Muere la exministra de Cultura Carmen Alborch

Musa de la modernidad, transgresora y comprometida, especialmente con la lucha por la igualdad, la valenciana confesó en una ocasión que la primera y única vez que lloró en el Congreso fue cuando se aprobó la ley contra la violencia de género

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Muere Carmen Alborch Ministra de Cultura en el gobierno de Felipe González, ha fallecido a los 70 años víctima de un cáncer

La «rebelde alegre», comprometida con el feminismo, apasionada por la cultura. Transgresora como pocas, implicadísima en la lucha por la igualdad e inquilina de espacios de poder cuando resultaba marciano ver a mujeres encumbradas en este tipo de ámbitos, la exministra socialista Carmen Alborch ha fallecido este miércoles en Valencia a los 70 años de edad tras una larga enfermedad. Fue política, pero también profesora, escritora y activista, uno de los rostros más conocidos de la pelea por la igualdad, musa de la modernidad.

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El emotivo último discurso de Carmen Alborch Su último acto público tuvo lugar el pasado 9 de octubre, cuando recibió la Alta Distinción de la Generalitat. Un día en el que reivindicó el feminismo y aseguró que lucharía por un mundo mejor «hasta el último suspiro»

Nacida el 31 de octubre de 1947 en un pequeño pueblo valenciano, Castelló de Rugat, Alborch fue la mayor de cuatro hermanos, lo que la obligó, ya desde niña, a despejar caminos, a revolverse por sí misma. Curiosa desde cría, estudió Derecho en la Universitat de València y llegó a decana con 37 años -raro era encontrar a mujeres en estas aulas-. Luchó ya desde entonces, orgulloso ejemplo de la generación del 68, contra y por: contra la dictadura, por la democracia. Y fue entonces también cuando descubrió el feminismo leyendo El segundo sexo de Simone de Beauvoir, volumen que una compañera de facultad le había prestado. Le cambió la vida, el feminismo. Y le llevó a implicarse directamente en el nacimiento de las primeras asociaciones de mujeres a principios de los setenta. Reclamaban la despenalización del adulterio, del aborto, del divorcio, y la batalla en este terreno le debe como mínimo tres joyas teóricas que la exministra escribió en el plazo de solo cinco años: Solas. Gozos y sombras de una manera de vivir, Malas. Rivalidad y complicidad entre mujeres y Libres. Ciudadanas del mundo.

Alborch, durante los actos conmemorativos del Día Internacional de la Mujer Trabajadora en Valencia, en el año 1994
Alborch, durante los actos conmemorativos del Día Internacional de la Mujer Trabajadora en Valencia, en el año 1994

No se quedó en el discurso: llevó sus ideas a la práctica, donde puso pasión y entusiasmo, sobre todo desde el poder. Alborch entró en política en 1987, cuando a punto de irse a Nueva York para especializarse en propiedad intelectual recibió una llamada del entonces conseller de Cultura de la Generalitat Valenciana, Ciprià Císcar, para ofrecerle la dirección general de Cultura. Poco después, pasó a dirigir un museo que daba sus primeros pasos, el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), que abandonó en 1993 para ser la primera ministra de Cultura de la democracia en el Ejecutivo de Felipe González en calidad de independiente. Al PSOE no se afiliaría hasta el 2000. 

De esa etapa, recordaría luego los murmullos que dejaba a su paso cuando entraba en el Congreso, recoge Efe, con su melena rojiza y su amplia sonrisa, rasgos ambos que la acompañarían hasta sus últimos días. Tras la derrota socialista de 1996, encadenó varias legislaturas como diputada y senadora; incluso en el 2007 el PSPV-PSOE la buscó para que su tirón popular derrotara en la alcaldía de Valencia a una Rita Barberá que llevaba dieciséis años de alcaldesa: un «efecto Alborch» que no se dio y que sí, supuso un momento duro para ella.

En todas y cada una de sus responsabilidades trabajó por avanzar en una igualdad donde todavía existen, según aseguraba, «brechas» e «infiernos». De hecho, confesó que la primera y la única vez que lloró en el Congreso de los Diputados fue cuando se aprobó la ley contra la violencia de género del 2004.

Alborch dejó la primera línea de la política tras las generales del 2016 y regresó a la Universitat de València como profesora honoraria, cerrando un círculo, desvelando uno de sus aprendizajes vitales: «El profundo secreto de la alegría es la resistencia».

En su currículum figuran numerosas distinciones por su trabajo en este campo, como el Premio de Mujeres Progresistas, el Meridiana de la Junta de Andalucía, el Rosa Manzano 2007 o el Premio de Gabriela Sánchez Aranda 2009. Es, además, socia de honor de la Asociación Clásicas y Modernas y de la Asociación de mujeres investigadoras y tecnólogas (AMIT). 

Se dejó ver públicamente por última vez el pasado 9 de octubre, Día de la Comunidad Valenciana, cuando recibió la Alta Distinción de la Generalitat. Reivindicó entonces que el feminismo debería ser declarado patrimonio inmaterial de la humanidad, y confesó cuál sería su motivación vital «hasta el último suspiro y hasta el último día»: luchar por hacer de este un mundo mejor

Pesar por la muerte de Alborch: una mujer «libre», «luchadora», «siempre en la vanguardia»

La Voz

La política, la sociedad y la cultura lamentan el fallecimiento de la exministra socialista

Ábalos rompió a llorar en plena tribuna del Congreso. Ni siquiera fue capaz de decir más de dos frases seguidas, emocionado, cuando le comunicaron el fallecimiento de Carmen Alborch. «Nos deja una persona importante, para los valencianos pero también para los españoles... No seré yo quien haga una semblanza», señaló. Y no pudo continuar. No solo el socialismo está sinceramente conmocionado; la política, la sociedad y la cultura española lloran la muerte de la exministra elogiando su «sororidad, inteligencia y simpatía», su labor como «feminista pionera», su defensa de la cultura.

La presidenta de la Junta de Andalucía fue una de las primeras en expresar su pesar: «Cuánto siento la muerte de Carmen Alborch, mi compañera y amiga. Siempre estuvo en la vanguardia de tantas cosas... del feminismo, de la cultura y de la política», lamentó Susana Díaz en su perfil de Twitter.

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