La verdad sobre la altura del Everest

Un volcán hawaiano le disputa el trono de montaña más alta si se mide desde el fondo del mar


REDACCIÓN / LA VOZ

Hace 350 millones de años, Pangea, el megacontinente, se fracturó y las masas terrestres comenzaron a migrar. La India se acopló a la placa euroasiática, un proceso que aún sigue activo en la actualidad. Esa colisión creó el Himalaya, donde se encuentra el Everest, la montaña más alta de la Tierra, con 8.880 metros de altitud. Claro que esa cifra presenta matices. «Si entendemos como montaña la distancia entre la base y el pico entonces tiene en realidad una altura de 5.200 metros porque el Everest parte de una base o meseta que ya está a 3.600 metros», señala el astrofísico Borja Tosar. Por tanto solo es el techo del mundo cuando se toma como referencia el nivel de mar. «El Mauna Kea se eleva tres kilómetros respecto al nivel del mar pero si quitamos el Pacífico y tomamos como base el fondo tiene diez kilómetros de altura. Por tanto es más alto que el Everest», añade Tosar.

En la Tierra el Everest marca la altura máxima que puede alcanzar una montaña. Por mucho que la interacción entre la placa asiática y la índica empuje hacia arriba no podrá aumentar sus dimensiones. «La gravedad tiene la culpa. Cuanta más gravedad hay en un planeta, mayor energía se precisa para hacer crecer una montaña. No pueden tener por tanto una altura indefinida, ya que existen mecanismos naturales que impiden que puedan crecer más. El principal es la erosión. En el pico de las montañas las bajas temperaturas provocan que haya nieve perpetua y esto la desmonta poco a poco. En este sentido, los montes que hay en las zonas ecuatoriales, con menos hielo, tienen una altitud mayor que las que están en las regiones más frías», explica.

La Tierra destaca en el sistema solar por contener agua líquida en la superficie, un clima habitable y albergar la vida pero no por tener los montes más altos del vecindario cósmico. «En Marte se encuentra la montaña más alta de todo sistema solar, el monte Olimpo, con unos 27 kilómetros de altura. El planeta rojo es más pequeño y como consecuencia tiene una gravedad un tercio menor que la de la Tierra», cuenta.

Hace unos 4.700 millones de años, los restos de la formación del Sol fueron agrupándose y creando los planetas a través de un proceso conocido como acreción, que dio forma redonda a los diferentes mundos que hoy orbitan alrededor de la estrella. «Cuanto mayor gravedad menos montañas puede haber y más redondos son además los planetas. Un ejemplo muy bueno lo podemos ver en las pequeñas lunas de Marte; Fobos y Deimos. Debido a sus reducidas dimensiones la gravedad no puede aplastar estos satélites y esto explica por qué tienen forma de patata, que no se parece desde luego para nada a una esfera», asegura el físico gallego.

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