Una batalla agónica para sellar el divorcio

Los entresijos de la pelea entre Bruselas y Londres


BRUSELAS / CORRESPONSAL

«Yo voy a dirigir este proceso. No voy a dimitir», aseguraba el pasado miércoles Theresa May dejando con la boca abierta a más de uno. Nadie esperaba esa contundencia. Ni siquiera la posibilidad de que la premier resistiese los violentos envites desatados por sus opositores desde primera hora de la mañana, rabiosos por los términos del divorcio que acababa de firmar con la UE. 

Los rumores, en Bruselas y en Londres, apuntaban en otra dirección: «No llega a mañana. Va a dimitir», se escuchaba en los pasillos de la Comisión Europea. La cascada de dimisiones eran una señal inequívoca de que May no podría seguir adelante con el brexit. Se hablaba de una situación «frágil», de un acuerdo de divorcio al filo de la navaja. Unos aguantaban la respiración a un lado del Canal de la Mancha, otros se llevaban las manos a la cabeza al tropezar de repente con la realidad: la de un futuro precario, muy distinto al de la utopía que habían vendido los defensores del brexit.

Pero la líder de los tories tenía sus propios planes. Se plantó ante los británicos y anunció: «Juego el partido hasta el final». Una peineta política a quienes creían que la amenaza de un voto de confianza sería suficiente para apartarla. A su ministro negociador del brexit no le quedó otra opción que presentar su dimisión al día siguiente (jueves), ninguneado y apartado en público por su propia jefa. «¿Cómo puede continuar May sin el apoyo de quien, en teoría, ha dirigido las negociaciones?», se preguntaban los expertos y las cabeceras europeas. Y esa es la clave: Raab solo fue un peón, como también lo fue su antecesor, David Davis. Y como también lo será el nuevo capitán del brexit, Stephen Barclay. La premier nunca dudó en hacerse con el timón en cuanto sus ministros se convertían en un obstáculo.

Pero, ¿cómo se llegó hasta esta fase agónica de las negociaciones? La obstinación de Raab en no firmar los términos de la futura unión aduanera a finales de octubre fue determinante. El exministro para el brexit firmó su sentencia de muerte el 21 de octubre con dos palabras: «Salida unilateral». Bruselas no estaba dispuesta a aceptar que el Reino Unido abandonase la unión aduanera y las reglas de la UE cuando lo considerase oportuno. Eso hubiese supuesto dejar en manos de los británicos la posibilidad de reinstaurar una frontera dura entre las dos Irlandas. El presidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, perdió la paciencia y dio de plazo hasta el miércoles 14 para firmar el divorcio. May captó el mensaje. Había que desencallar el acuerdo, así que tomó las riendas e inició una carrera a contrarreloj para sellar el texto final. 

Fase más crítica

Las conversaciones entraron en su fase más crítica el pasado domingo 11. Las llamadas telefónicas entre Londres y Bruselas se alargaron hasta las tres de la madrugada, sin resultado. Ni unionistas ni brexiters estaban dispuestos a arrimar el hombro. Los términos de la UE eran «inaceptables» y «humillantes». Para entonces, Raab ya era un mero espectador en la partida. Barnier acudió a primera hora del lunes al Consejo para informar a los ministros: «Todavía no hay acuerdo», explicó, para inquietud de las 27 delegaciones. Se agotaba el tiempo y por delante quedaba un calendario enloquecedor. Las horas posteriores fueron cruciales. Una a una, May fue cediendo a las demandas de Barnier. Un solo gesto de duda habría servido para echar a perder el acuerdo.

Silencio en la UE para no entorpecer el compromiso

El martes a mediodía ya había consenso, pero ¿cómo venderlo en el Reino Unido? Bruselas enmudeció para no entorpecer la labor. May lo tenía realmente difícil. La premier convocó uno a uno a sus ministros para hacer recuento del número de apoyos. Una procesión que se alargó al miércoles 14, «el día del juicio final». May reunió a su Gabinete a las tres de la tarde. A esa misma hora arrancaba en Bruselas la reunión de los 27 embajadores. Estuvieron recluidos en el Consejo a la espera de una señal positiva de Londres, que llegó a media tarde. Hasta el gato Larry pudo leer los términos del divorcio antes que los diplomáticos, para enfado de estos.

Barnier no dejó husmear a nadie. No quedaba tiempo. La confirmación del francés llegó sobre la bocina, a las nueve de la noche. No había marcha atrás. Brexiters y unionistas no daban crédito. May lo había conseguido. Los británicos desayunaron con la dimisión de Raab y con un acuerdo de divorcio de 584 páginas.

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