el cine mira hacia un futuro en clave de posapocalipsis, «indudablemente por el caldo de cultivo que supone el presidente elegido». En un festival en el cual el sentido del compromiso remite a aplausos colectivos en la sala cuando se siegan truculentas cabezas no pensantes, que la resaca de la operación de tierra quemada a nivel interno desatada por Trump llegue hasta aquí es una señal de cómo andan los ánimos al otro lado del charco: a un mes de las legislativas en EE.UU., ni los directores de películas de zombis -un respeto para ellos; en ocasiones los muertos vivientes llevan mensaje político, y la política está plagada de muertos vivientes que no saben que lo son- se sienten ajenos de lo que suceda en el Capitolio.
Distópica es I Think We’ re Alone Now, que firma la directora Reed Morano. A partir del relato The Omega Man, las historias sobre un mundo arrasado y dos seres humanos vivos con centros comerciales enteros como cementerios del pasado a su plena disposición nos han visitado con variantes de imaginación limitada. El film de Morano plantea algún requiebro sugestivo: su cásting, con la extraña pareja que forman el tronista Peter Dinklage y Ellen Fanning. Toda una buddy-movie sobre el fin del mundo. Posee un guion no recurrente y nos reserva una irrupción en su parte fina de Paul Giamatti y Charlotte Gainsbourg -ciertamente desubicada- que animan este futuro fatal que el film nos propone.
El cine negro es, en su esencia de nihilismo no future, distopía en estado crudo. Y hemos visto dos muestras de ello, dos perlas negrísimas que refulgen dolor: la francesa Fleuve Noir, de Erick Zonca, con un colosal Vincent Cassel, como emanación de todas las agonías internas y el bronco modo de actuar de un teniente de alma deshabitada. Y la norteamericana Galveston, de Melanie Thierry sobre un guion del autor de True Detective, es un noir sobre un matón que decide quemar sus naves para salvar a una mujer del abrazo mortal de su boss mafioso. Con Ben Foster y, de nuevo, Ellen Fanning, Thierry articula cine de insondables heridas con una soberbia coda de lirismo finalmente utópico, idealizado.