El muro divide a los aliados de Trump

«Vamos a destituir al hijo de puta», avisa una de las nuevas diputadas demócratas


REDACCIÓN / LA VOZ

Ver a Nancy Pelosi con el mazo de «speaker» de la Cámara de Representantes aprobando medidas para acabar con el cierre del Gobierno federal ha disparado el pánico en las filas de los republicanos conservadores que en dos años tendrán que pasar por las urnas. La insistencia de Donald Trump en exigir dinero para financiar el muro fronterizo con México se ha saldado con basura apilada en las calles, museos y parques nacionales cerrados y miles de funcionarios sin sueldo que no saben qué va a pasar con ellos.

«No sé si se llamará muro, valla, cercado o cómo. Lo que sí sé es que vamos a construir algo que nos proteja. Es un asunto de seguridad nacional», clamaba Trump casi al tiempo que el Congreso daba los primeros pasos para habilitar partidas económicas imprescindibles para reactivar la Administración. «Un muro es una inmoralidad entre países. Es una forma de pensar antigua, no es rentable», dijo Pelosi, argumentando que el dinero estaría mejor invertido en tecnología de seguridad fronteriza como drones y cámaras, y en la contratación de más agentes fronterizos.

Pero Trump sigue con su órdago: si no hay dinero para el muro, no aceptará el presupuesto y el Gobierno federal seguirá cerrado. Todo ello, a pesar de que su antiguo jefe de gabinete, el general John Kelly, admitió en su gira de entrevistas tras confirmarse su cese a finales del pasado mes de diciembre que la idea de construir un muro «se ha descartado hace meses en la Casa Blanca».

Kelly, que fue la todopoderosa sombra de Trump unos meses, perdió el favor de Ivanka, la hija del magnate, y de su marido Jared. Y su puesto lo ha ocupado desde el 2 de enero, sin fanfarria alguna, Mick Mulvaney, que era el jefe de la oficina presupuestaria e intimó con el magnate mientras buscaba partidas que poder redirigir hacia el muro. El 21 de diciembre, Trump, tras coleccionar varias negativas, le ofreció por sorpresa el puesto de jefe de gabinete de la vacía Casa Blanca.

Ahora, es el propio Mick Mulvaney el que negocia directamente con Pelosi -y con Chuck Schummer, líder de la minoría demócrata en el Senado- posibles puntos de entendimiento que permitan solucionar el cierre del Gobierno federal mientras crecen las presiones de los funcionarios que no cobran.

Ayer, tras la reunión con los líderes demócratas, Trump dijo que la cita «fue muy productiva» y que las dos partes seguirán trabajando en el acuerdo durante el fin de semana.

Tambores de guerra

La resurrección de la polémica del muro tiene mucho que ver con los fantasmas de un posible impeachment contra Trump, al que acusan públicamente de obstrucción a la justicia. «Solo quieren lanzar un proceso de destitución porque saben que no pueden ganar en las elecciones del 2020. ¡Demasiado éxito!», señaló Trump.

Trump se preguntó cómo es posible que los demócratas quieran destituir al presidente que, en su opinión, «tuvo los dos primeros años más exitosos» de cualquiera en la historia. «¿Cómo destituir a un presidente que ha ganado quizás las mejores elecciones de todos los tiempos, no ha hecho nada malo (sin conspiración con Rusia, fueron los Demócratas), tuvo los dos primeros años más exitosos de cualquier presidente y es el republicano más popular en la historia del partido?», se preguntó.

Con esas palabras, el presidente contestaba de forma indirecta a una de las nuevas demócratas que entraron al Congreso de Estados Unidos el jueves. «Vamos a destituir al hijo de puta», expresó Rashida Tlaib, de 42 años, en un vídeo de un encuentro con simpatizantes el jueves, que fue ampliamente difundido en las redes.

«Ya tenemos una abrumadora cantidad de evidencia de que el presidente ha cometido delitos castigables con la destitución», afirmó. «Cada día que pasa trae nuevos perjuicios a la incontable cantidad de personas perjudicadas por este presidente ilícito. No podemos deshacer los traumas que él le está causando a nuestro pueblo», sostuvo Tlaib antes de insistir en que «el momento de arrancar el proceso de destitución es ahora».

Una pelea con muchos simbolismos

Miguel-Anxo Murado

Los cierres de Gobierno» se están convirtiendo en una tradición más en Estados Unidos. El Congreso se niega a aprobar los presupuestos del ejecutivo y este «cierra» una parte de los servicios públicos, lo que significa dejar de pagar sueldos y congelar una parte del gasto corriente. Hasta que el asunto se soluciona. Se trata de un pulso, de una competición para ver quién consigue culpar al otro de las incomodidades que ello provoca a la población. El que logra convencer a la opinión pública, gana puntos de popularidad; el otro los pierde. No es el más inteligente de los juegos, pero la política es así.

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