Los bulos de Whatsapp también matan

A finales de agosto, dos hombres inocentes fueron quemados vivos en México acusados de vender órganos de niños. En la India se cuentan por docenas las víctimas de linchamientos desatados por noticias falsas. También Bogotá está registrando agresiones

La multitud grabando con sus teléfonos cómo se queman vivos los dos hombres inocentes
La multitud grabando con sus teléfonos cómo se queman vivos los dos hombres inocentes

Las consecuencias de las noticias falsas comienzan a ser alarmantes: ya no se trata solamente de la agitación provocada por el amarillismo, viejo conocido, ni de burbujas informativas robustas que nos hacen votar a este o aquel candidato, o soltar calderilla para causas que parecen nobles, pero que no lo son; los bulos, velocísimos, empiezan a poner en riesgo la salud pública y también la particular: nos creemos explicaciones que, con argumentos vacíos, nos convencen de que dejemos de vacunarnos de fiebres en peligro de extinción que, reforzadas, encaran la remontada, y en la India, México y Colombia, la difusión de acusaciones sin bases sólidas que las respalden, las mentiras contadas como verdades, ya se han cobrado un buen puñado de víctimas. En el sur de Asia se cuentan por docenas; en Bogotá, un joven de 24 años fue linchado hace tres semanas después de que un rumor digital lo señalase como autor del secuestro de un niño; y en el céntrico estado mexicano de Puebla, todo el pueblo de Acatlán se echó a la calle para quemar vivos a dos vecinos inocentes, a los que creían responsables de tráfico de órganos de menores. 

Ardieron vivos por un rumor

Sucedió el pasado agosto, el día 29. La calle principal del pueblo se convirtió en escenario de una fiesta macabra poco después del mediodía. La muchedumbre, encendida, entonaba vítores y exclamaciones a codazo limpio, abriéndose paso entre el gentío para inmortalizar, teléfono en alto, lo que sucedía frente a la puerta de la comisaría. Una gran llamarada se elevaba a varios metros del suelo, calcinando vivos a Ricardo y Alberto Flores, sobrino y tío, de 21 y 53 años respectivamente, castigados por algo que nunca hicieron.

Cuenta la BBC que en el lugar había más de un centenar de personas convencidas de que aquellos dos hombres que se habían acercado al pueblo para comprar materiales para construir un pozo eran «los robachicos» de los que advertían los mensajes del WhatsApp: «Por favor, todos estén alerta porque una plaga de secuestradores de niños entró en el país. Al parecer, estos criminales están involucrados en el tráfico de órganos... En los últimos días, desaparecieron niños de 4, 8 y 14 años, y algunos fueron encontrados muertos y con signos de que se les habían extirpado órganos. Sus abdómenes habían sido abiertos y estaban vacíos». 

Pero el único pecado de los Flores fue aparcar su furgoneta frente a la escuela primaria local. Una mezcla de miedo y persuasión colectiva, de aceptación ciega de toda información recibida, hizo el resto: un grupo de personas les abordó, les increpó, y la policía terminó obligándose a intervenir, custodiándoles hasta el cuartel por alteración del orden público. Bastaron dos horas para que el ambiente se caldease fuera, para que los habitantes del pueblo, bien espoleados por convocatorias en las redes sociales, se acercasen a la puerta, cercasen el edificio y organizasen con diligencia de justiciero el asalto: querían culpables, castigo. Se puso en marcha un crowdfunding a golpe de megáfono para conseguir gasolina, y abatida la verja de metal que franqueaba la entrada, la masa sacó a la calle a los señalados. Hubo palos de madera y barras de metal, y luego se encendieron las pantallas de los móviles y toda la calle pulsó el botón de REC. Alguien arrancó incluso un Facebook Live.

Ricardo Flores perdió el conocimiento durante la brutal paliza, pero su tío se mantuvo consciente hasta que las llamas comenzaron a escocerle en la piel. Ambos, rociados en combustible, acabaron carbonizados ante la atenta mirada de la muchedumbre, excitada, complacida. A miles de kilómetros, María del Rosario Rodríguez asistía horrorizada desde Baltimore a través de la red social de Zuckerberg al linchamiento de uno de sus hijos. Los cuerpos, destrozados, permanecieron en el suelo durante dos horas, hasta que el el resto de familiares se acercó al lugar para identificarlos. El «robachicos» nunca existió.

Un joven linchado por 150 personas

La historia se repitió en Colombia a finales de octubre: alguien envió un bulo a través de WhatsApp, la bola de nieve se hizo más y más grande, y un hombre acabó muerto de tan apaleado. Por coincidir coincide también el tema del dato propagado, la desaparición de un niño: sin fuentes que lo confirmasen, sin referencias, sin señales que apuntalasen su veracidad, la localidad de Ciudad Bolívar se creyó a pies juntillas la información y, de nuevo aquí, ató cabos: concluyeron sus habitantes que las tres personas a las que la policía estaba deteniendo algo tenían que ver en la alerta de secuestro que habían recibido en sus teléfonos, y decidieron tomarse la justicia por su mano.

Unas 150 personas se organizaron y fueron a darles su merecido. Un hombre de 23 años, obrero de la construcción y padre de dos hijos, falleció como consecuencia de los golpes. Los otros dos resultaron heridos. La Policía aseguró que no había confirmado ningún rapto de menores. Era la sexta cadena de mensajes de ese tipo que se interceptaba en solo un mes. 

India es, sin embargo, el país que más acusa con diferencia los efectos de las noticias falsas. El gatillo es recurrente: los niños, eslabones vulnerables; su seguridad. El recuento del pasado mes de julio es estremecedor: según el diario local Hindustan Times14 personas fueron asesinadas a lo largo y ancho del país como consecuencia de informaciones falsas sobre traficantes de niños. La ola de mentiras tomadas por avisos ciertos se difundió también aquí vía mensajería instantánea, esa vez en formato vídeo, y desencadenó en ataques colectivos que, en determinadas zonas, se convirtieron en auténticos baños de sangre. En el distrito de Dhule, una multitud de unas 30 personas la emprendió a golpes contra ocho hombres que mantenían una conversación con una menor. Mataron a cinco de ellos.  

El vídeo que movilizó a los agresores nada tiene que ver con mafias o secuestradores infantiles, más bien todo lo contrario. Se trata de una secuencia de una pieza más larga, sacada de contexto, que corrió como la espuma en grupos de WhatsApp. La original es una campaña de ONG pakistaní en la que sí, se ve cómo dos adultos se llevan a un pequeño, pero ni recoge una situación real ni tampoco pretende servir de ejemplo, sino concienciar sobre el riesgo. Al final del vídeo completo, el niño acaba siendo devuelto sano y salvo a su familia.

Tenemos hoy más información que nunca, más lugares dónde contrastarla, más facilidades para recurrir a fuentes fiables. Pero no sabemos utilizarla. Y cuando la utilizamos, lo hacemos mal.

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