Bolsonaro quiere llevar a su Gobierno al juez que metió a Lula en la cárcel

El líder ultra convierte al magistrado Sergio Moro en su referente ético y moral


Brasilia / corresponsal

En Brasil, desde hace un tiempo es habitual el uso del verbo mitar, que se podría traducir como «salirse del mapa». En ese sentido, Jair Bolsonaro es llamado por sus seguidores mito. «Se sale». Sobre todo gracias a sus rotundas frases contra los delincuentes y también por sus controvertidos mensajes sobre las minorías. Pero si hay alguien que le discute al ahora presidente el carácter de salvador de la patria en sus tiempos más convulsos desde hace 30 años es el juez Sergio Moro. Y Bolsonaro quiere unir fuerzas con el magistrado estrella, el responsable último de que Lula da Silva esté en la cárcel.

En su primera entrevista como presidente electo, concedida a la emisora Record propietaria de un obispo evangélico amigo, Bolsonaro lanzó la invitación a Moro para dirigir el Tribunal Supremo (la misma sala que el hijo del excapitán llamó a clausurar con apenas dos soldados), y, si no, a ser su ministro de Justicia. «Durante la campaña no lo dije, porque sería oportunista. Quiero hablar con él y, si tiene interés, sería una persona de extrema importancia para nuestro Gobierno», manifestó el nuevo presidente brasileño, que busca referentes para salvar a Brasil de su «más profunda crisis moral, ética y económica».

Sergio Moro llevó la instrucción principal de la macrocausa contra la corrupción bautizada como Lava Jato. Foco de las críticas de la izquierda por considerarlo parcial, sobre todo en la condena de 9 años de prisión (luego aumentada a 12) contra Lula, fue aplaudido como un héroe nacional cuando el pasado domingo emitió su voto en una de las capitales sureñas que llenaron de votos el granero de Bolsonaro.

Moro fue duramente criticado cuando muchos de sus compañeros consideraron que se extralimitó en sus funciones, estando de vacaciones, para echar atrás la decisión de un juez de guardia de liberar a Lula el pasado mes de julio. Pero aún así, en un intento desesperado por ganar votantes del centro, el candidato del PT, Fernando Haddad, acabó elogiando a Moro: «Hizo un gran trabajo en la Lava Jato. Solo se equivocó en la condena a Lula, que es injusta». Ahora, Moro le ha puesto ojitos a Bolsonaro, porque entiende que su designación sería un síntoma de confianza en las instituciones por un presidente con tics autoritarios.

Agenda internacional

Bolsonaro intentó lanzar mensajes de moderación y empezar a pensar en la economía, secundaria durante la campaña. Pero parece que la agenda internacional es una prioridad para el presidente brasileño. Presumió desde la misma noche de su elección de una larga llamada con Donald Trump. El secretario de Estado norteamericano también mensajeó a Bolsonaro. De fondo, la cuestión de Venezuela. «Está pasando muy serios problemas con esa dictadura. Buscamos una pacífica para resolver sus problemas. Si el PT hubiera hecho los deberes, ya estaría resuelto. Pero admiraron a Chávez y a Maduro, y ahora los venezolanos huyen a pie a Brasil porque no tienen para comer», espetó.

El país ya afronta situaciones cercanas a la crisis humanitaria en su frontera norte con Venezuela, en Roraima. Bolsonaro dice que no se plantea una acción militar, pero asegura que viajará a Estados Unidos acompañado de al menos dos militares (su vicepresidente y ministro de Defensa) para trazar el futuro con Trump. Bolsonaro empieza así a dibujar sus primeros planes estratégicos: ignorar el Mercosur por su «sesgo ideológico» y rendir visita al presidente chileno Sebastián Piñera en lugar de mirar a otros vecinos más cercanos, como Argentina.

Un especialista en blanqueo para frenar la corrupción

Sergio Moro (Maringá, 1972) se hizo célebre por ser el juez que dictó un auto de prisión contra el expresidente Luiz Inácio Lula da Silva y el responsable de destapar el mayor escándalo político en la historia de Brasil mediante la operación Lava Jato.

Muchos de sus críticos creen que Moro quiere ser la versión moderna del juez Giovanni Falcone, asesinado por la mafia en 1992 y que tuvo a su cargo la operación Manos Limpias, un proceso que revolucionó a la clase política italiana en los 90 y que aplicó las técnicas de «delación premiada» que también empleó el magistrado brasileño.

Este abogado de 46 años que ya era considerado un experto en casos relacionados con lavado de dinero, saltó a la fama en el 2014, cuando asumió la investigación de la Lava Jato. Moro ya era conocido en círculos judiciales porque se había ocupado de casos mediáticos, como el Banestado, que en el 2003 terminó en prisión para un centenar de acusados. Dos años después, colaboró con una magistrada del Supremo en un caso que golpeó a Lula y probó sobornos a legisladores a cambio de apoyo a su Gobierno, el mensalao.

Desde entonces, el juez no se olvidó de Lula: ordenó su detención para conducirle a declarar a una comisaría, hizo públicas conversaciones privadas del líder del PT con Rousseff cuando ella aún ocupaba la Presidencia y condenó el pasado año al expresidente a 9 años por corrupción y lavado.

Sectores de la izquierda anunciaron durante meses sus supuestas aspiraciones políticas y, de hecho, el juez llegó a figurar como favorito a la Presidencia de Brasil, aunque siempre negó cualquier intento de saltar a la política activa.

Nacido en Maringá, en el sureño estado de Paraná, en una familia de clase media, estudió Derecho en su ciudad natal y se especializó en el combate al lavado de dinero en Harvard. Con solo 24 años se convirtió en juez y compagina su trabajo en un juzgado de Curitiba con sus actividades como profesor de la Universidad Federal de Paraná y asesor de la Comisión de Constitución y Justicia del Senado.

Tiene dos hijos con Rosangela Wolff, su esposa y principal valedora, creadora de la página «Eu Moro con ele» («yo vivo con él») para conseguir apoyo popular y acompañar al juez.

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