Trump planea negar la ciudadanía a los hijos de migrantes nacidos en EE.UU.

Pittsburgh recibe con protestas la visita del presidente a la sinagoga atacada


Nueva York / corresponsal

La mano dura de Donald Trump en materia migratoria tuvo este martes un nuevo objetivo a pocos días de las elecciones legislativas. Los hijos de inmigrantes ilegales nacidos en EE.UU. son ahora el blanco del presidente, quien anunció su intención de firmar una orden ejecutiva que ponga fin a la ley que permite el derecho de esos niños a adquirir la nacionalidad estadounidense. «Somos el único país en el mundo donde una persona viene y tiene un bebé, y el bebé es esencialmente un ciudadano de EE.UU. durante 85 años, con todos los beneficios», se quejó Trump obviando que más de 30 países, entre ellos Canadá y México, tiene una norma similar. «Es ridículo y tiene que acabar», añadió en una entrevista.

La propuesta del magnate no es nueva. Durante la campaña presidencial, ya sugirió esta posibilidad y de hecho fue una de las que más apoyo recabó entre sus bases. El vicepresidente Mike Pence secundó la iniciativa y señaló a la ciudadanía por nacimiento como causa de la crisis que EE.UU. tiene en la frontera sur, en referencia a la caravana de migrantes. Esta posibilidad no solo despertó la indignación en el Partido Demócrata, también generó muchas dudas entre pesos pesados republicanos que opinan que la orden sería inconstitucional porque choca con la decimocuarta enmienda de la Carta Magna, que consagra el derecho desde hace 150 años de que todo nacido en el país obtendrá la nacionalidad estadounidense.

«Simplemente, no puede hacerlo», zanjó el presidente de la Cámara Baja, el republicano Paul Ryan. Expertos constitucionalistas señalaron que en caso de ser emitida, los demócrata presentarían un demanda en primera instancia y la orden quedaría previsiblemente paralizada por los tribunales federales. De ser así, el Ejecutivo apelaría el fallo para conseguir llevar el caso hasta el Tribunal Supremo, donde Trump ha conseguido una mayoría de jueces conservadores.

Funerales en Pittsburgh

La nueva controversia se repartió el protagonismo de la jornada con la visita de Trump y su esposa Melania a Pittsburgh (Pensilvania), donde comenzaron los funerales por los once judíos asesinados en una sinagoga el sábado. El tiroteo supuso el ataque antisemita más letal en la historia del país y provocó que miles de ciudadanos acusasen al presidente de fomentar la hostilidad racial y étnica. La frustración fue tal que más de 70.000 personas firmaron una carta para trasladar al presidente que no era bienvenido a la ciudad. Unos cientos de manifestantes protestaban contra la visita frente a la sinagoga Árbol de la Vida, con pancartas que decían «Presidente Odio, ¡fuera de nuestro estado!» y «Trump, renuncie al nacionalismo blanco ahora». El descontento provocó además que el cantante Pharrell Williams amenazase con denunciar a Trump por usar su tema Happy, en un mitin celebrado tras el tiroteo a manos del supremacista blanco Robert Bowers. «No hubo nada de feliz en la tragedia», denunció.

Las denuncias se le acumulan al magnate. Cuatro demandantes, que por seguridad se mantienen en el anonimato, acusan al presidente y a sus tres hijos Eric, Donald e Ivanka, de supuestamente utilizar la empresa familiar Trump Organization para que personas con problemas financieros invirtieran en negocios fraudulentos.

«Solo muerto regreso a Honduras»

«Solo muerto regreso a Honduras». Fueron las palabras de Henry Adalid Díaz Reyes a su tía antes de morir el domingo a manos de policías mexicanos en la frontera con Guatemala mientras marchaba con otros miles de migrantes con rumbo a Estados Unidos. Leticia Reyes ayudaba ayer a Maribel, su hermana y madre del fallecido, a gestionar en la cancillería hondureña la repatriación del cuerpo. «Nos prometieron traerlo antes del jueves», dijo Reyes a la AFP.

Leticia relató que Díaz, de 26 años, trabajaba en un bus del transporte público de la capital hondureña y huyó al sentirse amenazado por pandilleros que con frecuencia amenazan o matan a transportistas. «Si voy a morir aquí o en Honduras da lo mismo», dijo Henry a Leticia la última vez que se comunicó con él para pedirle que regresara porque consideraba que el viaje en la caravana se había vuelto «muy peligroso». «Solo muerto regreso a Honduras», le respondió su sobrino por teléfono. Dos días antes de marcharse el 19 de octubre, el joven se tatuó el nombre de su madre en el pecho para «llevarla en el corazón», contó.

La cancillería mexicana lamentó en un comunicado la muerte del joven y rechazó «la criminalización y violencia contra las personas que migran». Según una fuente humanitaria, Díaz murió por el impacto de una bala de goma disparada por policías mexicanos que intentaron detener a más de un millar de migrantes que pretendían pasar por el puente frontera con Guatemala.

El secretario mexicano de Gobernación (Interior), Alfonso Navarrete, condenó el incidente y denunció que «algunos [inmigrantes] portaban armas de fuego y otros bombas molotov». Tres hondureños han muerto en diferentes incidentes desde que comenzaron las caravanas hacia Estados Unidos, huyendo de la falta de empleo, pobreza y violencia en su país, según la cancillería.

La primera partió el 13 de octubre de San Pedro Sula, y desde entonces han salido otras menos numerosas. Dos continuaban ayer por separado su recorrido por México, pese al anuncio de Trump de enviar 5.200 soldados a la frontera de Estados Unidos.

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